Por Mirna Isabel Rivera

Recuerdo que mi padre, un oficinista que pasaba la mayor parte de su tiempo trabajando sin estar expuesto al sol, tenía como pasatiempo preparar almácigos durante su tiempo libre. Compraba las bolsas negras y preparaba la tierra; pacientemente esperaba a que la planta germinara para trasplantarla a un área específica del patio.
En ese tiempo era común recibir aguacates, nances, ciruelas, papayas y mangos como obsequio de nuestros vecinos y amigos. Estos árboles son en su mayoría grandes, así como eran los patios de las casas sampedranas.
Sembrar en el jardín de la casa es muy recreativo. Sin embargo, hacerlo para subsistir o como una forma de ganarse la vida es cada vez más complicado para los agricultores a nivel mundial.
Cultivar la tierra implica costos y riesgos, sumado a una pregunta que pocos consumidores se hacen, pero que afecta igual: ¿pueden los agricultores guardar las semillas para las próximas siembras?
La práctica que mi padre y muchas personas de su generación realizaban con naturalidad —guardar una semilla y volver a sembrarla— puede estar restringida en el caso de ciertas semillas comerciales, debido a patentes y los contratos que regulan su uso, como ha ocurrido con algunas comercializadas por Monsanto.
Cuando las semillas tienen dueño, son propiedad privada; la alimentación corre el riesgo de convertirse en negocio redondo para unos pocos. Este no es cualquier tema; estamos poniendo en juego algo vital: la alimentación de la humanidad.
El 16 de octubre se celebró el Día Mundial de la Alimentación, pero aquí pasó desapercibido. Esta fecha es propicia para analizar lo que sucede respecto a la soberanía alimentaria. El movimiento internacional Vía Campesina aglutina a 180 organizaciones locales y nacionales en 81 países de todos los continentes.
Este movimiento reclama que “las semillas campesinas son aquellas que las comunidades agrícolas han cultivado, que han seleccionado, resguardado e intercambiado a lo largo de generaciones.” También reclama los derechos de las comunidades a guardarlas, reproducirlas, intercambiarlas y venderlas.
Los consumidores habituados a comprar las frutas y verduras en los mercados y supermercados podrían creer que esto es un reclamo distante y sin fundamento, pero no es lo uno, ni lo otro; todo lo contrario, es pertinente para toda la humanidad.
Pocos saben que, cerca del Polo Norte, existe una bóveda donde se resguardan millones de semillas como si fueran lingotes de oro. La Bóveda Global de Semillas de Svalbard está dentro de una montaña en la isla de Spitsbergen, en el archipiélago de Svalbard, Noruega, en el Ártico.
Si las semillas no fueran importantes para garantizar la subsistencia de la humanidad, estas no se preservarían con tanto cuidado en un país que garantiza el estado de bienestar a sus ciudadanos y se preocupa por el resto de la humanidad.
La construcción de esta bóveda no es una mera utopía en un mundo distópico. En el 2015, la guerra en Siria llevó al Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Áridas a recuperar las semillas que había depositado en Svalbard. Con ellas pudo reconstruir sus colecciones en Líbano y Marruecos, sembrarlas y multiplicarlas. Así, aquel refugio bajo el hielo ayudó a preservar un patrimonio agrícola amenazado por la guerra.
Vale aclarar que resguardar las semillas no significa, garantizar que cualquier agricultor pueda acceder a ellas o reproducirlas libremente. La lucha por acceder a las semillas es un tema de mercado y de políticas públicas.
¿Permitiremos un mundo donde guardar y volver a sembrar semillas dependa del permiso de una empresa? (MIR)



