Por: Otto Martín Wolf

No soy un caso excepcional. Apenas una pequeña parte de esa multitud de miles de millones de seres humanos que han pasado y pasan por este planeta sin dejar una huella, olvidados para siempre. Mis experimentos de memoria, no buscan fundar una nueva ciencia y debo ser sincero, realmente no recuerdo lo que pretendía desde el principio. Hace años decidí no buscar fuera de mi cabeza un dato que sé perfectamente que sé.
Siempre he pensado que si alguna vez aprendí algo, ese conocimiento tiene que seguir vivo en alguna parte. No puede haberse marchado sin despedirse. Así que, cuando no recuerdo un nombre, una fecha o un título, no consulto internet. Dejo a mi cerebro trabajando solo, como quien deja el carro en el mecánico y regresa dos días después.
Mientras tanto sigo con mi vida. Al principio cuesta. Uno siente la irresistible tentación de preguntarle a ese teléfono que responde cualquier cosa antes de que uno termine de hacer la pregunta. Pero resisto. Y ocurre el milagro. A veces pasan cinco minutos; otras, tres días; una vez fueron dos semanas completas. De pronto, sin previo aviso, mientras me cepillaba los dientes o buscaba un calcetín desaparecido, aparece el dato con una claridad insultante.
Como diciendo: —¿Para esto me despertaste? Durante muchos años trabajé como creativo publicitario. Entonces existía un premio equivalente al Oscar del cine, pero para anuncios publicitarios. Recientemente alguien me preguntó cómo se llamaba ese premio. En ese momento descubrí un pequeño inconveniente: no recordaba el nombre.
Me negué a buscarlo. Dos días después, sin que nadie lo invitara, apareció en mi cabeza: Clio Awards. Mi memoria había resuelto el asunto mientras yo estaba ocupado perdiendo el tiempo tratando de olvidar otras cosas. Aquello me hizo comparar el cerebro con una oficina donde trabajan miles de empleados invisibles. Unos controlan el corazón. Otros la respiración. Otros vigilan el hígado.
Y por alguna parte, quizá en un sótano, debe existir un grupo de ancianos rodeados de archivadores buscando con toda calma el nombre de un premio publicitario de hace treinta años. El primero en encontrarlo toca una campana y grita: —¡Lo tengo! Entonces me sucede, a veces mientras estoy en una de esas abundantes cafeterías donde preparan unos deliciosos brebajes “a base de café” diseñados para confundir a la gente y vender carísimo, ordenando un café negro sencillo y no llamar mucho la atención por mi inusual pedido, de repente alguien del cerebro me envía la respuesta… que grito sin poder evitarlo: Clío Awards! Desde luego llamando la atención hasta del empleado que cuida el parqueo afuera. La gente cree que estoy loco. No entienden que acaba de terminar una búsqueda importantísima dentro de la cabeza.
El cerebro realiza miles de operaciones automáticas sin pedir permiso. Hace latir el corazón, regula la respiración y hasta, de vez en cuando, mientras dormimos, decide que estamos cayendo por un precipicio imaginario y nos despierta de un salto que casi mata del susto a quien duerme al lado.
Todo eso sin cobrar horas extras. Entonces surge una pregunta. Si puede buscar un nombre perdido durante dos semanas sin molestarnos… qué otras cosas hará mientras creemos estar pensando? Tal vez descubra soluciones. Tal vez ordene recuerdos. Tal vez archive olores, sabores, voces y canciones.
Porque basta escuchar dos notas para reconocer una melodía olvidada medio siglo, percibir un aroma para regresar a una tarde de la infancia o probar un pedazo de pan para recordar una cocina que quizá ya ni existe, excepto en la mente. Nuestra memoria no olvida tanto como nosotros creemos, simplemente tiene un pésimo sistema de atención al público. Y aquí aparece una sospecha todavía más inquietante.
Quizá estamos dejando que semejante prodigio se oxide obligándolo a recordar contraseñas, códigos de verificación, actualizaciones del teléfono y el nombre del último influencer cuya principal aporte a la humanidad consiste en demostrar, con su existencia, que hay muchos idiotas dirigiendo la orquesta. No descarto que capacidades enteras del cerebro hayan entrado en huelga por falta de uso.
La telepatía, por ejemplo. ¿Quién y cómo va a evolucionar la transmisión del pensamiento si ahora hasta para decir “ya llegué” necesitamos un teléfono? Finalmente queda la pregunta más difícil. Sabemos dónde se almacenan los recuerdos. Más o menos. Pero… ¿Dónde guarda el cerebro el amor? ¿En qué cajón se conserva el cariño por los hijos, un viejo amigo o los sueños?
Porque esos recuerdos no caducan; creo que sobreviven durante toda la vida en algún lugar por ahí, esperando con tristes ansias que tratemos de buscarlos aunque sea por un momento, recuerdos que para ellos y nosotros significa volver a vivir.



