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martes, junio 25, 2024

¿QUÉ HACEMOS CON LA MIGRACIÓN?

La migración, dejando a un lado que es parte del ADN de la especie humana, es un problema que atañe a los gobiernos, uno tras otro, de estos países caóticos.

Despotricar contra las últimas decisiones de gobernadores estadounidenses en cuanto al rechazo de nuestros hermanos migrantes, es como echarle la culpa al árbitro por la incompetencia de meter un gol.

No, por favor. Ya es hora de hacer una reflexión sana y honesta, aunque sea una bofetada, de que los temas de “inmigración” le competen a los Estados Unidos, y que las cuestiones humanitarias solo aplican cuando hay guerras o persecuciones de algún tipo, y también por algunas calamidades naturales, fuera de eso no hay razón para estar acobijando “inmigrantes”.

Cuando vemos hacia el norte para echarle la culpa y dirigir con furia nuestro dedo acusador, estamos muy mal, y también perdidos en el mapa.

Los Estados Unidos de América siempre serán sumamente atractivos para migrar, en todo sentido; y los centroamericanos tendremos siempre (y no soy fatalista) motivos para migrar, porque nuestros gobernantes son incompetentes, y quiero insistir al respecto: se van porque los gobiernos autóctonos apestan, y eso no es de hoy, sino desde hace décadas. Nuestros países siempre han estado mal administrados.

Pongamos de ejemplo: de Costa Rica, en comparación a otros países del istmo, muy pocos migran. Y en lo que respecta a Latinoamérica: de Uruguay y Chile, igual, casi nadie emigra, pero de Haití, Nicaragua, Cuba y Venezuela migran como si fueran tras un premio…o huyendo de un castigo. Y Guatemala, Honduras y El Salvador no se quedan atrás.

Lo que más admiro de la gente que emigra es que saben que México es la materialización del infierno, el peor país de Latinoamérica en todo sentido, aunque lo romanticemos, pero es un desastre y cuando hablamos de nuestros pobres migrantes, ni la laguna Estigia es tan pestilente. Y esta es mi opinión muy personal.

Con AMLO, la cosa tocó fondo. Además de su ineptitud, es notable la confabulación con la corrupción y los narcos, y su negacionismo.

Los gobiernos estatales y el federal, las policías de todo tipo, los jueces, fiscales, magistrados, etc., se involucran en el tráfico de ilegales, de jovencitas para la prostitución, y no se ve a ninguno que alcen la voz en defensa de ellos. Solo escuchamos las voces de las oenegés y periodistas valientes, nada más, solo de ellas. ¿No es, entonces, una violencia institucionalizada contra los migrantes? ¡Claro que sí! Y a pesar de todo eso, nuestros hermanos latinoamericanos se lanzan a pasar por ese averno.

Pero bien, volvamos al punto de inicio.

Que los EE. UU. decidan qué hacer o qué no hacer en el tema de los migrantes, es muy su problema y es muy su derecho, pero que nosotros sigamos atenidos a que nuestros pobres se arriesguen a ese periplo dantesco con el fin de que ganen dolaritos y nos los manden, es macabro.

De estos lares olvidados de cualquier dios salen huyendo nuestros compatriotas debido a la delincuencia que los ataca; que quiere ver a sus hijos enrolados con el crimen. Salen huyendo por la extrema pobreza insultante, desesperante y asfixiante. Porque hay pocos trabajos y, además, mal pagados y sin derechos. Condiciones de insalubridad. Inexistente promoción del deporte, la cultura, las artes. Sistemas de salud en quiebra, administración de justicia lenta y corrupta y, en fin, la lista es larga, diría yo que interminable. ¿Es culpa de los amigos del norte? Obvio que no.

Son décadas tras décadas que los EE. UU. envían donaciones, ayudas, cooperación, asistencia técnica a estos países para que mejoren las condiciones de vida de sus habitantes, y que no haya más migrantes, pero, ¿qué han hecho nuestros gobernantes? Administrar mal esos recursos, robárselos, gastarlos, desviarlos.

Ahora bien, la pregunta del millón de dólares sin impuestos es, ¿este actual gobierno ha hecho la diferencia para evitar la migración de nuestra gente?

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