Por Glenn Flores (Abogado y Periodista)

Cuando alguien está en el pico de la ira, hablarle no es una conversación. Es dispararle a algo que se mueve.
Pasado cierto umbral emocional el cerebro deja de procesar argumentos. No es que la otra persona no quiera escuchar. Es que no puede. El mensaje llega, rebota, y vuelve convertido en otro problema. Seguimos intentándolo de todas formas, convencidos de que si encontramos las palabras precisas algo va a ceder. Esa convicción casi nunca es optimismo. Es impaciencia.
Guardar el comentario cuesta. Hay algo en el conflicto no resuelto que empuja a hablar ahora, a aclarar ahora, como si la verdad tuviera fecha de vencimiento. No la tiene. Una conversación forzada en el momento equivocado no aclara nada. Deja dos personas más alejadas y un malentendido nuevo encima del original.
Cuando el otro baja del pico, y en la mayoría de los casos baja, el terreno cambia. La conversación que parecía imposible tres días antes ocurre sola, sin el esfuerzo de sostenerla a la fuerza. No porque el problema haya desaparecido. Porque ambos pueden pensar.
Esperar no es evitar. Es elegir el momento en que hablar sirve de algo.



