Por Otto Martín Wolf

¿Nunca se le ha ocurrido una idea que pudiera convertirlo en millonario, aunque no sirviera absolutamente para nada?
A mí me sucede con alarmante frecuencia. Por ejemplo, considero que alguien debería fabricar una combinación de pantalla gigante de televisión y dispensador industrial de cerveza, también gigante.
El aparato estaría dirigido al aficionado deportivo moderno, que disfruta contemplando grandes esfuerzos físicos realizados exclusivamente por otras personas.
La cerveza saldría por una llave instalada bajo la pantalla y mientras más emocionante el partido, más abundante la cerveza.
Otro invento de gran utilidad social sería un dispositivo para arrojar agua al rostro de los limpiavidrios que aparecen en los semáforos… usted los ve acercarse, ellos lo ven a usted.
Ambos saben perfectamente lo que va a ocurrir. Pero esta vez, justo cuando el individuo levanta su botella sospechosa, usted activa el sistema y lo moja primero.
Como se trata de defensa personal acuática, difícilmente podrían formularse objeciones legales o morales.
Aunque sí podrían formularse piedras.
Por esa razón el fabricante debería vender simultáneamente seguros para el parabrisas.
Una versión posterior podría instalarse en la parte trasera del automóvil y activarse contra aquellos conductores que consideran que el pito fue inventado para satisfacer los deseos personales del que maneja el carro de atrás (generalmente taxis y buses).
También propongo el Cepillo Personalizado Limpiador de Zapatos a Distancia o CPLZD, para los especialistas.
Consiste simplemente en colocar un cepillo en el extremo opuesto de una escoba.
Gracias a este avance tecnológico usted podrá limpiar sus zapatos sin inclinarse.
Algunos sostendrán que es una tontería.
Pero también hubo quienes dudaron de la utilidad del teléfono móvil y ahora nadie puede ir al baño sin uno (como entretención mientras tanto, no por otra cosa).
Otro producto revolucionario sería la combinación de sacapuntas y cortauñas.
Dos necesidades humanas satisfechas por un único aparato.
Todavía existen ciertos problemas de diseño.
Por ejemplo, distinguir cuál agujero corresponde al lápiz y cuál al dedo.
He consultado inteligencias artificiales.
Después de varias horas de análisis llegaron a la conclusión de que tampoco estaban seguras.
Y, como yo aprecio la integridad de mis dedos, decidí suspender temporalmente el proyecto.
No definitivamente.
Sólo hasta encontrar voluntarios (¿alguien se anota?) La cuchara-pascón también merece atención.
Permitirá extraer las verduras de la sopa sin necesidad de ingerir el caldo.
Es verdad que existe un competidor llamado tenedor, pero las grandes innovaciones siempre empiezan ignorando detalles insignificantes como la existencia de algo que ya resuelve el problema.
Para quienes detestan el hielo en las bebidas, propongo un pequeño pascón adaptable al borde del vaso.
El usuario podrá beber tranquilamente mientras los cubos permanecen retenidos como peligrosos delincuentes.
La pajilla ofrece una solución parecida.
Pero carece de elegancia.
La gente refinada suele pagar más por soluciones peores.
Los árbitros deportivos tampoco deberían quedar excluidos del progreso.
Necesitan un silbato parlante.
El árbitro soplaría y el aparato anunciaría:
—¡Falta!
—¡Posición adelantada!
—¡Penal!
—¡Y deje de protestar!
El paso siguiente sería un árbitro equipado con proyector, gráficos estadísticos y conferencia de prensa incorporada.
He pensado también en un paraguas con agujeros. Mucha gente no desea mojarse completamente.
Pero desea disfrutar de la lluvia en el rostro, aunque moderadamente.
Este producto permitiría alcanzar ese delicado punto medio entre la comodidad y la neumonía.
Otro mercado inmenso sería el de los despertadores indulgentes.
El aparato sonaría diez minutos después de la hora programada.
De esa forma usted llegaría tarde, pero con absoluta puntualidad.
Más prometedor aún es el GPS analítico.
Además de indicar la ruta correcta, comentaría el comportamiento de los demás conductores.
-Ese individuo no sabe estacionar.
-Aquél tampoco.
-Nadie en esta ciudad merece licencia.
-Ese de la moto va a salir en los periódicos.
Sospecho que las ventas serían extraordinarias, especialmente porque muchos conductores ya mantienen exactamente esa conversación consigo mismos.
Y finalmente llegamos a una de las mayores necesidades de nuestro tiempo: la báscula cómplice-compasiva.
Su función consistiría en mostrar siempre tres kilos menos de los reales, adaptable hasta cinco.
No resolvería el problema del sobrepeso.
Pero mejoraría considerablemente el estado de ánimo.
Incluso podría venderse acompañada de un certificado firmado por psicólogos especializados en autoestima. Naturalmente algunos dirán que todos estos inventos son absurdos.
Y probablemente tengan razón.
Pero conviene recordar que vivimos en una época en la que existen refrigeradores que hablan, aspiradoras que piensan, relojes que responden preguntas y personas que consultan todo a su teléfono inclusive para saber si está lloviendo mientras observan la lluvia caer frente a la ventana.
Comparados con todo eso, mis inventos empiezan a parecer peligrosamente razonables, al menos para mí.



