Por Rodrigo Amador

Hay países que construyen carreteras para impulsar el comercio. Hay países que invierten en puertos para atraer inversión. Hay países que entienden que el crecimiento económico depende de crear condiciones para que la gente produzca, emprenda y genere riqueza… y luego está Honduras, donde miles de ciudadanos despiertan cada día preguntándose si tendrán electricidad suficiente para trabajar.
Los apagones dejaron de ser una molestia hace mucho tiempo. Hoy son uno de los mayores obstáculos para el desarrollo económico del país. Son un impuesto invisible que castiga a quienes producen, generan empleo y mantienen viva la economía nacional. En San Pedro Sula, el corazón industrial y comercial de Honduras, la situación resulta especialmente absurda. La ciudad que produce una parte significativa de la riqueza nacional se ha visto obligada a normalizar cortes de energía constantes, fluctuaciones de voltaje y una incertidumbre que sería inaceptable en cualquier economía que aspire a competir seriamente.
Lo más preocupante es que el problema ya no puede atribuirse a un evento aislado ni a una emergencia temporal. Es un fracaso estructural. Durante años hemos escuchado las mismas explicaciones: redes saturadas, infraestructura envejecida, pérdidas energéticas, falta de inversión, problemas financieros y crecimiento acelerado de la demanda. Todo eso puede ser cierto. Pero cuando las mismas excusas se repiten durante décadas, dejan de ser explicaciones y se convierten en evidencia de una incapacidad sistemática para resolver el problema.
Mientras los funcionarios buscan responsables, las pequeñas y medianas empresas pagan la factura. Son ellas las que pierden inventario cuando se apagan los sistemas de refrigeración. Son ellas las que ven interrumpida su producción cuando una máquina se detiene inesperadamente. Son ellas las que deben comprar plantas eléctricas, baterías, reguladores y combustible para compensar las deficiencias de un servicio por el que ya pagan. La gran empresa puede absorber parte del golpe. El pequeño empresario no.
Cada apagón representa ventas perdidas, clientes frustrados, retrasos en las entregas y costos adicionales que terminan trasladándose al consumidor. El resultado es una economía más cara, menos competitiva y con menores oportunidades de crecimiento. Pero el daño va mucho más allá de los negocios. Cuando falla la energía, se afectan centros educativos, sistemas de agua potable, semáforos, hospitales, clínicas, servicios digitales y prácticamente cualquier actividad cotidiana. Se pierde tiempo, productividad y confianza.



