LA Navidad debería ser un tiempo de esperanza, unión y alegría. Sin embargo, en Honduras cada diciembre se tiñe de tragedia por una costumbre que persiste a pesar de las advertencias: el uso de pólvora. Los hospitales ya reportan casos de niños quemados, y a no dudar las cifras aumentarán en los próximos días.
No hablamos de simples accidentes, sino de vidas marcadas para siempre por amputaciones, desfiguraciones y, en algunos casos, la muerte. Las campañas de concientización abundan. Organizaciones sociales, de médicos, iglesias y medios de comunicación repiten año tras año el mismo mensaje:
“No a la pólvora”. Y, aunque logran sensibilizar a una parte de la población, la realidad es que el problema sigue vigente. ¿Por qué? Porque la pólvora no es solo un objeto de consumo, es una práctica cultural arraigada, asociada a la celebración y al “colorido” de la fiesta.
Romper con esa tradición exige más que mensajes: requiere políticas públicas firmes, voluntad política y compromiso comunitario. En lo que corresponde al Estado, éste no puede limitarse a campañas de prevención. Se necesita legislación clara y estricta que prohíba la venta de pólvora a particulares, especialmente en temporadas festivas.
No basta con restringir su uso en zonas urbanas; debe existir un control real sobre la producción, distribución y comercialización. En países vecinos donde se han implementado prohibiciones, las cifras de accidentes han disminuido drásticamente.
Honduras debe aprender de esas experiencias y actuar con decisión. Además, la aplicación de la ley debe ser efectiva. De nada sirve a determinados municipios tener normativas si los puestos de venta clandestinos siguen proliferando en mercados y barrios. La policía y las alcaldías tienen un papel crucial en la vigilancia, pero también en la sanción.
En la capital se prohíbe, pero en los pueblos vecinos la venta de poderosos artefactos es libre. No obstante, la responsabilidad no recae únicamente en el Estado. La familia es el primer círculo de protección de los niños. Padres y madres deben comprender que permitir a sus hijos manipular pólvora es exponerlos a un riesgo innecesario.
La idea de que “todos lo hacen” o que “es parte de la tradición” no puede justificar el dolor de ver a un hijo hospitalizado o mutilado. La verdadera tradición navideña debería ser la convivencia, la solidaridad y la fe, no el estruendo de un cohete.
Aquí es donde la educación juega un rol fundamental. Las escuelas pueden convertirse en espacios de reflexión, enseñando a los niños desde temprana edad los peligros de la pólvora y promoviendo alternativas seguras de celebración.
Una generación educada en la prevención puede romper el ciclo de tragedias que hoy se repite cada diciembre. La Navidad no necesita pólvora para ser festiva. Honduras tiene una riqueza cultural que puede iluminar las calles y plazas sin poner en riesgo vidas humanas.
Desfiles de luces, conciertos comunitarios, ferias gastronómicas y actividades deportivas son algunas opciones que fortalecen el tejido social y generan alegría sin dolor. Incluso las municipalidades podrían incentivar concursos de decoración navideña o festivales de villancicos, sustituyendo el estruendo por creatividad y unión.
Cada niño quemado por pólvora es un recordatorio de nuestra indiferencia colectiva. No podemos seguir normalizando estas tragedias como parte inevitable de la Navidad. La sociedad hondureña debe dar un paso adelante y reconocer que la pólvora no es tradición, es tragedia.
Estas líneas no buscan culpar, sino despertar conciencia. La Navidad es tiempo de vida, no de muerte. Si queremos honrar el verdadero espíritu de estas fiestas, debemos erradicar la pólvora de nuestras celebraciones.
Que las luces del pesebre, los cantos de esperanza y la solidaridad entre vecinos sean los símbolos que nos acompañen, no las sirenas de ambulancias ni los gritos de dolor en las salas de emergencia.


