Por Otto Martín Wolf

O, dicho de otra manera: no todo lo que brilla es oro.
A veces es simplemente un viejo truco con nueva iluminación.
Otra estafa piramidal acaba de esfumar los ahorros de centenares de personas que, probablemente, nunca los volverán a ver.
Aclaremos algo desde el principio: quienes se apropiaron del dinero son delincuentes. No existe eufemismo, explicación financiera ni palabra elegante que pueda convertir a un ladrón en empresario.
Pero, ahora viene la pregunta desagradable: ¿Los que perdieron son realmente víctimas inocentes?
Eso merece analizarse sin lágrimas y, sobre todo, sin hipocresía.
Ninguno puede decir que no sabía. Ninguno puede afirmar que lo sorprendieron mientras dormía.
Porque aquí aparece el primer milagro de la estupidez humana: cuando alguien ofrece ganar mucho dinero rápidamente, la gente deja de preguntarse cómo y empieza a soñar con cuánto.
El esquema Ponzi es de una sencillez casi infantil.
Alguien promete utilidades extraordinarias. Llegan los primeros inversionistas que reciben puntualmente sus ganancias y salen felices a contárselo a sus amigos.
Pero el dinero que reciben no proviene de ganancias reales. Viene del dinero de nuevos inversionistas.
Entonces llegan más.
Y más.
Y más.
Hasta el inevitable momento en que ya no entran suficientes nuevos incautos para pagar a los incautos anteriores.
Ahora hagamos la pregunta verdaderamente incómoda:
¿De quién fueron víctimas los inversionistas?
La respuesta cómoda es: de los estafadores.
La respuesta completa es: de los estafadores y de su propia ambición.
Porque si alguien ofrece pagarle a usted intereses extraordinarios, muy por encima de lo que produce normalmente el dinero, debería encenderse una pequeña luz roja dentro de su cabeza.
No una luz amarilla.
Roja y parpadeante.
Y si además pregunta usted en qué se invertirá su dinero y la explicación resulta confusa, fantástica o sencillamente incomprensible, quizá sea conveniente conservar el dinero debajo del colchón.
Naturalmente, el Estado también tiene responsabilidades. Para eso existen los organismos de supervisión, los inspectores, las autoridades financieras y toda esa maravillosa colección de oficinas que actúan precisamente cuando ya ocurrió el desastre.
Entonces habría que preguntar:
¿Alguien revisó las cuentas?
¿Alguien inspeccionó los libros?
¿Alguien preguntó de dónde salían semejantes rendimientos?
¿Y qué encontraron? Porque si nadie se dio cuenta, tenemos un problema.
Y si alguien se dio cuenta y no hizo nada, tenemos un problema mayor.
También sería interesante saber si quienes recibieron aquellos fabulosos intereses declararon religiosamente esas ganancias y pagaron los impuestos correspondientes.
Somos una sociedad muy curiosa: cuando perdemos dinero queremos que el Gobierno nos proteja, cuando ganamos dinero, a veces, preferimos que el Gobierno no se entere.
Y queda otra pregunta elemental:
¿En qué demonios iba a invertir la empresa ese dinero para producir ganancias tan extraordinarias?
Si la respuesta no convencía ni a un niño de diez años, ¿por qué convenció a un adulto que estaba entregando los ahorros de toda su vida?
No aprendemos.
Nunca aprenderemos.
Después aparecerá otra empresa.
Otra promesa.
Otra oportunidad “única”.
Otra ganancia “segura”.
Y nuevamente habrá personas mirando hojalata creyendo que encontraron oro.
Porque el ser humano puede perder dinero, propiedades, empresas y hasta la camisa.
Pero rara vez pierde la esperanza de hacerse rico sin trabajar demasiado.
Y aquí aparece otra especie mucho más interesante: el inversionista inteligente.
Ese que no cae en una estafa porque, según dice, él sí sabe de negocios.
Porque existe una forma muy particular de complicidad: la de mirar hacia otro lado cuando mirar hacia adelante es muy rentable.
Mientras pagan, todo parece legítimo.
Mientras la cuenta crece, nadie quiere saber demasiado.
Mientras los intereses llegan puntualmente, desaparecen las preguntas incómodas.
El problema comienza cuando dejan de pagar.
Entonces todos descubren que había señales.
Que alguien había advertido. Que los rendimientos eran absurdos.
Que, en realidad, aquello parecía demasiado bueno para ser cierto.
¡Qué extraordinaria capacidad tenemos para descubrir la verdad después de perder el dinero!
Y así volverá a ocurrir.
Porque el Ponzi no necesita solamente estafadores.
Necesita también inversionistas dispuestos a no hacer demasiadas preguntas mientras estén ganando.
Los primeros cobran, se entusiasman y se convierten en publicidad gratuita.
Los siguientes entran porque los primeros ganaron.
Los últimos pierden porque los primeros dejaron de ganar.
Y todos, absolutamente todos, dicen después que fueron engañados.
La realidad es que confundieron inteligencia con avaricia.
El Ponzi no ha muerto.
Vivirá siempre mientras exista la ambición humana.
Y nosotros seguimos aprendiendo que cuando alguien promete ganancias extraordinarias sin explicar claramente de dónde salen, hay dos posibilidades:
O descubrió una forma maravillosa de ganar que nadie más conoce…o acaba de reinventar la vieja y maravillosa manera de hacer dinero con el ajeno



