Por Herbert Rivera Cáceres

En estos días de noticias falsas en que la verdad absoluta es lo que uno cree, una vez que los bastardos ven la luz en internet ya no es posible desmentirlos, y no hay fundaciones prestigiadas que valgan para aclarar o desvirtuar la impostura, que es el fingir, engañar o hacerse pasar por alguien o algo que no se es, buscando aparentar verdad.
El impostor a menudo aprovecha que las obras ya son de dominio público en muchos países y las retuerce, es decir, cuando los autores reales están muertos.
Aunque algunos escriben cosas bonitas, casi poemas, y otros no tanto, lo cierto es que abundan los usurpadores en las redes sociales que, le atribuyen sus hechuras, algunas significativas, a personajes renombrados que lejos de enorgullecerse se han expresado avergonzados por las andanzas redaccionales y para ser leídos apelan al prestigio de admiradas personalidades.
A otros, como yo, no nos da ni pena ni vergüenza rubricar nuestras barrabasadas escritas o disparates con el nombre que nos encrestó un iletrado secretario municipal.
En su novela “Ensayo sobre la ceguera”, su autor portugués y Premio Nobel de Literatura, José Saramago dijo que los latinos son incapaces de discernir entre lo verdadero y lo falso del acontecer de cada día, sobre todo por el bombardeo altamente negativista de las redes sociales.
Así, muchas personas, aunque lean y otros, la mayoría, no tanto, se empeñan en creer en las citas erróneas por una sencilla razón: es una forma de lograr que los escritores más prestigiosos digan cosas que nunca dijeron, pero que suenan bien o bonito. Al final se trata d3 asentir ante la delincuencia intelectual y darle la satisfacción del tal ansiado like.
La chilena Vilma Vidal que mantiene un blog donde deshace entuertos y descubre verdades sobre literatura apócrifa (falsa, fingida o que carece de autenticidad; proviene del griego apokryphos que significa oculto o escondido, y se utiliza para describir escritos o documentos cuya autoría o veracidad no están comprobadas).
En esa lista de autores usurpados está el Nobel de Literatura, el colombiano Gabriel García Márquez, que no era creyente, pero a quien se le atribuyó una “Carta de despedida”, que nunca escribió y más bien se declaró avergonzado que se le atribuyera eso pues jamás escribiría semejante cursilería.
No le ayudó la aclaración a Gabo. Y el texto se hizo aún más famoso después de la muerte del escritor, pese a que Welch valientemente reconoció su autoría no una sino mil veces.
Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera”…
El autor verdadero es el ventrílocuo Johnny Welch, quien además tiene una maestría en criminología y que admitió haber escrito la carta dedicada a su muñeco “El Mofles”.
En relación con la expresión “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos” que, muchos asocian a la novela de Miguel de Cervantes Saavedra, en ninguna parte del texto aparece o se hace referencia alguna.
La confusión es tan común que, siendo presidenta, la argentina Cristina Kirchner en un discurso expresó: “Recordaba a Cervantes, cuando le decía a Sancho: Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”. Lo voy a adaptar a una versión cristinesca: ‘Ladran Sancho, señal que son perros’”.
La confusión llegó incluso a la pantalla grande en la película de Orson Welles, en 1992, en la que Don Quijote le dice a su escudero: “Déjalos, que si ladran significa que cabalgamos”. No obstante, el verdadero origen de la frase se le atribuye al poema “Kläffer” (Labrador) del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe, de 1808. En su frase final, en su versión en español, dice: “Y el fuerte sonido de sus ladridos solo prueba que estamos cabalgando”.
Para otros, la frase la popularizó a finales del siglo XIX el nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío: “Cuando los perros ladran es señal que cabalgamos Sancho amigo”; cuentan que el poeta solía decir de forma despectiva a quienes lo criticaban por ser mestizo. Para muchos, el nicaragüense Darío, gran admirador del español Cervantes, inspirado en la famosa novela incorporó a “Sancho” en su irónica expresión.
Ocurre lo mismo con otros grandes escritores y pensadores de la historia: su fama aumenta a medida que transcurren los años, ya sea con una obra de su autoría o con textos ajenos que otros publican con su nombre, éstos últimos conforman una nueva faceta de lo apócrifo.
Se trata de cuentos, poemas, refranes o cartas de despedida que nunca escribieron pero que circulan por el mundo como si hubieran sido creados por ellos. Son una especie de bulos literarios que han engañado a más de un lector incauto.



