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miércoles, julio 1, 2026

La democracia no se estabiliza por decreto

Por Rodolfo Dumas Castillo

abogado Rodolfo Dumas Castillo
abogado Rodolfo Dumas Castillo

Las elecciones son indispensables, pero no son una varita mágica. Votar permite cambiar autoridades; no garantiza que un país deje atrás la crisis, la polarización o la fragilidad institucional. Esa es la lección que dejan experiencias tan distintas como Perú y Reino Unido, y también es una advertencia que en Honduras no debemos ignorar.

En nuestro país suele asumirse, con excesivo optimismo, que una reforma electoral resolverá los problemas de fondo. Se cambian reglas, se ajustan procedimientos, se rediseñan mecanismos de representación y se confía en que llegará la estabilidad. La historia reciente, sin embargo, demuestra que las instituciones electorales importan, pero no sustituyen la cultura política

Perú es un ejemplo especialmente elocuente. En los últimos diez años, ese país ha vivido una sucesión vertiginosa de presidentes y una persistente sensación de provisionalidad. La democracia funciona en apariencia pues hay elecciones. Sin embargo, el resultado práctico ha sido una inestabilidad casi crónica, como si cada mandato naciera ya debilitado y cada victoria electoral cargara consigo la semilla de la siguiente crisis.

La reciente victoria de Keiko Fujimori, en ese contexto, no debe leerse como una garantía de normalidad. Su triunfo se decidió por menos de 50,000 votos, y su rival, Roberto Sánchez, anunció que no reconocerá el resultado. Pocas imágenes ilustran mejor el problema de fondo pues ni siquiera la proclamación oficial alcanza para cerrar la disputa sobre la legitimidad del poder. El triunfo electoral no borra la desconfianza acumulada, ni resuelve la fractura entre representación y legitimidad. Puede haber ganadores en las urnas y, aun así, perdedores en la gobernabilidad. Cuando el sistema político se ha acostumbrado a convivir con la precariedad, incluso una elección limpia puede desembocar en un mandato frágil.

Reino Unido ofrece un contraste útil, precisamente porque suele considerarse una democracia de referencia. Y, sin embargo, también ahí la estabilidad no está asegurada. La renuncia de Keir Starmer como primer ministro, anunciada apenas dos años después de una victoria electoral arrolladora, deja al país a punto de tener su séptimo primer ministro en una década, una inestabilidad de liderazgo sin precedentes en la historia moderna de una democracia reconocida por su solidez institucional. No se trata de comparar en igualdad de condiciones a Londres con Lima, sino de recordar que ninguna democracia está inmunizada contra la erosión de la autoridad política.

La diferencia es que en una democracia madura la rotación de liderazgos no necesariamente destruye el sistema; en una democracia débil, en cambio, puede terminar por vaciarlo. No basta con que las instituciones funcionen en lo formal. Deben producir obediencia legítima, cooperación entre poderes, partidos con vocación de permanencia y una ciudadanía que no vea cada elección como el inicio de otra crisis.

Honduras conoce de cerca esa discusión. Aquí también se repite la idea de que las reformas electorales bastarán para ordenar el sistema y construir confianza. Llevamos años discutiendo la seguda vuelta, la elección de diputados por distrito y la ciudadanización de las mesas electorales. Pero la falta de voluntad para aprobarlas no es prueba de que basten; es, si acaso, prueba de lo contrario pues ni siquiera el consenso mínimo para reformar el sistema ha sido posible, lo que sugiere que el obstáculo no es técnico, sino político.

La estabilidad democrática requiere algo más que un buen diseño electoral. Exige partidos con identidad y responsabilidad, élites dispuestas a respetar límites, instituciones que no se plieguen al capricho del momento y una ciudadanía que premie la gobernabilidad, no solo la indignación. Sin ese entramado, ninguna reforma será suficiente.

El caso peruano nos enseña que una democracia puede celebrar elecciones con regularidad y, aun así, permanecer atrapada en la desconfianza. El caso británico nos recuerda que incluso las democracias maduras pueden sufrir sacudidas severas cuando los liderazgos pierden sustento político. Y nuestra realidad nos obliga a concluir que la estabilidad no se decreta en una ley electoral, ni se imprime en una papeleta, ni se promete en campaña; se construye con tiempo, instituciones y disciplina política. Todo lo demás es propaganda con vocabulario técnico.

En política, como en derecho, las formas importan. Pero no hay forma que sobreviva mucho tiempo si el fondo está podrido. Por eso, más que confiar en la próxima reforma como si fuera un acto de redención, convendría asumir que la democracia no se estabiliza solo con votos, sino con hábitos de poder que se ejercen con responsabilidad.

 

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