Por Irazema Ramos

Cada día encontramos aplicaciones que prometen mejorar la memoria, juegos para “aumentar la inteligencia” y ejercicios que aseguran mantener el cerebro joven. La pregunta es inevitable: ¿realmente podemos entrenar nuestro cerebro? La respuesta es sí, aunque no de la manera en que muchas veces nos hacen creer.
Nuestro cerebro posee una extraordinaria capacidad llamada neuroplasticidad, que le permite crear nuevas conexiones entre las neuronas y reorganizarse a lo largo de toda la vida. Gracias a ella aprendemos habilidades nuevas, nos adaptamos a los cambios y desarrollamos formas más eficientes de pensar y resolver problemas. Sin embargo, entrenar el cerebro no consiste únicamente en hacer sopas de letras o descargar una aplicación de memoria. Si bien estos ejercicios pueden resultar entretenidos, la evidencia científica muestra que las funciones cognitivas como la atención, la memoria, la planificación, el razonamiento y el autocontrol se fortalecen principalmente mediante los hábitos que practicamos todos los días.
Un ejemplo proviene de un estudio dirigido por el neurocientífico Kirk Erickson, de la Universidad de Pittsburgh, publicado en 2011. Su equipo encontró que adultos mayores que caminaron alrededor de 40 minutos, tres veces por semana durante un año, no solo mejoraron su condición física: también aumentaron el volumen del hipocampo, una región del cerebro esencial para la memoria. Es decir, algo tan sencillo como caminar de forma constante produjo cambios medibles en la estructura cerebral. Otro aporte importante proviene del psicólogo Yaakov Stern, de la Universidad de Columbia, quien durante años ha investigado el concepto de reserva cognitiva. Sus estudios muestran que las personas que mantienen una vida intelectualmente activa leyendo, aprendiendo nuevas habilidades, resolviendo problemas, estudiando o participando en actividades estimulantes desarrollan una mayor capacidad para afrontar los cambios propios del envejecimiento y compensar, en cierta medida, el deterioro cerebral.
Entrenar el cerebro no requiere equipos especiales ni programas costosos. Requiere constancia. Dormir bien permite consolidar los aprendizajes y recuperar la energía mental. La actividad física mejora la circulación sanguínea y favorece la salud cerebral. Una alimentación equilibrada proporciona los nutrientes que las neuronas necesitan para funcionar adecuadamente. También es importante desafiar la mente. Aprender un idioma, tocar un instrumento, cocinar una receta diferente, leer sobre temas nuevos, escribir, resolver problemas o incluso cambiar una rutina habitual obliga al cerebro a construir nuevas conexiones. Las relaciones sociales también ejercen un efecto protector. Conversar, compartir experiencias y mantener vínculos significativos activa procesos de atención, memoria, lenguaje y regulación emocional. Del mismo modo, aprender a manejar el estrés es fundamental, porque cuando este se vuelve crónico puede afectar la concentración, la memoria y la capacidad para tomar decisiones.
Como psicóloga, suelo recordar a mis pacientes que el cerebro funciona de manera muy similar a un músculo: necesita desafíos para fortalecerse, pero también descanso para recuperarse. No mejora por hacer un gran esfuerzo un solo día, sino por la suma de pequeños hábitos repetidos durante semanas, meses y años. Por eso, si desea empezar a entrenar su cerebro, no piense primero en una aplicación. Piense en caminar treinta minutos, dormir una hora más, leer unas páginas de un libro, aprender algo que nunca había intentado o mantener una conversación que lo haga reflexionar.
La ciencia es clara, el cerebro conserva la capacidad de cambiar durante toda la vida. Cada decisión cotidiana puede contribuir a fortalecerlo y el mejor entrenamiento cerebral no ocurre en una pantalla, sino en la forma en que elegimos vivir cada día. Si tienes algo por compartir con nosotros escríbenos en Facebook, Irazema Ramos- Psicología.



