Por Rodrigo Amador

A la gente de Lempira y Copán hay que decirles que este golpe se lo buscaron. Duele ver el llanto en las puertas del Ministerio Público, duele ver los ahorros de toda la vida evaporados de la noche a la mañana y duele la miseria que estas redes de picaros dejan a su paso. Pero duele todavía más la necedad, la terquedad con la que se insiste en tropezar una y otra vez con la misma piedra, cerrando los ojos voluntariamente ante señales que parpadeaban en rojo vivo desde el primer día.
Lo que acaba de pasar con HLV no es ninguna sorpresa ni un descubrimiento científico. Es exactamente el mismo libreto barato de Koriun Inversiones, una calca idéntica a la que ya dejó secando la plaza hace unos años, solo que ahora le cambiaron el nombre en la pantalla del celular y la fachada de las supuestas “máquinas expendedoras”. La fórmula es una vieja conocida que ya debería dar pena repetir: promesas de ganancias absurdas y sin esfuerzo, jugosos bonos en efectivo por meter al vecino, al compadre y al primo en la cadena, sorteos de vehículos y una aplicación digital que supuestamente multiplicaba el dinero por obra y gracia del Espíritu Santo. Te dan migajas al principio para que muerdas el anzuelo, creas que el negocio es real y metas hasta lo que no tienes, y cuando ya juntaron los millones, cierran la plataforma y se esfuman.
Lo verdaderamente imperdonable de todo esto no es la maldad de los estafadores —de esos abunda el mundo y siempre van a buscar ingenuos—. Lo imperdonable es que hoy, con un teléfono en el bolsillo con acceso a internet, con la experiencia tan fresca de Koriun y con la información al alcance de un clic, nadie se haya tomado la molestia de buscar en Google, de dudar o de preguntar si un modelo que te paga más en una semana que un año de trabajo honrado tiene algún sustento en la realidad. Querer hacerse rico sin dar un golpe de azadón ni ganarse el pan con el sudor de la frente no es ingenuidad pura; es una apuesta ciega donde la avaricia apaga por completo el sentido común y la decencia del trabajo duro.
Y es aquí donde el problema trasciende a los estafadores de turno y se conecta con nuestra realidad política. Esta misma simpleza, esta facilidad pasmosa con la que nos dejamos deslumbrar por espejismos dorados y promesas vacías, es exactamente la que mantiene en el poder a la clase política que nos arruina el país. Los políticos hacen exactamente lo mismo que HLV: nos venden discursos bonitos, ilusiones de desarrollo instantáneo y soluciones mágicas cada vez que hay elecciones, y nosotros volvemos a votar por ellos con la misma fe ciega, esperando que esta vez sí nos cumplan el milagro. Si caemos tan fácil, tan rápido y de forma tan absurda en la trampa burda de una aplicación de celular, ¿con qué cara le exigimos honestidad, capacidad y altura a los ineptos que manejan los fondos del Estado? Seamos honestos con nosotros mismos: esto va a volver a pasar. Mañana va a salir otra empresa fantasma con otro nombre rimbombante, otra fachada tecnológica y otras promesas de riqueza exprés, y volveremos a ver exactamente las mismas filas de gente entregando lo poco que tanto les cuesta ganar, esperando sentados un milagro que jamás va a llegar.
Ya es hora de sacudirse el papel de eterna víctima. Ningún gobierno, ninguna ley y ninguna fiscalía los va a salvar de su propia ambición y de su falta de criterio. El remedio exige madurar de golpe, abandonar la pereza mental, investigar antes de soltar un solo centavo y entender de una vez por todas que en esta vida el único ingreso que vale y que es seguro es el que se gana con esfuerzo diario, honradez y sacrificio. Si no aprendemos a dudar de todo aquello que suena demasiado bonito para ser verdad, vamos a seguir condenados a tomar una y otra vez del mismo vaso amargo.



