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viernes, julio 17, 2026

Todo lo importante de la vida se aprende antes de los diez años

Por Otto Martín Wolf

Hay una pregunta que me persigue desde hace tiempo: ¿por qué el ser humano es tan distinto del resto de los habitantes del planeta?

Observemos cualquier cachorro. Da igual que sea un león, un gorrión, un venado o un cocodrilo. Sus padres le enseñan, desde muy temprano, el oficio de vivir: cómo conseguir comida, cómo escapar de los depredadores, cómo proteger a sus crías y, en definitiva, cómo evitar convertirse en el almuerzo de otro.

Lo admirable, aunque es lo normal, es que las crías cooperan. Ninguna jirafa adolescente protesta porque su madre la obliga a estirar el cuello para alcanzar su alimento. Ningún tigrecito por ahí organiza una huelga porque no le gustan las clases de cacería y jamás se ha visto un pato diciendo: «No pienso meterme al agua hasta que me convenzan con argumentos, tengo derecho a disentir».

Obedecen, por instinto, saben que la vida les va en ello.

El ser humano, en cambio, parece haber nacido con un talento extraordinario para hacer exactamente lo contrario de lo que le conviene.

Nuestros padres nos dicen que estudiemos y nosotros lo que queremos es jugar. Nos piden que hagamos las tareas; descubrimos súbitamente una vocación irresistible por mirar televisión. Nos recuerdan que nos lavemos las manos antes de comer y reaccionamos como si nos hubieran ordenado subirnos a un cactus en plena floración.

Lo curioso es que esas enseñanzas cumplen exactamente la misma función que las lecciones de caza para un lobo o las de vuelo para un pájaro: prepararnos para sobrevivir.

Y, más recientemente, hemos creado un maravilloso instrumento para hacernos perder el tiempo viendo estupideces inútiles, en lugar de utilizarlo para aumentar nuestros conocimientos, obteniendo una mejor preparación para la competencia de la vida.

La verdad es que preferimos aprender por el método más caro de todos: el de los golpes.

Hay otro detalle todavía más intrigante: Ningún padre tiene que enseñar a su hijo a mentir. Ese curso no aparece en el programa escolar ni existe en ninguna parte una asignatura llamada «Introducción al Embuste».

Aun así, el niño la descubre por su propia cuenta -a muy temprana edad- y la domina con una rapidez verdaderamente admirable.

Quizá la naturaleza sospechó que, para sobrevivir entre humanos, haría falta un doctorado en esa habilidad, no lo sé.

Pero la facilidad con que la desarrollamos resulta, cuando menos, sospechosa.

Los animales tampoco parecen sufrir esa permanente rebeldía que tanto nos caracteriza. Cuando un pajarillo debe realizar su primer vuelo, salta del nido y punto. Si un patito tiene que seguir a su madre al agua, ahí va detrás de ella.

Todos saben, por instinto, que discutir con la realidad suele producir resultados fatales. Nosotros, en cambio, somos especialistas en discutir contra todas las enseñanzas, normas y la lógica.

Siempre hemos dicho que somos la especie superior porque razonamos, fabricamos herramientas y construimos civilizaciones. Es posible, pero también somos la única especie que destruye deliberadamente el lugar donde vive.

Somos los únicos que contaminamos el agua que después tendremos que beber, el aire que respiraremos y los bosques que nos producen el oxígeno. Somos capaces de torturar y matar no por necesidad, sino por odio, por ambición o, peor aún, por aburrimiento.

Sabemos que muchas de nuestras acciones perjudican a los demás y a nosotros mismos… y, aun así, insistimos en ellas con una tenacidad que ya quisieran los zompopos.

¿Es eso inteligencia?

A veces sospecho que hemos confundido inteligencia con capacidad tecnológica. Son cosas muy distintas. Fabricar una bomba es un logro técnico; tener la sensatez de no usarla es un logro de la inteligencia.

Imagine por un momento un planeta sin seres humanos. Los ríos seguirían su transparente curso, los bosques crecerían, los animales continuarían su vida y la naturaleza, probablemente, dormiría mucho más tranquila.

No sé si somos los reyes de la creación. Pero, si acaso lo fuéramos, es evidente que somos de esos reyes (o mandatarios) cuya principal habilidad consiste en arruinar su propio reino.

Y eso me lleva a una conclusión incómoda. Todo lo importante para vivir deberíamos aprenderlo antes de los diez años: respetar a los demás, decir la verdad, compartir, cumplir la palabra, cuidar lo que nos rodea y escuchar a quienes saben más que nosotros.

Creo que el problema no es que jamás lo hayamos aprendido, creo que el problema es que, al crecer, decidimos olvidarlo.

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