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viernes, octubre 23, 2026

¿Empequeñeciéndose?

“EN el bosque, las hojas volaban como rumores arrancados por un viento nervioso; susurros enredados en las ramas, sombras corriendo sin cuerpo, ecos de sospecha en cada claro haciendo temblar hasta la luz”. –¿No será –Winston al Sisimite– que el deterioro de la fibra moral de la sociedad no solo es atribuible a la difusión de mentiras, calumnias y falsedades, sino también a quienes las consumen con deleite, las celebran y las multiplican? –Quizás tan inquietante como la irresponsabilidad de quien inventa una infamia es la ligereza de quien la recibe como entretenimiento, sin que importe su veracidad ni detenerse a considerar el daño que ocasiona. Este triste hoy, que la verdad, por su propia sobriedad, parece resultar menos atractiva que lo falso adornado de escándalo; en que la reflexión aburre, la constatación impacienta y la calumnia divierte. “La reputación ajena se ha convertido, para el público indolente, en espectáculo; y el sufrimiento de quienes padecen el escarnio, en una diversión que se consume y se olvida con la misma facilidad con que se desliza un dedo sobre una pantalla”.

Las redes sociales no inventaron la frivolidad, la maledicencia ni el placer de hablar mal del prójimo. Son vicios tan antiguos como la humanidad. “Lo que han hecho es proporcionarles una tribuna ilimitada, una velocidad vertiginosa y una patente de corso de impunidad”. Pero igual de perturbador: “la formación de un auditorio que ya no exige pruebas para creer, ni razones para condenar, ni siquiera verdad para compartir”. “Le basta que una imputación resulte escandalosa, que una acusación confirme sus prejuicios o que la desgracia ajena le proporcione unos instantes de diversión”. “Así es que ese ruido pernicioso encuentra consumidores complacientes, la majadería cuenta con propagadores voluntarios y el agravio termina adquiriendo la apariencia de una verdad por repetición viralizada”. –¿No estarán algunos medios de comunicación, en su afán de competir con las redes sociales, sucumbiendo a la tentación de complacer a ese público frívolo, en lugar de cumplir con su responsabilidad de educarlo, orientarlo e informarlo? –Bueno, “una cosa es comprender el giro de las audiencias y adaptarse a las realidades, y otra muy distinta es abdicar de los principios del periodismo para satisfacer apetitos más superficiales de quienes consumen información”. “Si el público goza con el escándalo, se le ofrece escándalo; si disfruta del descrédito ajeno, se le sirve el descrédito; si prefiere la sospecha a la comprobación, la sospecha es el aderezo del foro”. Y así, poco a poco, cede la educación de la audiencia a la desorientación, arropada en un masoquismo enfermizo de sus peores inclinaciones. –Parecida a la otra manera perniciosa que empuja la decadencia de una sociedad. “Descuartizar toda iniciativa, desacreditar toda acción y rodear de sospechas cualquier esfuerzo, bajo el pretexto de que se pretende corregir lo que está mal”.

–Así, “el señalamiento o legítima preocupación deja de ser un instrumento de mejoramiento para convertirse en una maquinaria de demolición de la confianza pública”. “Se instala la convicción de que nada sirve, nada funciona, nadie es honrado y detrás de cualquier propósito se esconde una intención inconfesable”. Y ese detestable ruido, adivine el amable lector ¿qué medios lo magnifican? Lo paradójico es que las mismas multitudes que lamentan vivir en una sociedad donde nada funciona contribuyen a destruir la credibilidad de cuanto intenta funcionar. “Y así se perpetúa un círculo vicioso: se desacredita porque se desconfía y se desconfía porque todo se desacredita”. “Una sociedad que ha convertido la sospecha en entretenimiento, el descrédito en costumbre y la demolición en virtud termina por quedarse sin referentes, sin confianza y sin esperanza”. Y es que “cuando todo se empequeñece, no es que la sociedad se vuelva más exigente, es que ella misma termina empequeñeciéndose”. –Winston y el Sisimite percibieron como “el diálogo del bosque no era un murmullo caótico, sino una sinfonía de verdades, entonando en su grandeza, un canto melódico de existencia perenne, entre la tierra y el cielo”.

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