Por Irazema Ramos

Hay regalos que recibimos y abrimos inmediatamente. Otros los guardamos para disfrutarlos después. Pero existe uno que recibimos todos los días y que, curiosamente, podemos dejar pasar casi inadvertido: el presente. Estamos desayunando, pero pensando en la reunión de más tarde. Conversamos con alguien mientras repasamos algo que ocurrió ayer. Llegamos a casa y nuestra mente continúa resolviendo los asuntos del trabajo. El cuerpo está aquí, pero la mente puede estar muy lejos. Y así, casi sin darnos cuenta, podemos pasar buena parte de nuestros días entre dos lugares que no existen en este instante: el ayer y el mañana.
El mindfulness o atención plena nos propone algo aparentemente sencillo y, al mismo tiempo, desafiante: volver a donde estamos. Prestar atención intencionalmente a lo que sucede en este momento. Pensar en el pasado no es necesariamente malo; allí están nuestros recuerdos, experiencias y aprendizajes. Tampoco lo es pensar en el futuro: necesitamos hacer planes, establecer metas y anticiparnos a algunas situaciones. La dificultad aparece cuando permanecemos demasiado tiempo en cualquiera de esos dos lugares y nos desconectamos del único momento en el que realmente podemos actuar, sentir y vivir: el presente. Practicar la atención plena no significa dejar la mente en blanco, ignorar los problemas o convencernos de que todo está bien. Significa desarrollar la capacidad de reconocer cuándo nuestra atención se ha marchado y aprender a traerla nuevamente hacia nuestra experiencia actual; es lograr que tu mente esté donde están tus pies. Y para hacerlo tenemos cinco extraordinarios aliados que nos acompañan todos los días: nuestros sentidos. La vista nos permite observar, el oído nos conecta con los sonidos, el tacto nos devuelve a las sensaciones del cuerpo, el olfato puede despertar recuerdos y emociones, y el gusto nos permite detenernos en una experiencia que está sucediendo exactamente ahora.
De esta idea nace una herramienta muy sencilla que podemos preparar nosotros mismos: un kit sensorial. Te invito a que armes tu propio kit sensorial. No necesitas comprar objetos especiales ni gastar demasiado dinero. Busca una pequeña bolsa, estuche, lapicera o caja y selecciona elementos cotidianos que sean agradables y significativos para ti. La idea es incorporar algo relacionado con cada uno de tus sentidos.
Para la audición, puedes elegir una canción que te genere tranquilidad o bienestar. Incluso puedes preparar previamente una pequeña lista de reproducción y llevar unos audífonos. Cuando quieras utilizarla, procura no colocar simplemente la música como fondo. Escúchala de verdad. Concéntrate en la letra, identifica algún instrumento o sigue conscientemente el ritmo.
Para el gusto, guarda una menta, un chicle, un dulce suave o algo que puedas saborear lentamente. En lugar de consumirlo automáticamente, presta atención a su sabor, temperatura, textura y a los cambios que ocurren mientras lo tienes en la boca.
Para el tacto, puedes utilizar una piedra lisa, una pulsera, una pequeña pelota, un trozo de tela suave, una pelota antiestrés o algún objeto especial. Tómalo entre tus manos y explóralo: ¿es frío o cálido?, ¿liso o rugoso?, ¿duro o flexible?, ¿qué sensación produce en tus dedos?
Para la vista, lleva una fotografía, una pequeña tarjeta, una imagen que te agrade o simplemente escoge algún objeto de tu entorno. Obsérvalo con detenimiento, como si fuera la primera vez que lo vieras. Busca colores, formas, sombras, líneas y pequeños detalles que normalmente pasarían inadvertidos. También puedes imaginar que ves la letra de la canción que estás escuchando en ese momento, como en un karaoke.
Para el olfato, puedes incluir una crema de manos, un perfume, un aceite aromático o cualquier aroma agradable para ti. Acércalo, respira tranquilamente y permite que durante unos segundos tu atención permanezca allí.
El secreto no está en los objetos. Una piedra sigue siendo una piedra, una menta continúa siendo una menta y una canción no deja de ser una canción por colocarla dentro de una pequeña bolsa. Entonces, ¿qué hace especial al kit? La atención que ponemos en esos objetos. Cuando deliberadamente dirigimos nuestros sentidos hacia una experiencia, estamos llevando nuestra atención hacia aquello que está ocurriendo aquí y ahora. En lugar de funcionar en automático, comenzamos a observar, escuchar, tocar, oler y saborear conscientemente. Por eso el kit tampoco debería ser igual para todos. Quizá determinado perfume te recuerde a alguien querido, una canción puede hacerte sentir tranquilidad, tal vez conservas una piedra de algún viaje, una pulsera que tiene un significado especial o prefieres el aroma del café en lugar de una crema. No existe una lista perfecta: el mejor kit sensorial es el que tiene sentido para ti. Y no es necesario esperar a tener un día difícil para utilizarlo. Podemos abrirlo simplemente para hacer una pequeña pausa, desconectarnos unos minutos de las pantallas, descansar del ritmo cotidiano y practicar algo que parece sencillo, pero que cada vez necesitamos más: estar donde estamos.
Quizá hoy tu mente necesite resolver algunas cosas de ayer; probablemente también tenga asuntos que preparar para mañana. Hazlo cuando corresponda, pero después, regresa. Mira lo que tienes delante, escucha los sonidos que te rodean, toca, huele, saborea. Tu kit no hará desaparecer los problemas ni impedirá que tengas preocupaciones o días difíciles. Su propósito es mucho más sencillo, recordarte que existe un momento al que siempre puedes regresar: tu presente. Y quizá no sea casualidad que llamemos presente, tanto al momento que estamos viviendo como a aquello que recibimos como regalo. Hoy tienes uno entre tus manos. No olvides disfrutarlo.
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