Por Héctor A. Martínez

En Honduras se necesita una nueva derecha. Una que aglutine diversas corrientes liberales, pero también otras formas del pensamiento que no tengan nada que ver con la estatolatría, los nacionalismos y el bipartidismo tradicional. En otras palabras, que conjunte diferentes versiones, sea que se trate de libertarios, liberales clásicos o anarcocapitalistas.
Esa nueva derecha es necesaria para influir en la política y contribuir a limpiar el Estado de todo el lastre institucional generado por la corrupción, el clientelismo y los privilegios de ciertos grupos económicos. La derecha tradicional, si es que podemos llamarla así, no es, en modo alguno, ni liberal en el sentido económico, ni democrática en lo político. Sus pocos referentes intelectuales están más identificados con el neocorporativismo, el capitalismo de compadres y la democracia electoral, a la que ven como la única vía para transformar el país. En otras palabras, en sus cabezas bulle una suerte de conceptos, teorías y formas empíricas de hacer política que poco o nada tienen que ver con el verdadero liberalismo. En sus palabras surgen los nombres de Hayek, Locke y Montesquieu, pero en el fondo sienten más simpatías por Keynes y Carl Schmitt.
No olvidemos que el liberalismo económico propende a la libertad de mercados en igualdad de condiciones, sin privilegiar a unos para excluir a otros. Recordemos que ningún empresario, hasta donde sabemos, es un fanático de la libre oferta y demanda ni un seguidor entusiasta del pensamiento liberal. A decir verdad, a nadie le gusta tener competidores en su propio rubro, de modo que el monopolismo tiene más afectos que una corriente librecambista. Tampoco es democrática en lo que respecta a la inclusión social. Es más afín con la concentración del poder y las prácticas patrimonialistas, la representatividad a medias y el escaso contacto de los partidos y gobiernos con el resto de la sociedad civil.
La nueva derecha que proponemos es de tendencia liberal moderna, que combina, además de la defensa de la libertad de mercados, el poner límites al poder estatal, la defensa de las instituciones republicanas y una nueva cultura de inclusión social. En principio, debería ser capaz de identificar a sus “enemigos” conceptuales: el estatismo y la burocracia desmesurada, oligopolios, redes clientelares, etcétera; que es exactamente lo que hizo Milei en la Argentina.
El primer objetivo debería ser conjuntar todos aquellos sectores que se encuentran dispersos y sin identidad doctrinaria. De igual forma, atraer a los desencantados de sistema, entre profesionales, empresarios luchadores, académicos y tecnócratas. En lo político, este resurgimiento intelectual de una derecha liberal novedosa y regeneradora, debería ser capaz de refrescar los principios republicanos de la separación de los poderes, la defensa de las instituciones fuertes, la descentralización de Tegucigalpa y el Estado de derecho. Aunque algunos de estos principios pueden leerse en la Constitución, distan mucho de ser una realidad. En lo económico, ya sabemos: el libre y fluido comercio sin trabas, la propiedad privada, el Estado limitado no intervencionista y el individualismo económico. Demás está decir que nada de esto puede completarse si no se propone una revolución educativa, que coloque a los jóvenes en el centro del sistema y con una formación basada en la tecnología del mundo moderno.
En suma: necesitamos, no un partido más, ni rescatar una derecha agotada, sino construir una red disruptiva, ilustrada, moderna e inclusiva. El desafío consiste en demostrar que la libertad también puede convertirse en un proyecto de transformación social.



