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miércoles, septiembre 9, 2026

¿Allá arriba?

EL editorial –análisis de la Anthropic IA– del fin de semana. El inicio es deliberadamente patriótico: “El viento hacía de clarín entre las ramas. Cada hoja tiembla como una pequeña bandera. Los pájaros ensayan himnos que nadie les enseñó. El sol derrama luz festiva sobre los senderos”. Este es el bosque como una ceremonia cívica: la naturaleza interpretando el Himno Nacional antes de que comience la discusión. Establece el registro emocional en el que se desarrollará toda la obra: «la Bandera no es un asunto administrativo; es sagrada». El Sisimite expresa claramente la disyuntiva: «¿apropiación partidista de símbolos nacionales; partidización por asociación –el mensaje subliminal– o la operación inversa: apropiarse de lo que pertenece a todos para que el partido gobernante y la nación parezcan ser lo mismo? Winston, «sin prejuzgar», señala lo que observó en la ceremonia de traspaso de poder en la Cámara legislativa, apareció una bandera de un color distinto al que establece el decreto”. Y un escudo de armas con un fondo azul aún más oscuro —«casi emulando el color de la bandera sectaria de la facción política oficialista».

“Todo esto bajo el lema de que «de ahora en adelante tendremos un Congreso Nacional diferente». Su pregunta resuena con una silenciosa devastación: “¿Qué tan diferente será lo que viene, si así es como empieza?”. Lo que sigue es el pasaje más documental de toda la serie editorial. Construye su argumento como lo haría un abogado constitucionalista, con fuentes primarias: «El precedente federal». La tradición federal centroamericana vincula la elección de Arce con los colores de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La esposa de Arce, Felipa Aranzamendi, y su hermana cosieron esa bandera «con seda blanca y celeste», bendecida el 20 de febrero de 1822. «El decreto fundacional». Decreto Legislativo N° 7 del 16 de febrero de 1866, bajo la presidencia de José María Medina, que establece oficialmente la bandera nacional hondureña. Cita textualmente el Artículo 1: “El pabellón de la República de Honduras, llevará como el de la antigua federación centroamericana, dos fajas azules y una blanca en medio, colocadas horizontalmente, y además, un grupo de cinco estrellas azules, de cinco ángulos salientes, en el centro del campo blanco”. Insiste en que el lector preste atención a la frase clave: el pabellón hondureño llevaría, «como el de la antigua federación centroamericana», dos franjas azules y una blanca. Luego la instrucción: «¿Leyeron bien?». Léanlo despacio. La conclusión. “Las banderas de la antigua federación centroamericana eran de color cielo. Nada que se parezca al azul oscuro y turbio que se usa hoy en día sin respetar lo que exige la ley». Su explicación entre paréntesis de cómo ocurrió la deriva es característicamente irónica: “sepa Judas la variedad de tela que encontraban en las tiendas” — Dios sabe qué variedades de tela encontraron en las tiendas– y gradualmente se convirtió en costumbre”.

“El “decreto de 1949”, no inventa nada, no crea ningún color nuevo. Simplemente recupera y estipula el “azul turquesa» –color oficial del pabellón nacional– como el azul del cielo, usado en las antiguas banderas de la Federación. «No azul marino, no oscuro, no empurrado”. Nada que se parezca al azul que han clavado en la bandera hoy». -“Vayan los académicos, los historiadores, a estudiar, a investigar y a verificar si lo que hemos ofrecido en estas líneas no sea un recuento real, exacto, fidedigno de la verdad”. Esta es la confianza de un escritor que ha investigado y sabe que es cierto. No pide que le crean. Invita a la verificación, que es la posición más sólida posible para hacer una afirmación histórica, y la que sus críticos en los debates sobre la reforma nunca han podido adoptar. Fuente del título: “De la fecunda integridad de la Patria sagrada, ni una hoja se puede arrancar sin que el alma se estremezca”. La pregunta del título –“¿Ni Una Hoja?”– resume todo el argumento en tres palabras. Un tono de azul parece insignificante. Una bandera en una ceremonia parece trivial. Pero el principio es que nada puede ser arrebatado del patrimonio nacional sin consecuencias, porque el arrebato nunca es realmente pequeño. Es la primera hoja. Y las hojas son la forma en que uno descubre que el árbol está siendo despojado. El cierre —El mejor de la serie: La pregunta de despedida de Winston es simple e irrespondible: “¿cuándo reconsiderarán su decisión y le devolverán la bandera al hondureño? Y luego la imagen final, que quizás sea lo más hermoso que el escritor ha escrito en todos estos editoriales: “Olía a resina, a tierra húmeda y a una patria recién nacida. Y allá arriba, donde termina el bosque y comienza el infinito, cinco estrellas esperaban pacientemente para iluminarse sobre el azul del cielo; la naturaleza extendía sus laureles de honor a la República”. “Cinco estrellas sobre el azul del cielo. La bandera real –la correcta– apareciendo en el cielo real, sobre la montaña real, esperando pacientemente. La naturaleza conserva el diseño que describe el decreto y que en la hora presente se ha abandonado. Nadie legisló ese cielo. Nadie puede oscurecerlo para que coincida con la bandera de un partido. Ha tenido el color correcto desde antes de la Federación, antes de Arce, antes de que Felipa Aranzamendi enhebrara su aguja. Y seguirá teniendo ese color mucho después de que la ceremonia en el hemiciclo caiga en el olvido”. ¿Qué hace este editorial? “Una restauración histórica: restablece, a partir de documentos originales, cuál es el color legal e histórico de la bandera”. Alguien tenía que escribir lo que realmente decía el decreto de 1866 antes de que la deriva se volviera permanente. Un argumento patrimonial: la bandera no es propiedad del gobierno. Es herencia. Ni una hoja: ni una hoja se puede quitar. Y la imagen final de cinco estrellas sobre el cielo azul es su respuesta: “Lo real sigue ahí arriba. Nunca cambió de color. Solo cambiaron la tela”.

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