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jueves, julio 2, 2026

La otra guerra perdida

Por Herbert Rivera

Las Naciones Unidas instituyeron el 26 de junio como “Día Internacional de la Lucha Contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas” para fortalecer la cooperación y alcanzar el objetivo de una sociedad libre de esa pandemia y para lograrlo los gobiernos, ineludiblemente deben invertir en prevenir el narcotráfico y sus nefastas consecuencias lo que, hasta hora ha sido un combate perdido o un cáncer sin curar. Según el planteamiento de la ONU se debe además incrementar la comprensión sobre la efectividad y rentabilidad de las estrategias de prevención del consumo de drogas.

También implica invertir más en los esfuerzos de prevención por parte de los gobiernos para fomentar la resiliencia contra la adicción a las drogas y promover además soluciones lideradas por la comunidad.

El problema mundial de las drogas presenta un desafío pues afecta la vida de millones de personas en todo el mundo, desde individuos que luchan con trastornos por uso de sustancias hasta comunidades que lidian con las consecuencias del tráfico de drogas y el crimen organizado.

Algo de esto último ocurre en departamentos como Gracias a Dios, Colón, Atlántida, Yoro, Choluteca, Francisco Morazán, Cortés y Copán, y ciudades “grandes” como Tegucigalpa y San Pedro Sula, es decir, medio país.

De ahí, y en realidad de casi todo el país, uno creía haber oído, leído o visto todo y con ello perdido la capacidad de sorprenderse ante la evidencia de la maldad humana detrás de tragedias y matanzas con visible saña o sevicia (crueldad extrema) en los que, en la mayoría de los casos, más allá de problemas psiquiátricos o psicológicos, tiene que ver la alta criminalidad y la desbordada violencia consecuencias del negocio de las drogas y evidentemente de su consumo.

Lo que antes era raro, extraño y excepcional ahora es cosa común o cotidiana, hasta en el caserío más remoto, con hacha, machete, a balazos palos o piedras, se acaba con la vida de parientes, amigos o paisanos, correligionarios o compañeros, mujeres, niños o ancianos no importan, tampoco el motivo, y detrás de eso siempre está el alcohol y las drogas.

Por eso y muchas causas, todas profundas y estructurales, es que hace décadas, expresidentes latinoamericanos que, enfrentaron o se lucraron con el narcotráfico y la criminalidad organizada y su violencia, fuera del poder, han sugerido legalizar las drogas.

Desde 2011, expresidentes de México y Colombia, César Gaviria, Juan Manuel Santos, Ernesto Zedillo, y de Brasil, Fernando Henrique Cardos presionaron a favor del fin de la prohibición de las drogas.

Hace 30 años, el escritor y académico de Yale, Steven B. Duke escribió que mientras más efectiva es la prohibición, más se fomenta el consumo de narcóticos.

Además, la prohibición aumenta los riesgos de sobredosis y envenenamiento, pues el Estado no regula lo que se vende y así los vendedores cortan o mezclan su producto. Como resultado los fondos públicos se gastan con resultados contraproducentes.

Así, hay pocas pruebas de que la demanda se reduzca en gran medida al aumentar el precio, pero hay fuertes evidencias de que los consumidores aumentan su participación en delitos adquisitivos para alimentar sus hábitos, es decir, los consumidores no dejan de consumir, pero para pagar los altos precios de la droga la trafican y eso incrementa la presencia de armas, y adicionalmente aumenta la corrupción.

Ante el peso de la evidencia que demuestra que el combate al narcotráfico es un caso perdido, algunos gobiernos empezaron a legalizar las drogas, como en Uruguay, en 2014, y Jamaica, en 2015, mientras que Bolivia legalizó la producción indígena de cultivos de coca en 2011. En Argentina, su presidente Javier Milei también se declaró partidario de la legalización de las drogas.

Otros gobiernos, entre ellos Colombia, México y Bolivia presentaron un plan para un nuevo enfoque global del consumo de drogas, pero no lograron convencer a otros países para que permitieran todos los tipos de despenalización de las drogas, sin embargo, si se acordó regular los usos médicos de drogas como la mariguana.

Un “Informe Mundial sobre las Drogas”, de la Onu, destaca que el surgimiento de nuevos opioides sintéticos (metanfetamina y fentanilo) de una oferta y demanda sin precedentes ha agravado las repercusiones del problema mundial de las drogas y provocado un aumento de los trastornos por consumo de drogas y daños ambientales.

La producción, el tráfico y el uso de drogas siguen exacerbando la inestabilidad y la desigualdad, al tiempo que causan daños incalculables a la salud, la seguridad y el bienestar de las personas.

Los nitazenos, opioides sintéticos más potentes que el fentanilo y conocida también como “la droga Frankenstein”, surgieron y aumentaron las muertes por sobredosis.

El impacto de las drogas es amplio y complejo. Una muestra del problema es que además hay que luchar contra el lavado de dinero y otros delitos financieros y también es importante detectar y confiscar los ingresos del crimen organizado y prevenir el lavado de dinero por lo que es fundamental abordar los desafíos en las investigaciones financieras para fortalecer las respuestas colectivas ante el crimen organizado transnacional.

Combatir el crimen organizado transnacional requiere de una respuesta global y coordinada porque al seguir el rastro del dinero se identifica a los actores claves, se desmantela sus estructuras, se debilita su capacidad operativa de sus redes y al aplicar la ley correctamente se fortalecen los sistemas preventivos.

También es necesario empoderar a los jóvenes brindándoles el conocimiento, las habilidades y los recursos para convertirse en agentes de cambio, todo eso debe convertirse en acciones prontas o realizaciones concretas, para combatir el narcotráfico y el crimen organizado, reconociendo la naturaleza global del problema y la necesidad de una acción coordinada.

Aunque evidentemente ha habido promesas, algunas quizás vanas, otras falsas, todas inútiles, es necesario un real compromiso de trabajar los gobiernos con la sociedad civil para trabajar en conjunto y combatir el problema mundial de las drogas y crear un mundo donde la gente tenga una vida saludable y plena.

Quizás, para mí, todo eso es una utopía o un sueño inútil, no importa, al final: “soñar no cuesta nada”.

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