Por Héctor A. Martínez

A través de la historia, la mentira se ha convertido en una poderosa herramienta para distorsionar la realidad desde el poder. Echar mano del engaño es el reflejo de la ineptitud política; del desprecio del poder por los ciudadanos ante la incapacidad de alcanzar la seguridad y el bienestar material.
La aparición del libro “La mentira en política”, de Hannah Arendt, en 1967, y el estallido del escándalo del Watergate, demostró que la salud de la democracia comenzaba a deteriorarse y que destapar la falsedad oficialista requería un trabajo más arqueológico que periodístico.
Hoy en día, las intenciones del poder siguen siendo las mismas, pero las técnicas han cambiado. Aprovechando el avance de las comunicaciones instantáneas, regímenes autoritarios, como Rusia, han encontrado la manera de controlar el ecosistema mediático suprimiendo toda oposición política y encadenando la pluralidad simbólica a una versión staliniana de los hechos.
Es lógico: si no puedes con la verdad, seguramente siempre podrás con la mentira. El malestar social que se inició en los años 60 en Europa y los Estados Unidos no concluye todavía: se agrava y se pone más interesante. Para los gobiernos –que ya no son más los referentes del pueblo–, el control sobre los medios de comunicación tradicionales resulta insuficiente para acallar la crítica destructiva.
Pero las redes sociales, la IA y las técnicas del diseño digital pueden contribuir a maquillar la ineptitud, aprovechando las diferentes herramientas que hacen las delicias del poder. Pero, como en el mundo de la conectividad las fronteras son inexistentes, la intermediación entre emisor y receptor ha desaparecido casi por completo.
Son los mismos individuos que se convierten en los productores y consumidores de los hechos, en una sociedad cada vez más “desmediatizada”, como bien dice Byung Chul Han en su libro “En el enjambre”. La democratización digital le ha ganado la partida a la política.
Si bien la Inteligencia Artificial les cae como anillo al dedo a los regímenes autoritarios para cubrir de mentiras sus verdaderas pretensiones, antes deberán librar grandes batallas contra los grupos opositores, muchas de las veces mejor equipados que los mismos gobiernos.
Para contrarrestar a los ejércitos de bots y trolls oficialistas, por ejemplo, se antepone el activismo digital o “astroturfing” dispuesto a complicar la existencia del poder. Si este lanza un video o un audio falso de un opositor, aplicando un “deepfake”, los “community managers” responden con una historia alterada que termina desconcertando al público.
Es un juego de nunca acabar. Felizmente, la guerra mediática se convierte en un boomerang para el poder. Los gobiernos que aspiran a perpetuarse, obsesionados por el control emocional y el dominio del espacio digital, terminan ahogándose en su propia resonancia; víctimas de su desesperación.
Cada noticia falsa, cada publicación en “X” de los odiadores gubernamentales imprime un retiro de la confianza ciudadana que se verá traducido en las urnas, a menos que la mentira oficial extienda sus tentáculos en el conteo final.
Al final de cuentas, ninguna estrategia digital ni ejército de troles puede controlar lo inesperado: la conciencia del elector cuando decide castigar la mentira con su voto.



