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Honduras
lunes, octubre 26, 2026

París es un botón de muestra

Por Héctor Martínez

Algunos me preguntan si el desorden que vive Francia puede repetirse en un país como Honduras. Depende, digo yo. En el Primer Mundo, el descontento social casi siempre se enfoca en un factor institucional, por ejemplo, los servicios públicos, los impuestos o el desempleo. Pero, en un país tercermundista, como Honduras, la crítica no se limita a un problema emergente, sino al funcionamiento del sistema entero; a la economía y al Estado. Y hay que poner los ojos ahí, antes de que una convulsión social sin precedentes pueda explotar el día menos pensado.

Ningún gobierno desea que las cosas se desborden. El problema es que la paz o la estabilidad social –para decirlo en términos elegantes— no puede lograrse cuando la pobreza supera el cincuenta por ciento de la población. No puede haber paz con injusticias sociales, repetía Juan Pablo II, aunque esa máxima se la aprendí a los revolucionarios de los años setenta. Al igual que Su Santidad, aquellos tenían razón. Si en el Primer Mundo la gente marcha y hasta vandaliza para exigir una mejor educación, en economías depauperadas la lucha sería por lo básico: cómo obtener un empleo, cómo llevar el pan a la mesa. Eso sin contar lo que desanima a la gente: el hartazgo frente a la corrupción generalizada.

¿Se pueden anticipar esos terremotos que alteran el normal funcionamiento de una sociedad? Algunos autores, como Nassim Nicholas Taleb, autor de “El cisne negro” –libro que recomiendo a los analistas serios—, piensan que eso NO es posible. Sin embargo, podemos vaticinar el riesgo de un estallido social si prestamos atención a las crisis recurrentes y a la insatisfacción permanente de los ciudadanos en los países más pobres.

Eso nos obliga a preguntarnos: ¿cómo es posible que en Honduras, después de varias décadas de crisis, no se haya suscitado un desajuste social, como sucedió en otros países en años recientes? Por dos razones. Primero, el sistema se las arregla para mantener entretenida a la población con un escándalo tras otro, que la propaganda oficialista amplifica por un buen tiempo. Segundo, los políticos se encargan de dar soluciones a corto plazo para apaciguar la ansiedad o el miedo. Por ejemplo, la delincuencia desaparecerá con una megacárcel, la salud será de calidad al construir ocho hospitales y el desempleo se reducirá con la creación de mil puestos de trabajo para el 2027. Puros paliativos –o mentiras— que funcionan temporalmente para adormecer el descontento popular. El desprecio por la inteligencia de la gente y la arrogancia que produce el poder, llevan a los políticos y a las cúpulas partidistas a creer que cualquier voluntad se puede comprar y que todo es negociable.

Pero es cuestión de tiempo. Como un magma potencialmente destructor, en el subsuelo de la sociedad ebulle el descontento, la desesperanza, el hambre y el miedo, prestos a salir cuando encuentren el resquicio oportuno. En París, grupos de la izquierda radical aprovecharon las tensiones para avivar la violencia contra el llamado “neoliberalismo de Macron”. Cualquier viento aviva el fuego en el bosque.

El error de nuestros gobernantes y líderes –empresariales, sindicalistas y gremiales— es que confunden la estabilidad con el silencio, hasta que un día, impredecible día, lo que parece imposible se vuelve inevitable. Es la vieja historia de las naciones que se empeñan en ignorar las señales, mientras crece el monstruo que se alimenta del hastío popular. Lo de París ardiendo solo es un pequeño botón de muestra.

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