“BAJO aquel cielo despejado y limpio el bosque extendía su república de pinos sobre las montañas. La luz descendía entre las ramas en delgadas lanzas de oro, encendiendo la resina, las piedras húmedas y los helechos escondidos; el viento pasaba con su antigua voz por las copas y hacía ondular el follaje como si también los árboles izaran sus propias enseñas”. Septiembre llegó con su vieja liturgia de banderas, desfiles, tambores y recuerdos. Winston contemplaba desde temprano el pabellón que acababan de izar. El Sisimite, miraba alternativamente la bandera y el cielo. —Aunque ¿de cuál cielo fue que sacaron ese color? El Decreto Legislativo N.º 29 del 18 de enero de 1949 reformó la normativa anterior e incorporó expresamente las palabras «azul turquesa» para describir las franjas y las cinco estrellas. — Pues a algunos se les ha antojado volver al azul marino. -El Congreso puede cambiar las leyes, naturalmente, lo peculiar sería –si la ley dice otra cosa– pretender cambiarla escogiendo otro rollo de tela por puro capricho político. —Pero hay turquesas más claros y más oscuros. —Sí, la ley no define una referencia cromática exacta, pero de azul turquesa a azul marino o más percudido, es como agua de un charco lodoso al suave diáfano azul del cielo. —También el mediodía y la medianoche son dos momentos del día, pero procurá no llegar a almorzar a las doce de la noche.
—¿Y el sugestivo azul maya? Existe una relación cromática y evocadora. El azul maya fue un extraordinario pigmento mesoamericano que puede presentar tonalidades azuladas, visualmente al turquesa. —Pero, si durante tantos años usaron el azul marino, ¿de dónde salió? –Cuando Honduras estableció su bandera en 1866, el decreto decía simplemente azul, no establecía tonalidad. Había telas disponibles de distintos tonos, ninguna estandarización. Con los años fueron generalizándose azules más oscuros. Hasta que la costumbre se hizo tradición. —Para comprenderlo hay que caminar hacia atrás. Hasta los días en que Centroamérica apenas comenzaba a desprenderse del viejo orden colonial. —Antes incluso de constituirse la Federación Centroamericana, Manuel José Arce, en 1822, adoptó para las fuerzas salvadoreñas que combatían la anexión al Imperio mexicano una bandera inspirada en los colores rioplatenses. Las referencias históricas hablan de blanco y celeste. –Celeste, no azul marino. Winston desplegó sobre una piedra un viejo mapa de Centroamérica. —Después llegaron las Provincias Unidas del Centro de América. En 1823 se estableció aquella bandera de tres franjas, azul, blanca y azul, que luego heredaría la República Federal. —La antepasada de las nuestras. —Precisamente. Y allí está una de las claves. La tradición centroamericana vincula aquellos colores de Arce –primer presidente de la República Federal centroamericana– con las Provincias Unidas del Río de la Plata. También quedó asociada históricamente a esta genealogía cromática la presencia de la expedición de Hipólito Bouchard –defensor de la independencia de las provincias del Río de la Plata– por las costas centroamericanas. —Entonces nuestra familia de colores nació mirando hacia un azul claro. —¿Y Honduras heredó aquello?
—Expresamente. Cuando Honduras creó formalmente su bandera en 1866, dispuso que tuviera las tres franjas como la bandera de la antigua Federación Centroamericana. Y agregó cinco estrellas, por los cinco hermanos de aquella Federación desaparecida y por el viejo anhelo de volver a reunirlos. —Existe documentación del siglo XIX anterior incluso al decreto de 1866 que menciona azul celeste en adquisición de tela. Es otra pieza interesante del rompecabezas. —Celeste en los antecedentes de Arce, celeste en documentación hondureña… —Y una Federación cuya tradición cromática procedía de ese mismo universo de azules claros. —Según las explicaciones históricas sobre aquella reforma, porque para entonces se había producido una considerable dispersión de tonalidades. —Una bandera según el rollo de tela que hubiera en la tienda. El propósito fue precisar el color. Y el concepto que se buscaba expresar era el de un azul del cielo, una tonalidad clara, no azul marino. El legislador escogió la expresión azul turquesa. —Entonces el decreto de 1949 puede entenderse como una recuperación. —Sí: como una precisión legal compatible con la antigua tradición cromática federal, frente a la proliferación posterior de azules oscuros. —¿Y no tenemos algún testigo anterior a 1949 que nos diga qué clase de azul imaginábamos los hondureños? Winston sonrió. —Tenemos uno extraordinario. —¿Quién? —El Himno Nacional. —«Tu bandera es un lampo de cielo / por un bloque de nieve cruzado; / y se ven en su fondo sagrado / cinco estrellas de pálido azul». Nadie –solo los que ahora le meten azul más oscuro a la bandera —se atreverían a cantar el himno de esta manera: —«Tu bandera es un cielo encapotado / por un bloque de nieve cruzado; / y se ven en su fondo sagrado / cinco estrellas de azul empurrado». —Pero mientras no cambien la ley, la mal usada tela no reforma el decreto ni cambia el color del cielo. ¿Qué color de bandera usamos, entonces? Winston levantó los ojos. —Viendo en la ley, en la historia… y hacia un pedacito de cielo. Más lejos, las montañas se desvanecían en sucesivos azules –celestes primero, turquesas después, casi transparentes en el horizonte–, mientras cinco luceros prematuros aguardaban invisibles la llegada de la noche. Winston, con su porte altivo y pasito marcial, al son brillante y metálico de redoblantes imaginarios, bajó por la vereda.


