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miércoles, septiembre 9, 2026

“Pata Gorda”, “Vío” y sus “perras”

Por Herbert Rivera

Relataba también que en su pueblo había un burro, dedicado semental en su oficio de procreador, que estaba haciendo muy rico, con dinero, a su dueño pues cobraba caro por cada “salto” o enchute a mula, burra o potranca que le llevarán en aquel vergel o vergal. Ante eso, según el perrero triniteco, el alcalde de aquel arrabal decidió hacer una magna obra de inversión social y compró al asno para obtener suficientes fondos para pavimentar aquel arrabal. El equino, no obstante, una vez propiedad municipal, se negó en todo momento y a toda hora a realizar sus maniobras, cabriolas o acrobacias de cuadrúpedo fogoso y pasados los meses un lapidario diagnóstico de un veterinario incorruptible determinó que aquel animal no quería trabajar más porque ya era empleado público.

Otro espécimen, amigo de parranda y brevemente compañero en un periódico local, es Ovidio Guzmán, también santabarbarense, también pecador por cachureco y olimpista, pero de San Nicolás, lo conozco hace más de 30 abriles. Yo era reportero y él diagramador, chaparro y buen futbolista, ameno conversador y pijinero con lentes “culo de botella”, de miope, y con una risa inmensa, socarrona, predispuesta siempre para ahuyentar tristezas, alegrar levantamientos de cadáveres, calibrar ánimos o encabronar a alguien de “pocas pulgas”.

No sé si por el momento en el cuál fui victimado, lo recuerdo con odio o con cariño, pero ahí está en mis afectos. Era una noche de bebieta entre amigos y otros no tanto, todos ebrios hablando en hebreo o arameo. Entre los contertulios estábamos el perrero ese, una mujer en cuerpo de hombre, un futuro violador ahora preso y un señor futbolero al que más por las mañas que por los años le decíamos “viejo león”, por olimpista, otro pecador impenitente, quien con inocencia preguntó cuál considerábamos era el mejor gol de un mundial, y para mi fue el del mexicano Manuel Negrete contra Bulgaria, de chilena en el Mundial del 86, elegido como el gol más bello. Atribulado por responder de inmediato, se me olvidó el nombre y metí las de andar y contesté: ‘fue el golazo de Jorge Negrete”. Y ahí ese pigmeo maldito se despachó y en medio de las escandalosas risotadas de todos armó un macaneo, para mi infernal. En cuestión de segundos el payaso bajito dijo que él había estado ahí, y recordaba a la selección mexicana en la que el pase a Negrete se lo dio Pedro Infante, después de un saque de banda de Javier Solís.

El malvado cabrón amigo mío tras resaltar que la madrina del equipo azteca era la actriz Sara García describió que en el medio campo alineaban José Alfredo Jiménez, Cornelio Reina y Armando Manzanero, y en la defensa el payaso relator ahora residente en Canadá o Usa, destacó que estaban Antonio Aguilar, Miguel Aceves Mejía, Vicente Fernández y Chavela Vargas, como portero “El Piporro, y el entrenador era Pedro Vargas. Por supuesto la palillona era Juan Gabriel.

Ese chaparro, como en la tauromaquia en la que con la saña del torero que no quiere dar la estocada final al toro sólo porque tiene ganas de joder, después de una hora de carcajadas sueltas y sin parar, solo concluyó cuando encolerizado le espeté: “ya, cállate hijueputa”, pero el tarado solo concluyó no sin antes aseverar que la animación de ese equipo estaba a cargo de “Los Panchos”, “Los Tres Caballeros”, Lola Beltrán, “Las jilguerillas” y “Los Alegres de Teherán”. Los felices del junene son otra banda.

Había en ese entonces, en ese periódico venido a menos, un corresponsal enorme con cara de perro, pero nombre de pastor o de versículo, Pícaro y extorsionador, cobraba por informar o lo contrario, y se alebrestaba cuando Vío decía que el alcalde del pueblo de ese sujeto convocó de urgencia a las fuerzas vivas de la comunidad y el primer “vivo” que llegó fue el transmisor de noticias creyendo que iba haber “algo”.

Otras de sus tantas perras que recuerdo es cuando afirmaba que en el pijal de dónde provenía las agonías duraban meses y los velorios semanas, por los juegos de azar, naipe y dados alrededor o cerca del difunto, y ya cuando la familia a la semana de vela con tamal, café, sopa y guaro incluido anunciaba que se iniciaba el sepelio saltaba el que iba perdiendo en las apuestas y exigía que el cadáver se enterraba hasta que se recuperara y ganara algo para que la mujer no lo puteara al llegar a casa.

Insisto, esa gente está en cualquier lado, agazapados y al acecho, prestos para soltar sus perras, los vi, los veo, alegran el rato aunque a más de alguno le amarguen o arruinen la vida con sus inventos. Lo narrado es verdad, los vi y los oí, sin son falsedades…pues son cuentos entre perreros.

 

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