Por Rodrigo Amador

A estas alturas, Roberto Contreras ya no sorprende. El alcalde tiene una forma muy suya de gobernar: cuando algo sale bien, él aparece al frente; cuando algo sale mal, la culpa siempre es de alguien más.
Lo del Dandy lo resume perfecto. Hay basura, malos olores, aguas negras, desorden, quejas de comerciantes y una ciudad cansada de ver los mismos problemas de siempre. ¿Y qué hace el alcalde? En vez de salir a decir claramente qué plan tiene la municipalidad y cuándo se va a resolver, empieza con el reparto de culpas: que los colectivos de Libre, que los comerciantes, que la dirigencia del mercado, que la cultura ciudadana. O sea, todos tienen culpa, menos él, y mire, nadie está diciendo que no haya gente sucia. Claro que la hay. Hay comerciantes que no colaboran, ciudadanos que tiran basura donde quieren y políticos que se aprovechan del relajo. Eso lo sabemos todos. Pero justamente para eso existe una alcaldía: para poner orden, limpiar, supervisar, sancionar y resolver. No para que el alcalde salga en los medios a contarnos el problema como si fuera un vecino más que pasó por ahí y se indignó.
Contreras a veces habla como si él no fuera el alcalde, como si no tuviera mando, como si no tuviera presupuesto, como si no tuviera una estructura municipal completa a su cargo. Se queja del desorden, pero es él quien dirige la ciudad. Señala el problema, pero es él quien tiene la obligación de resolverlo. Con su edad y con todo el tiempio metido en política todavía hay que enseñarle que gobernar es responder. Pero es que este es su estilo y para entender al alcalde que tenemos, también hay que ver al candidato que fue. Un día quiere una cosa, otro día otra. Un día se apunta, después se baja, luego vuelve, después cambia de ruta. Liberal, independiente, aliado de Libre y el PSH, cercano a Nasralla, luego distante. Claro, una persona puede cambiar de opinión. Eso no es pecado. Pero una cosa es cambiar porque uno aprendió, reflexionó o corrigió el rumbo, y otra cosa es moverse según le convenga el momento. Y con Contreras, muchas veces lo que se mira no es evolución: se mira cálculo.
Llegó a la alcaldía gracias a una alianza donde Libre fue clave. Sin ese empuje político, probablemente la historia habría sido muy diferente. Pero ahora, cuando le conviene, Libre es el culpable perfecto. Si hay basura, son los colectivos de Libre. Si hay críticas, es persecución. Si hay presión, es el oficialismo. Si algo se compliOpinan ca, aparece un enemigo externo listo para cargar con el muerto. Qué fácil así. Usar una fuerza política para llegar al poder y después usarla como excusa para explicar lo que no se logra resolver es, por decirlo suave, bastante descarado. Y no, esto no es defender a Libre. Libre también tiene bastante que responderle al país pero ese es tema para otro dia: Contreras no puede agarrar los beneficios de una alianza cuando le sirve y después actuar como si todos los problemas de su administración fueran culpa de los mismos que ayer le ayudaron.
Y cuando aparecen cuestionamientos más serios, la respuesta tampoco cambia mucho. En vez de claridad, documentos, auditorías y explicaciones completas, aparece la palabra favorita de muchos políticos hondureños: persecución. Ya todo es persecución política. Si le preguntan, persecución. Si lo investigan, persecución. Si lo critican, persecución. Si le piden cuentas, persecución. A este paso, hasta la basura del mercado va a terminar diciendo que también la persiguen políticamente. Pero no. Pedir cuentas no es persecución. Exigir resultados no es persecución. Criticar a un alcalde no es persecución. Decirle que la ciudad está sucia, desordenada o mal atendida no es persecución. Es lo mínimo que puede hacer un ciudadano que paga impuestos y espera una ciudad mejor.
San Pedro Sula no necesita un alcalde que se comporte como candidato eterno, siempre en pleito, siempre en defensa propia, siempre buscando a quién señalar. Necesita un alcalde que agarre el problema de frente. Que diga: “Esto es responsabilidad de mi administración, esto falló y esto vamos a hacer”. Punto. La ciudad no se maneja con excusas. No se limpia con discursos. No se ordena culpando al adversario. No se gobierna diciendo “fue aquel, fue este, fue el otro”. La gente no quiere un alcalde que explique bonito por qué las cosas están mal. Quiere uno que las arregle.
El problema no es solo la basura en un mercado. El problema es una forma de gobernar donde la culpa siempre está afuera y la responsabilidad nunca llega al escritorio correcto. San Pedro Sula merece más que eso. Merece menos show, menos excusa, menos víctima, menos cuento y más trabajo serio. Porque al final, cuando una ciudad está desordenada, sucia o mal administrada, el ciudadano puede tener parte de culpa. Los comerciantes pueden tener parte de culpa. Los políticos pueden tener parte de culpa. Pero el alcalde no puede actuar como si él no tuviera ninguna. Para eso pidió el cargo. Para eso hizo campaña. Para eso llegó al poder.



