EL Sisimite recostado en unos leños leyendo LA TRIBUNA, mientras caía la tarde con sus tonos de cielo naranja, rojizo y morado. -¿Y ahora con qué venís? Winston subiendo la empinada cuesta llega jadeando, leyéndole la introducción del editorial: En la Psicología de las Masas, Gustave le Bon: “Las masas nunca han estado sedientas por la verdad. Dan la espalda a la evidencia que no les apetece, prefieren divinizar el error si este les seduce”. “Quien intente destruir sus alucinaciones, siempre será la víctima”. -Eso fue en su libro publicado en 1895. -¿Qué crees que diría si resucitara en esta era digital? -Le da un patatús y lo vuelven a meter al hoyo. Esa observación fue en tiempos cuando se requería una multitud reunida físicamente, con un agitador alborotándola en la plaza pública. Hoy, la agitación puede ocurrir en segundos, a escala planetaria y de manera permanente.
El Sisimite deja a un lado el periódico: -Las redes sociales han convertido la vieja psicología de las masas en una psicología de masas conectadas. El algoritmo no pregunta primero qué es verdadero, sino qué consigue atención. Y suelen conseguirla la indignación, el miedo, el escándalo, la confirmación de prejuicios y la emoción. Así, una falsedad seductora puede recorrer el mundo antes de que una verdad compleja termine siquiera de explicarse. La repetición multiplica el fenómeno. Una afirmación falsa aparece en una red, salta a otra, es recogida por un portal, reproducida por cientos de cuentas y finalmente regresa al usuario revestida de una apariencia de consenso: “Si está en todas partes, debe ser cierto”. No se trata de cien fuentes, solo una, la del mentiroso multiplicada. El mayor avance tecnológico comunicacional del siglo, el Internet, ha confundido la abundancia de ecos con la abundancia de pruebas. -Y peor aún con la proliferación de los adictos y sus chunches portátiles. Ya no se discute si el hecho es verdadero; se juzga de qué bando viene quien lo cuenta. -Pues sí –interrumpe Winston– en el mundo del francés, la multitud antigua se dispersaba cuando terminaba la manifestación. La multitud digital nunca se disuelve; permanece conectada, recibe estímulos continuos y encuentra comunidades que confirman incesantemente aquello que desea creer. Cada persona puede habitar una realidad informativa distinta, alimentada por recomendaciones que refuerzan sus preferencias. O sea, las masas de Le Bon necesitaban una plaza mientras que hoy las masas adictas caben en la palma de una mano. Antes, la mentira necesitaba un orador; ahora le basta un mentiroso. Antes, el rumor caminaba de boca en boca; hoy viaja a la velocidad de la luz. Y cuando una falsedad ha sido repetida millones de veces, la verdad enfrenta otra dificultad: no solamente debe demostrar que es cierta, sino convencer a quienes ya han hecho de lo falso una parte de su identidad.
Pero sabes que los periódicos emblemáticos como LA TRIBUNA –si bien no son infalibles– su método profesional constituye uno de los principales antídotos institucionales contra la mentira convertida en multitud? La diferencia está en que un periódico responsable aspira a colocar entre el rumor y el ciudadano una serie de filtros: “reporteros que investigan, fuentes que se contrastan, editores que revisan, documentos que respaldan, firmas que responsabilizan y una institución cuya credibilidad puede perderse si publica falsedades”. En las redes, nadie responde por nada, menos saliendo de cuentas anónimas. La función cívica de la prensa convencional es servir de dique frente a la inundación informativa. Tampoco es pretender impedir que circulen todas las voces –eso sería contrario a la libertad–, sino ofrecer al ciudadano un lugar al cual acudir para distinguir, en medio del estrépito, qué ocurrió realmente. Otra paradoja: Cuanta más información existe, más necesaria se vuelve la selección responsable de la información. Cuando escaseaban las noticias, el problema era conseguirlas; ahora que desbordan las pantallas, el problema es saber cuáles son ciertas. -¿Y no crees que a la gente le gusta que le mientan? -Pues sí, pero hay quienes prefieren la verdad.


