Por Rodrigo Amador

Usted seguro ha visto al compañero de la oficina que pasa todo el día pegado al celular vendiendo perfumes o ropa o a la muchacha de la recepción que los sábados se levanta a hacer tamales para entregarlos por encargo o al vecino que sale de su turno en el almacén y se sube a una moto a hacer mandados hasta que la noche ya no da más y si no los ha visto en otros, seguro le ha tocado vivirlo en carne propia. Hace unos años, ese dinerito que entraba por fuera era para salir a pasear el fin de semana o comprarse un par de zapatos. Hoy en día, no nos engañemos: es la única forma de evitar que la refri se quede vacía antes de que termine el mes.
Tener un trabajo con horario fijo antes era garantía de tranquilidad. Uno sabía que madrugando y siendo honrado alcanzaba para pagar el alquiler, la comida y mandar a los bichos a la escuela. Ya no. Hoy el sueldo cae a la cuenta bancaria y parece que los cobradores ya están parados en la puerta esperando su tajada. Para cuando uno termina de pagar la luz, el agua y el fiado de la pulpería, al salario no le queda ni para el bus. Por eso la gente tiene que inventarse otra ocupación, buscarse un rebusque en la noche o vender lo que sea para no irse a la quiebra. Ahora todo el mundo dice que las redes sociales y la tecnología vinieron a resolvernos la vida. Que poner un negocio en el celular es facilito porque no hay que pagar alquiler de local. Y sí, abrir una página no cuesta nada, pero eso no le mete pisto en la bolsa a los clientes. En San Pedro Sula la contradicción es del tamaño de la ciudad: hay miles de personas ofreciendo productos por todos lados, pero casi nadie tiene capacidad de comprar. Por más ganas que le ponga un muchacho a su negocio, no hay catálogo por internet que le saque dinero a un vecino que anda los bolsillos limpios.
Lo que más molesta es ver cómo en la televisión y en la calle nos quieren vender esta fatiga como si fuera algo bonito. Le dicen “emprendimiento” y “ganas de salir adelante” a lo que en realidad es pura necesidad. No hay nada de romántico en trabajar catorce horas diarias. El que anda vendiendo ropa por WhatsApp o repartiendo comida los domingos no lo hace por gusto ni por volverse millonario; lo hace porque no le queda de otra. Nos estamos acostumbrando a dejar la salud, la espalda y el tiempo con la familia en la calle, solo para completar el dinero que debería darnos un solo empleo bien pagado. Ya va siendo hora de dejar de aplaudir que la gente se deslomé haciendo tres chambas al mismo tiempo. Es momento de hablar claro y preguntar por qué en este país un trabajo honrado de ocho horas dejó de ser suficiente para vivir con dignidad.



