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sábado, septiembre 5, 2026

¿En el banquillo?

“EN el bosque, ningún árbol –no digamos uno de tronco pando– presumía de ser la arboleda entera; ni una rama se confundía con la espesura. Tampoco la piedra desprendida de la ladera se proclama montaña, ni cuando rueda pretende que se derrumba la cordillera”. -¿Cómo se llama ese fenómeno de confundir –inquiere Winston– la inmensidad con la minucia de una partícula que la integra? -“Sería la falacia de composición: atribuir al conjunto lo que corresponde solamente a una de sus partes. Ahora cuando la parte pretende apropiarse de la identidad del todo hablamos de identificación metonímica indebida”. -¿Escuchaste al general cuando salió de la audiencia arrogante? -¿Arrogante o atorrante? -A la crítica personal que le formulan, arroparse con el prestigio del instituto militar: “No me atacan a mí, atacan la institución”. -Por favor, pero ¿quién le ha dicho que él representa, o alguna vez haya representado, la reputación de la institución armada? -Salió diciendo que “le han coartado la libertad de expresión y que el ataque “no es a él, sino a las Fuerzas Armadas”. Pretenden deteriorar “la imagen de las FF. AA.”.

Si un jefe militar es ignorante, pendenciero, hablantín, ¿qué culpa tiene la institución? -Ninguna. El responsable de no saber lo que ordena la Constitución cuando pone a las Fuerzas Armadas, durante el período de elecciones, a disposición del CNE, es el iletrado que desconoce o mal interpreta la letra constitucional, no la institución militar que rectoraba. -Quien desprestigia a la institución castrense, confundiendo con sus habladurías a la ciudadanía, actuando como vocero del órgano electoral cuando ni la ley ni el pleno lo ha autorizado exteriorizar criterios sobre el proceso electoral, invadiendo competencias que no le corresponden, es el jefe militar, quien además se burla del principio constitucional que define a las Fuerzas Armadas como “institución nacional esencialmente profesional, apolítica, obediente y no deliberante”. -No deliberar es quedarse callado en cosas que no le son atinentes y sobre lo que la autoridad electoral tampoco le ha dado autorización de emitir criterio. -Y si la institución es apolítica, ¿no la desprestigia un jefe que la somete a instrucciones y a propósitos políticos inconfesables del gobierno al que sirve? -¿No es desobediencia a la autoridad electoral, contradecir sus disposiciones en forma pública, terciar en los debates abiertos, confundiendo a los electores, sembrando zozobra y desconfianza, atemorizando a la ciudadanía, al grado de sospechar que a saber si el jefe militar no va a hacer diablos de zacate de las elecciones y del sistema democrático? -¿No desprestigia al instituto armado que el soberbio general pretenda ir a contar votos, usurpando las funciones legales de los órganos electorales, que son los únicos que tienen esa facultad?

-¿Y no fue suficiente demostración que, cuando asumió el nuevo jefe del EMC, –bajo compromiso de respetar la Constitución, la autoridad de los órganos electorales, la alternancia democrática, los resultados de la elección– las Fuerzas Armadas, inmediatamente recuperaron el prestigio, la imagen bien ganada, que siempre ha tenido y el respeto del pueblo hondureño? -Entonces, los cuestionamientos dirigidos al insolente general, fueron a él por su torcida conducta, por conspirar contra la democracia, nada que ver con el comportamiento profesional y respetuoso de las leyes y del sistema republicano de oficiales y soldados que integran el instituto castrense. -Porque las Fuerzas Armadas son más grandes que cualquiera de sus comandantes. -Y Honduras es más grande que cualquiera de sus gobernantes. Esa es una regla elemental de la República: el cargo pertenece a la institución; la conducta pertenece al funcionario. -¿Y si el funcionario se porta mal? -Que responda él. “No tiene derecho a sentar a toda la institución en el banquillo junto a él. -Una institución republicana no tiene dueño, apellido ni rostro permanente. Hoy la dirige uno; mañana, otro. Y cuando cambia el mando y vuelve la prudencia, la subordinación constitucional y el silencio institucional que corresponde, queda demostrada la diferencia”. Winston antes de partir miró fijamente la inmensidad de la arboleda: “El pino que se tuerce bajo el viento no acusa al bosque de haberse inclinado con él; sabe que su tronco es apenas uno entre millares. El río no cabe en una gota, como el cielo no pertenece a una nube. La naturaleza conoce esa antigua modestia que a veces olvidan los hombres: ser parte no es ser el todo. Y cuando un árbol enferma, cae o se extravía en su crecimiento, el bosque permanece erguido, rumoroso e inmenso, porque jamás necesitó confundirse con ninguno de sus árboles para seguir siendo bosque”.

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