Por Herbert Rivera C.

Alguien dijo que nada ocurre por casualidad. Lo sé, nada es “chiripa”. Ignoro quién acertó con eso. Lo constaté por enésima vez en mi pueblo cuando abrazaba y escuchaba los pasos silentes, de reina cansada, de aquella señora chiquita en su casa de mamá grande.
Ahí, en ese caserón verde en donde anidan las plantas y crecen las aves, también bajitas y de bonitos colores, como la dueña, abundan los recuerdos: tristes y mayormente alegres, de precariedad y holgura, de risa y llanto, de academia y bohemia y de danza y poesía.
En ese espacio, lugar y tiempo, las remembranzas están colgadas del techo, como escarabajos cara arriba, salen por todos lados y brotan y, como los niños, crecen y como los viejitos se encojen. En ese lugar, no como “Pedro por su casa” sino como Juan en casa ajena, entran por puertas y ventanas e impregnan todo con olor a flores, desde las paredes y las sábanas hasta el cabello color plata de aquella cipota casi centenaria dueña de la casona.
Hasta ahí, no sé si de la autoría de la amiga exmagistrada, Fátima Mena, regia dama y voraz lectora, cayó en el artificio extensor de mi mano, un muy buen escrito, esbozo de algo que puede ser mejor, con el que me deleité recordando los boleros más famosos, y viví otra vez la segunda juventud de mis dos bailarines preferidos que, cuando estaban de buenas o engolosinados se desplazaban con pasos dobles, y seguramente, de haber sido acróbatas, hasta triples saltos darían, en un periplo danzante desde la sala, el corredor y los pasillos hasta arribar a la cocina y aterrizar en otro lugar en el que no les molestaran los vivos aunque los observaran los muertos.
Dicho artículo, compartido por la amiga abogada señala que: “Es muy cierto que el bolero alimenta el alma…y que la poesía cruza su espacio”. Quizás por eso la Unesco lo calificó como intangible patrimonio cultural de la humanidad.
Muestra de eso, es la inspiración de Roberto Cantoral, compositor mexicano autor de “El reloj”. Él suplicó a las agujas que no marcaran las horas porque sentía que iba a enloquecer sabiendo que su mujer enferma podría irse para siempre… “cuando amanezca otra vez”. Y fue el portorriqueño Pedro Flores quien sostuvo en “Obsesión” (1935) lo que años más tarde continúa siendo certeza absoluta: que “por alto que esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo no habrá una barrera en el mundo que un amor profundo no rompa por ti”. Dos años antes, la mexicana Consuelo Velásquez ardía de amor con «Bésame mucho», uno de los boleros más célebres.
Leí eso y volé, todavía estoy elevado al volver al pasado, cuál “regresar al futuro”. Cerré los ojos y viví de nuevo cuando mi padre doblado su espinazo costuraba aquellos casimires para producir finos pantalones para vanidosos o petulantes, o no tanto, que querían lucir bien en la próxima fiesta, aunque no bailaran nada o lo hicieran mal.
“El bolero surgió en Cuba y se acepta que el primer bolero fue «Tristezas», escrito por el mulato cubano José Pepe Sánchez en Santiago de Cuba en 1883. Desde entonces, el bolero no ha dejado de invadirnos, perturbarnos, de encender nuestras pasiones, de exaltar el deseo, mitigar los desconsuelos y evidenciar que «sólo nos queda esta noche para vivir nuestro amor” reafirma el escrito.
Advierto que el bolero también puede convertirnos en seres obsesivos. Nunca dejaré de mencionar al sujeto que insertó un aviso en un periódico solicitando una cocinera y puso como estricta condición que la candidata no cantara «Vereda tropical», el célebre bolero de apoteósico éxito de Gonzalo Curiel, mexicano de Guadalajara, que todos hemos cantado una y otra y otra vez, prosigue.
Tras esa advertencia mi cerebro fluye y renace aquel docente frustrado y mentor de la sastrería llegado de San Marcos de Ocotepeque que, mientras zigzagueaba hilos en la vieja máquina Singer, y en otro aparato igual de viejo, un radio Riviera, escuchaba al probablemente más feo locutor de las ondas hertzianas que, con una voz profunda y melosa, hermosa a todo tímpano, alebrestaba a sementales y potrancas, que lo suponían bello, y además enamoraba a través de los oídos, sin importar géneros, que con el telón musical de fondo: “un sábado contigo, juntitos, solitos yo quiero estarrr…” invitaba a pecar bien desde su programa “Los sábados son para recordar”. Como no rememorar al gran Rolando Ramos del Valle, reviviendo ánimas en pena y poniendo a bailar con los boleros y otros ritmos matanceros, de Cuba o los santaneros, de México.



