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lunes, julio 20, 2026

No, nunca volveré al mar

Por Otto Martín Wolf

Creo que nunca más mojaré mi cuerpo en el mar, sin importar que esté rígido y calmo como un espejo, o agitado y turbulento en una noche interminable. No cambiará mi decisión, no puedo hacerlo, no me afectará si apenas es mecido por una suave brisa o ruge furioso bajo el ataque de una tormenta, no se trata de esa clase de peligro lo que me aleja.

Cierto que trataré y lucharé por no perderme sus atardeceres maravillosos, no podría vivir sin ellos, pero los contemplaré desde una colina lejana donde apenas alcance a llegar su picante olor salino, lejos de aguas en las que jamás volveré a mojar mi cuerpo.

Nunca más me asomaré a ese infinito oscuro, dejaré que sea la imaginación la que me lleve hacia esos mundos desconocidos, reino de criaturas bellas y salvajes, cuna de leyendas e historias sin fin.

No puedo ir al mar, no lo resistiría. Las veloces gaviotas y aves marinas, en su vertiginosa y eterna lucha diaria, me servirán de consuelo cuando las encuentre tierra adentro, buscando sus emocionantes nidos escondidos en inalcanzables acantilados en pos del merecido descanso entre los siempre hambrientos pero cariñosos críos.

No me acercaré al mar, no podría soportar las eternas olas de incontables recuerdos, tristes y alegres, dulces y salados. No aguanto pensar en todo lo que juntos vivimos en más de mil mares y que ha desaparecido, estallado en segundos como la espuma de las olas. Había jurado callarlo, guardarlo en mi mente para siempre como un doloroso secreto imposible de compartir, pero no pude.

La fuerza del pasado regresa sin piedad y tengo que decirlo en voz alta una y otra vez. No volveré al mar jamás, no lo haré en las frescas mañanas cuando todos aún duermen acompañados del suave rumor de sus inquietas aguas, ni en aquellas horas en que el ardiente sol las pinta de plateado, rebotando en nuestros ojos asombrados.

No volveré al mar jamás; no podría soportar el duro recuerdo de tu incomprensible partida, de la soledad que dejó, acompañado de mil preguntas y sin tan solo una respuesta. Si lo hago, estoy seguro pensaré que podré encontrarte detrás de un arrecife lleno de nerviosos pececillos y cada vez que lo intente sólo hallaré más soledad y otro arrecife más lejano donde tendré que nadar y luego a otro y otro en esta eterna búsqueda sin fin de respuestas.

No regresaré jamás al mar, no puedo hacerlo, los recuerdos me dominan, el dolor aumenta. Prefiero buscarte en algún jardín escondido, donde el color de las flores y las aves puedan servir de extraño placebo a mi dolor.

También te buscaré en mis sueños locos, que jamás me llevan hacia tí pero que no se cansan de darme esperanzas, ilusiones vanas de que algún día soñaré toda nuestra vida y repetiré, al menos en mi mente, aquellas cosas bellas que compartimos una y otra vez antes de que te perdieras para siempre de mis ojos.

Seguiré buscando tu rostro entre la multitud de gente indiferente que se arremolina en aceras y calles de enormes ciudades, urbes sin sentimiento que jamás te regresan a mi. Lo haré también en las miles de estrellas que brillan en el cielo cada noche y, al fracasar de nuevo, como siempre me sucede, intentaré encontrarte en las manchas de la luna, pero no volveré al mar, no puedo hacerlo.

Es cruel, guarda demasiados recuerdos de dos vidas que por un momento pensaron sería para siempre y que en lugar de eso se perdieron para siempre, como tantas otras, en el infinito pasado de las vanas ilusiones.

Tiene demasiadas memorias de piratas, está cargado de leyendas, batallas, de luchas, fracasos y triunfos, de naufragios profundos como el de mi corazón. No, definitivamente no volveré al mar, en toda su inmensidad estará demasiado lleno de recuerdos y, a la vez, demasiado vacío y tú, como siempre estarás demasiado ausente.

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