Por Otto Martín Wolf

La pregunta no es nueva, desde el principio de la historia el hombre se la ha hecho una y mil veces. Quién soy, para qué estoy aquí, qué hay después de la vida? Todas esas preguntas son derivadas de la primera y, creo que nadie, nunca, podrá contestar de una manera racional y, sobre todo, comprobable.
Si bien no existe un “único primer” filósofo, Sócrates es ampliamente reconocido como uno de los primeros en abordar esta cuestión de manera explícita y sistemática (Wikipedia).
Pero no nos comparemos con él ni con nadie, simplemente tratemos de analizar, con lo limitado de nuestra inteligencia y recursos, lo que para nosotros puede ser el sentido de la vida.
Para eso, no tenemos otra referencia, debemos compararnos con las otras especies que habitan nuestro planeta. Es decir, con todos los seres vivos (animales y vegetales) y tratar de determinar cuál es el sentido de la vida para ellos.
Pensemos en un árbol cualquiera, digamos un pino robusto, fuerte y muy verde que ha crecido allá, en una de nuestras preciosas montañas.
¿Cuál es el sentido de la vida para ese pino? Servir de madera para nuestras construcciones? ¿Proveernos de aceites para aromatizar el ambiente? Y, ¿por qué no, proporcionarle alimento a una oruga (Thaumetopoea pityocampa, su principal depredador) u otros que acostumbran comérselo? Finalmente, servir de pasto para el fuego que frecuentemente lo afecta?
Nada de eso, el sentido de la vida del pino consiste, sobre todas las cosas, en preservar la especie, su especie.
Su misión es producir muchas bellotas dentro de las cuales se encuentra la semilla que le permite eso: Conservar la especie. Igual para todas las plantas; grandes, pequeñas, verdes rojas o amarillas.
Vamos ahora al reino animal, busquemos algo importante pero insignificante, digamos una hormiga. No es servirnos de alimento, al menos no a nosotros. Tampoco su misión es abrir un montón de pequeños e intrincados túneles debajo de la tierra ni clavarnos un aguijón cuando invadimos su ambiente.
Su misión básica -indispensable- es tener mucha descendencia para lo mismo, lo más importante, conservar la especie. Las hormigas pertenecen al reino animal (clase Insecta) al igual que todos los seres vivos que no son del género vegetal, ni los hongos, que pertenecen al Reino Fungi.
Los sapos, leones, elefantes y hasta las bellas mariposas tienen como misión, como sentido de la vida, reproducirse para conservar la especie.
Bien, vamos a lo que nos ocupa. Cuál es la misión y el sentido de la vida del ser humano? No puede ser diferente a las otras 8.7 millones de especies que pueblan el planeta: reproducirse para conservar la especie.
Dicho lo anterior, solucionado el problema de la reproducción y conservación de la especie, ¿habrá otra misión? ¿Cuál? En mi opinión no existe nada que nos diferencie, en ese sentido, de los demás compañeros de viaje en la jornada de la vida.
Entonces viene la otra pregunta, también dirigida a los árboles y los animales: ¿Qué hay para ellos después de la vida? ¿Creerán, en su mente, que existe otra vida? No podemos saber a ciencia cierta si existe otra vida para nosotros, mucho menos para un insecto o un árbol, cierto?
Hay algunos que desde el principio de los tiempos han creído que el ser humano es especial (entre las 8.7 mencionadas) y que, de alguna manera sobrenatural, no muy clara y menos de posible comprobación, somos los únicos que podemos aspirar a otra vida?
Creo que, a diferencia de los animales y vegetales, a cuya mente no podemos entrar, sí lo hacemos a la nuestra y, ahí, es donde nace la pregunta.
Hay muchos que están convencidos de la existencia de lugares especiales donde van las almas de los muertos: cielo, nirvana, infierno, etc. pero que, lamentablemente, nadie puede comprobar su existencia, ni siquiera la del “alma”.
Eso, que muchos toman como una desventaja, en realidad no lo es, no al menos para algunos. Las religiones, cuya mayoría de seguidores se basan en la promesa de la vida eterna, están entre los principales beneficiados.
Imaginan un lugar ideal, ofrecen el boleto directo a cambio de cumplir ciertos mandamientos y -también en su mayoría- un pago en efectivo. Pero nadie, ninguno entre los miles de billones de seres humanos que han existido desde que se tiene noticia, jamás ha regresado.
Cierto que algunos privilegiados, unos pocos lo han hecho, dioses y semidioses que han bajado al inframundo y regresado pero, son sólo leyendas.
Nadie, en la realidad, de manera comprobable nadie ha regresado de la muerte. Por eso termino con unas palabras de Carl Sagan, perfectamente aplicables a la búsqueda del sentido de la vida: “Aseveraciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias” y… triste y lamentablemente, nunca las ha habido, no las hay.



