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miércoles, junio 3, 2026

La democracia no es lo que ves

Por Héctor Martínez

La victoria del bipartidismo en las elecciones pasadas, no es sencilla de entender. No resulta fácil explicar lo acontecido, primero, porque la definición de “democracia” no resulta tan clara para quienes no estudian la política. El trillado concepto de “El poder del pueblo” parece englobar todo, pero no nos dice mucho.

Segundo, la gente tiene una noción distinta de la democracia que no coincide con la interpretación de las élites políticas y económicas que mueven los hilos de los partidos. Eso lo podemos ver en las trifulcas que estallan en las redes sociales, donde todos quedaron de enemigos, como sucedió en la crisis del 2009.

Para comenzar, lo que se practica en Honduras es una democracia electoral donde participamos como masa, como electores. Existe también una democracia política que nos ha sido negada siempre. La primera se limita a la libertad de “elegir” entre candidatos previamente ofertados.

La segunda se refiere a la representatividad del pueblo en el Congreso Nacional y la participación de ese pueblo en las decisiones de las políticas públicas. Esta participación alude al acceso a los servicios de calidad que garantizan el bienestar y la dignidad humana, por ejemplo: salud y educación de primera, empleo y salarios dignos, vivienda y seguridad ciudadana. ¿Gozamos de estos privilegios? La pregunta que surge es si los hondureños, gozamos de los dos tipos de democracia.

De la primera, nada más. La democracia política es pura publicidad, tanto del bipartidismo como del PLR, que se autoproclama “socialista” y representante popular. No hay tales. El mercado político ofrece opciones donde el pueblo escoge la “mejor” oferta, según lo que experimenta en el día a día.

De esto se deduce que el pueblo –convertido en masa electoral– no está representado realmente. Es una masa que vota para legitimar que el orden o el establishment siga funcionando sin afectar los intereses de una minoría en el poder. ¿Y cuál es esa minoría? los políticos y empresarios poderosos, partidos, gremios, organizaciones y las eternas redes clientelares que parasitan al Estado.

De modo que, cuando la masa vota por “X” candidato o partido, no está eligiendo su futuro, sino el de otros. Sabe de antemano que no recibirá nada a cambio. Utiliza el sentido común cuando ve que las cosas no mejoran, acudiendo al llamado “voto de castigo” cada cuatro años.

Algunos sociólogos afirman que cada individuo, por ignorante que sea, apela a su propia visión del mundo, por estrecha que esta sea. Cuando la gente vota está definiendo qué partido, qué fórmula presidencial y cuál grupo organizado controlará el presupuesto nacional y los negocios que se hacen a costillas del Estado.

Esa es la razón de ser de los partidos, de las doctrinas y de los discursos, como el de Libre. Esa es la causa de tanto pleito. ¿Y cuándo va a cambiar todo esto? Cuando cambiemos el orden establecido.

Cuando surja una figura que, junto a sus fuerzas correlativas, haga posible el salto de la democracia electoral a la democracia política.

Por hoy no tenemos, ni esa figura ni ese partido. Quizás no los tendremos en los próximos cuatro años.

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