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sábado, julio 18, 2026

¿Como el de Alejandría?

LA mañana amaneció cubierta por una neblina tenue sobre los pinares. El bosque, ajeno a las urgencias del mundo, despertaba con esa parsimonia antigua de las cosas que no necesitan anunciarse para existir. Winston estaba sentado sobre una piedra musgosa, con LA TRIBUNA extendida entre sus patitas y una taza de café humeante a su lado. El Sisimite contemplaba desde la altura cómo el viento agitaba suavemente las copas de los árboles. -Mirá esto –dijo Winston– levantando la mirada del periódico. Aquí dice una cosa, pero en esas redes mentirosas esos perdidos, ignorantes, bocas abiertas, viralizaron su “fake news”, salpicando con lo contrario. El Sisimite sonrió. -¿Y desde cuándo un enjambre de mentirosos repitiendo una falsedad consiguen convertirla en verdad? -Desde nunca. “Las masas –decía aquel psicólogo francés– nunca han estado sedientas por la verdad. Dan la espalda a la evidencia que no les apetece, prefieren divinizar el error si este les seduce”. “Quien intente destruir sus alucinaciones, siempre será la víctima”.

-Y eso que murió sin conocer internet. Antes, para agitar una multitud se necesitaba una plaza, un discurso y un orador. Ahora con el internet y el wifi, –el avance tecnológico comunicacional más grande de este siglo, que la gente debiese aprovechar para instruirse, educarse, culturizarse, y lo usa, qué calamidad, para embrutecerse– basta un chunche portátil y una mentira suficientemente atractiva. Al hormiguero –las plataformas tecnológicas que ahora son las que gobiernan, hipnotizando la mente de los dundos– lo mantienen revuelto con pura agitación. El miedo, la rabia, el escándalo, el resentimiento y la indignación son mercancías muy rentables en el mercado de la atención. Negocio redondo en Silicon Valley, explotando la estúpida adicción de estas frívolas sociedades. El viento levantó algunas hojas secas. -Y lo más ingrato es que se trata de una sola mentira reflejada en muchísimos espejos, generando el espejismo colectivo. Winston acarició las páginas de LA TRIBUNA. -Para eso sirve el periódico hoy más que nunca. Es el antídoto institucional contra la mentira convertida en multitud. El verdadero periodismo da al ciudadano hechos comprobados para que pueda pensar por sí mismo: Preguntando; investigando; buscando documentos; consultando fuentes. Escuchando las distintas versiones; verificando antes de publicar. Corrigiendo cuando se equivoca. Y, sobre todo, poniendo un nombre y la imagen de una institución detrás de lo que se publica. -O sea, respondiendo por la palabra. El Sisimite señaló el periódico. -Esa es la enorme diferencia, Winston. Una cuenta clandestina puede lanzar una mentira esta mañana y desaparecer esta tarde. Un periódico serio lleva décadas construyendo algo que puede perder en un instante. -La credibilidad. -El patrimonio más difícil de construir y el más fácil de destruir. Winston hojeando LA TRIBUNA, ¿la prensa convencional sería ese antídoto?

Mejor dicho, un faro. Como el de Alejandría. El Sisimite contempló la neblina que comenzaba a disiparse entre los pinos. -Porque un faro no detiene la tormenta; no puede calmar el océano; no puede impedir que haya “moros en la costa”. Tampoco puede obligar a los barcos a seguir su señal. -¿Entonces qué hace? -Permanece encendido. Señala dónde están las rocas, el peligro; le ofrece al navegante una referencia, para que cada timonel decida qué rumbo tomar. Winston dobló finalmente el periódico y tomó su taza de café. -Es providencial. Muchos anunciaban que internet iba a volver innecesarios a los periódicos y terminó ocurriendo una paradoja. Que mientras más creció el ruido, más se volvió necesaria la verdad. -Entonces ¿una sociedad puede tener millones de teléfonos inteligentes y, sin embargo, estar cada vez peor informada? -Si los inteligentes son los teléfonos, los usuarios quién sabe si lo sean. -Sin los periódicos serios, la verdad, y quienes la buscan, tendrían muchos menos lugares donde refugiarse. -Por eso apoyar una prensa libre, profesional y responsable no es defender cualquier cosa, es mantener encendido el faro, más cuando arrecia la tormenta. Caminaron… entre la neblina y los pinos, comenzaba a salir el sol.

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