Por Rodolfo Dumas Castillo

Marco Aurelio, en sus Meditaciones, dejó una frase que resuena con fuerza incluso dos mil años después: “Dondequiera que una persona pueda vivir, allí también puede vivir bien”.
La sentencia cobra un significado particular cuando pensamos en la política: ¿es posible mantener la integridad en un ambiente que muchos describen como un lodazal de intereses, corrupción y ambiciones personales? La historia de Abraham Lincoln nos ofrece una respuesta esperanzadora.
William Lee Miller, en su biografía ética del presidente estadounidense, advierte que solemos mitificar a Lincoln al punto de olvidar lo esencial: él fue un político. No un santo, ni un héroe fuera de la arena pública, sino alguien que ejerció el oficio con todas sus exigencias. Y, sin embargo, fue íntegro. Lincoln logró encarnar compasión, justicia, propósito y pragmatismo sin renunciar a la esencia de la política.
Eso es lo que lo hace admirable. Contrastemos esa idea con nuestro panorama actual. Estamos en la antesala de un nuevo proceso electoral y la pregunta inevitable es: ¿tendremos en las papeletas a personas íntegras? O, dicho de otra manera, ¿habrá candidatos que asuman el reto de demostrar que se puede ser honesto y a la vez político?
Si la respuesta es negativa, habría que preguntarse por qué. Una parte de la explicación está en la cultura política misma, pues hemos normalizado la idea de que la política es sinónimo de corrupción y clientelismo.
Por eso, cuando aparece alguien honesto, se le ve como una excepción y no como la regla. Otra parte de la explicación está en la apatía ciudadana.
Los partidos suelen llenarse con quienes ven en ellos un vehículo para el poder, mientras que los ciudadanos íntegros prefieren mantenerse al margen, convencidos de que ese mundo es imposible participar sin contaminarse.
El primer paso para cambiar la política no necesariamente está en los partidos, sino en los ciudadanos mismos. La forma en que conversamos sobre la política, la tolerancia que mostramos ante la corrupción y la exigencia que hacemos de nuestras autoridades determinan los incentivos del sistema.
Si normalizamos la trampa, seguiremos premiando a los mismos de siempre. Si queremos cambiar esa lógica, debemos dejar de ver la política únicamente como un campo minado y empezar a verla también como una oportunidad de servicio.
No hay país que haya mejorado sin que ciudadanos capaces y decentes asumieran la responsabilidad de gobernar. Honduras no será la excepción. La pregunta es si estamos dispuestos, como sociedad, a abrir espacio para ellos y a respaldarlos cuando decidan dar el paso.
Si aspiramos a una política distinta, también debemos invertir en educación cívica. No basta con pedir líderes íntegros si como sociedad no cultivamos valores de responsabilidad, respeto a la ley y compromiso con lo público.
Un ciudadano informado y consciente se convierte en el mejor antídoto contra la corrupción, porque no se deja seducir por promesas vacías ni por prácticas clientelistas. Pero si seguimos creyendo que la política es un lugar inhabitable para los decentes, estaremos condenados a que los indecentes la ocupen por siempre.
¿Qué hacer entonces? Primero, exigir más de los partidos; candidaturas transparentes, trayectorias limpias, propuestas viables. Segundo, participar más activamente como ciudadanos, fiscalizando, denunciando, votando con criterio.
Y tercero, derribar la falsa dicotomía entre principios y pragmatismo. Se puede gobernar con ética y a la vez con eficacia, como lo demostró Lincoln. El estoicismo nos enseña que, incluso en las circunstancias más adversas, uno puede elegir vivir con rectitud.
La política hondureña no será la excepción si tenemos el coraje de reclamarla y habitarla con dignidad. De lo contrario, seguiremos repitiendo el círculo vicioso de la decepción y la apatía. Si no exigimos ni participamos, los corruptos seguirán sintiéndose dueños de la política y nosotros simples espectadores.
La política no tiene porque ser un pantano reservado a los peores. Puede ser también el espacio donde florezca lo mejor de nuestra sociedad, siempre que asumamos nuestra responsabilidad cívica.
Esa responsabilidad empieza por algo tan básico como participar en el proceso electoral; informarnos, comparar propuestas, exigir debates serios y votar con conciencia. La democracia se vacía cuando la indiferencia gana terreno.
Al final, la pregunta no es solo si podemos vivir bien en la política, sino si estamos dispuestos a cumplir nuestro deber ciudadano de fortalecerla con nuestra participación. Honduras merece ciudadanos presentes, activos y vigilantes, porque solo así podremos aspirar a una política donde la decencia no sea la excepción, sino la norma.



