Por Herbert Rivera

Hay en cada pueblo, en unos más que otros, ciertos ejemplares de la especie humana, que, por su buen humor, chanza o guasa, no pencadas, si no por el denominado humor blanco, se hacen recordar y hasta querer, según la broma de que se haya sido víctima.
Los llaman “perreros” y como todo cánido se arriman a grupos del barrio, sin importar boda o cumpleaños, no hay velorio que se les escape, tampoco entierros y sepelios y menos resurrecciones o viajes al más allá o al más acá, e incluso divorcios en los que los metiches esos están sin estar para posteriormente con gesticulación y ocasionalmente traducción incluida, despacharse con graciosas falacias, prontas agudezas a mil por segundo o exageraciones capaces de matar o revivir a alguien.
Son sanadores con mentiras sobre enfermedades existentes o ficticias, habidas y por haber, curanderos de lo improbable o de lo imposible, consejeros de cualquier problema o crisis menos las nacionales pues a esos perreros les pagan por hacer nada y más bien hacen sufrir en lugar de hacer reír.
También son muy buenos narradores o relatores de proezas no habidas y “perros” para contar chistes y amargar la vida ajena al bautizar a otro endosándole o acribillándolo con apodos a la medida o al calibre de pobres prójimos que, desde ese bautizo y de por vida el infortunado y su descendencia, sufrirán martirios similares a la tortura romana de la crucifixión, en su honra y dignidad.
Los perreros se lucen por estar en cualquier lado, de la nada se aparecen y desaparecen, están de día o de noche y hasta en sueños. Ahí los vemos, en la inauguración de cualquier obra o a la hora de “obrar”, llegan a presenciar el arribo de quien dice ser líder y no lidera a nadie, y además son interventores y auditores de las vidas ajenas aunque dispensadores de sus licenciosas vidas.
Del Olimpo de esos especímenes recuerdo a dos folclóricos ejemplares de esa manada, no son de mi pueblo, uno de ellos fue el carismático German Madrid Fajardo, más conocido como “Pata Gorda”, oriundo de Trinidad, Santa Bárbara.
Lo conocí hace unos de 25 años. Yo era subjefe de Comunicaciones y Estrategias en la municipalidad local y él, creo, laboraba en Parques y Bulevares, tenía como bendición ser furibundo liberal pero cargaba con los pecados capitales de ser Marathon y “patepluma”. Al respecto decía que, por la vieja costumbre de los descendientes de los judíos sefardíes o sefarditas de casarse entre primos y sobrinos con tías, en Santa Bárbara habían muchos locos o atarantados y cada familia tenía uno y en caso que una casa careciera de su orate familiar pues alquilaban uno para estar completos y guardar la decencia del hogar.
Cojeaba, siempre sonreía y con su peculiar estilo animaba todas y cualquier oficina con cuentos cortos de su autoría, nunca ajenas, y le disparaba putiadas calibre 9 milímetros o dos litros a cualquiera que se las mereciera.
Dos de tantas perras o verdades que le escuché vienen a mi memoria. “Pata Gorda” contaba que el exdiputado Mario Ramón López, su amigo y correligionario y también perrero, era dueño de una hacienda llamada “Los Tres Milagros” porque fue milagroso que el banquero Jaime Rosenthal Oliva le prestara el dinero para comprarla, milagro que le pudo pagar y milagro que el judío, eterno aspirante a presidente, no se la quitó.



