“TODO en el bosque, parecía recordar, en aquella quietud de septiembre, que antes de las disputas de los mortales por pigmentos, ya la naturaleza había escogido sus colores: el verde para vestir la tierra, el blanco para las nubes y el pálido azul, aquel lampo de cielo, para cubrir la patria”. El Sisimite, rememorando épocas pasadas, cierra los ojos: -Tan antiguo como la antigüedad. “Ese fenómeno de apropiación partidaria de los símbolos nacionales”. “Octavio Augusto en Roma, después de las guerras civiles, necesitaba dejar de parecer el jefe victorioso de una facción y convertirse en la representación de Roma entera. Para ello realizó una formidable apropiación de la simbología republicana –dizque “restaurando la República”– adoptó el título de Augustus, exaltó las antiguas virtudes romanas, vinculó su familia con Venus y con Eneas y convirtió su figura –antepasado mítico del pueblo romano– en antecedente de su propia dinastía”. “Un poderoso mensaje, Augusto no gobernaba simplemente Roma; representaba el destino histórico de Roma”.
Más cerca, en la vecindad, el chavismo manoseó la figura de Simón Bolívar. No se limitó a evocarlo como prócer nacional: construyó la idea de la “Revolución Bolivariana”, presentó su proyecto político como continuación histórica del legado del Libertador y cambió el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela. O sea, apropiarse de su herencia y vincularlo con el sentimiento nacional-popular, orillando a sus adversarios a la representación de intereses externos. Simbolizando la recuperación del mandato histórico de Bolívar, le clavó una estrella más a la bandera. La oposición venezolana respondió recogiendo la antigua bandera tricolor –la tradicional de las siete estrellas– como enseña política distintiva. (Es decir, lo paradójico, cuando una facción intenta apropiarse de la patria, la oposición busca recuperar sus símbolos para demostrar que la patria no les pertenece). Acá, no escapa a la curiosidad del acucioso lector asociar la intención de cierto partido de apropiarse de la imagen de Francisco Morazán, cuando el héroe –símbolo indiscutible de la unidad centroamericana– pertenece a todos los hondureños. Incluso, soñar despiertos, quizás hasta repatriar los restos del prócer que descansan en el Cementerio Los Ilustres en San Salvador. Con el permiso del salvadoreño que, tomando patrimonio ajeno, se le ha visto luciendo “vestimenta formal de gala emulando el estilo de los uniformes militares decimonónicos del siglo XIX; un patrón estético que compartían próceres coloniales e independentistas como Simón Bolívar, Gerardo Barrios y el propio Francisco Morazán”. -Hay otras señales taquigráficas más disimuladas, como aquella cuando un viceministro de Soptravi, para quedar bien con su jefe el mandatario liberal, se dio a la tarea de pintar de rojo y blanco las barandas y pasamanos de todos los puentes de concreto.
La antigua casa presidencial allá por el río Choluteca, en el centro histórico de Tegucigalpa, estuvo pintada en tonalidades de azul bajo los mandatos del Partido Nacional; verde, (mango tierno), en las administraciones militares; conocida inicialmente como “La Casa Rosada”, por el tono natural rosado de las piedras extraídas de las canteras locales, recobró su tinte original, en una administración liberal. -Esto nos trae a la bandera. Quizás ello explique, aunque no justifica incumplir la ley, la alteración del color legal de la Bandera Nacional –azul turquesa– hacia un color más cercano a la tonalidad sectaria del partido de gobierno, que apareció, de la nada, sorpresivamente, en los actos de traspaso de mando en el hemiciclo legislativo. (Irónicamente renegando de un decreto emitido en tiempos del nacionalista Juan Manuel Gálvez, que partiendo de los antecedentes históricos de la tradición centroamericana que vincula aquellos colores de la época independentista con las Provincias Unidas del Río de la Plata, y a las estrofas del Himno Nacional, optaron por reivindicar el “azul turquesa”, equivalente al color del cielo. El cambio a un azul empurrado, por capricho político, diríamos, identificación metonímica entre partido y patria. Los símbolos nacionales cumplen justamente la función contraria. Deben permitir reconocerse bajo ellos a todos los bandos, –detenten o no el poder– porque la hondureñidad, prevalece sobre el gobierno de turno y sobrevivirá al partido que lo ejerce). “Tu bandera es un lampo de cielo” (el tu le habla a la patria, no a “su bandera” de un partido político cualquiera). “… y se ven en su fondo sagrado, cinco estrellas de pálido azul”. En ese sentido, aplicado al debate hondureño sobre turquesa, azul marino y la bandera, la cuestión desborda el simbolismo de qué tonalidad manda la ley. ¿Puede la elección deliberada de una tonalidad distinta de la legal vestir a toda la República y a su pueblo, con el símbolo contingente de lo que apenas es una facción? En el bosque el mes de la patria amaneció con solemnidad de ceremonia antigua. Sobre la hermosa arquitectura de los pinos el cielo extendía su inmenso pabellón azul turquesa, mientras las nubes, blancas y errantes, parecían desfilar entre las cumbres. Winston absorbió la belleza pura del limpio paisaje, –sin esos eclipsados tintes opacos que nublan los sentidos– y emprendió animado, al ritmo marcial de su paso apresurado, el regreso a casa.


