Por Herbert Rivera

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Dos días antes de que los liberales se arreglaran o “los arreglaran” con la cantaleta de las reformas energéticas, estuve emperrado, encachimbado, y todos los “ados” habidos y por haber que tengan que ver con el enojo y la ira.
La causa: un apagón (el centésimo) en la madrugada, desde la 1 hasta el mediodía del domingo en el sector suroeste que, ante las elevadas temperaturas obligó a turistear sin ganas y a gastar más de lo presupuestado. La misma historia se repitió el lunes desde antes del mediodía hasta la tarde encabritándome otra vez por los mismos apagones en los que las tarifas no se reducen y obligan a gastar más.
Pensé en insultar a los políticos y a otros que supongo son responsables del problema, pero lo descarté tras concluir que verter insultos e improperios no enaltece a nadie solo reduce a una condición de analfabeta o pigmeo emocional.
Es una historia reiterada, llevo años escribiendo sobre lo mismo en esta columna cerebral, rota la escasa paciencia que nos queda, alebrestado, más bien encabronado por los constantes cortes del fluido eléctrico he cuestionado que a pesar que ese problema es de vieja data poco se ha hecho por resolverlo, y en lugar de al menos paliarlo la situación se agrava, calentando con esos apagones los ánimos ya electrocutados de la población.
Preocupa, como siempre, la situación en el ente estatal responsable de proveer ese elemental servicio básico para la gente, porque si bien el invento o descubrimiento de la energía eléctrica fue indispensable para poder progresar, aquí en lugar de ir hacia adelante más bien pareciera que vamos para atrás.
Así, cobra sustento la afirmación de quienes argumentan que esa invención posibilitó que se encendiera la vida de la gente, pero funcionarios inútiles e irresponsables que, no hacen ni deciden o lo hacen mal, con los constantes racionamientos, cotidianos, incendian o caldean los ánimos de las personas.
Por supuesto, en eso tiene además de la desidia burocrática, las altas temperaturas, el incremento en la demanda eléctrica y la poca capacidad para satisfacerla, además de la nula generación de inversiones para atender el problema energético.
Como los muchos afectados, esos ineficientes e inútiles también han electrizado mi paciencia y encendido mi apagada cólera con sus racionamientos programados y cortes intempestivos provocadores de dolores de cabeza, y de otros quebrantos de salud y del estado de ánimo.
Adicional a eso hay que añadir el inconmensurable daño económico en negocios de todo tipo, que por la misma razón no funcionan, y también el daño al Estado pues cuando no hay producción no hay ingresos, hay desempleo, y no se pagan impuestos o tributos.
Los constantes apagones y los frecuentes racionamientos e incrementos a la tarifa de energía eléctrica, además de generar incertidumbre alejan la inversión porque los apagones afectan a gran cantidad de micros y pequeñas empresas que, como consecuencia ven dañada su maquinaria, equipos de trabajo, y registran millones de lempiras en pérdidas.
Adicionalmente los racionamientos de energía eléctricas programados o intempestivos generan mayores costos porque complican el período de producción y los compromisos que las pequeñas empresas tienen con sus clientes.
Más allá de insultar o agredir a los burócratas responsables por el deterioro de electrodomésticos, provisiones refrigeradas echadas a perder, soporte de altas temperaturas, y el costo de comprar alimentos por no contar con energía eléctrica, mi preocupación pasa más por el riesgo o amenaza de un incendio provocado por esos apagones o los bajones en la corriente eléctrica, situación que pone en riesgo vidas.
Hay que agregar lo que ocurre en los hospitales o clínicas en donde por causa de esos apagones o bajones del voltaje se muere gente o se pone en peligro otras cuando los equipos necesarios no funcionan por falta de electricidad.
De tal problema los únicos responsables quienes han administrado y tranzado con la Empresa Nacional de Energía Eléctrica, (ENEE), elefante casi blanco y poco útil, monumento a la deficiencia.
Adicional a eso hay que añadir el inconmensurable daño económico en negocios de todo tipo, que por la misma razón no funcionan, y también el daño al Estado pues cuando no hay producción no hay ingresos, hay desempleo, y no se pagan impuestos o tributos. Los perjuicios son muchos para todos.
Lo que sucede con el suministro de electricidad para la mayoría resulta un problema, para otros una tragedia y para otros pocos un jugoso negocio.
Ya lo decía Earl Warren, ex presidente de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos: “Ben Franklin puede haber descubierto la electricidad, pero el hombre que inventó el medidor es quien hizo el dinero”.



