LA neblina se deslizaba entre los pinares como una anciana curiosa que quisiera escuchar conversaciones ajenas. Winston venía trotando con un arrugado ejemplar de LA TRIBUNA, en el hocico. Encontró al Sisimite sentado sobre un tronco, observando cómo una ardilla escondía semillas para tiempos difíciles. -¡Mirá! –exclamó Winston con una sonrisa sarcástica–. Ya casi se acaba la semana y esos peruanos todavía no dicen ni pío. Más bien la autoridad electoral anunció que proclamará ganador hasta dentro de un mes. El Sisimite arqueó una ceja. -¿Y eso te preocupa? -A mí no. A los peruanos tal vez. Pero aquí hay varios precisados que están urgidos por saber; los que quieren las cosas friendo y comiendo. -Ah, sí. ¿No será esa la misma gente que deja para mañana lo que bien pudo haber hecho hoy o quizás desde la semana pasada? -Esa misma a la que le caen gordo las prórrogas que les dan de “choto”, para todo, ya que ellos son ejemplo de puntualidad en sus trámites y cumpliendo con sus obligaciones.
El Sisimite soltó una carcajada. -Curiosa especie. Tener la paciencia de esperar que el país cambie con cada elección y nada, pero a la hora que les pega la ansiedad, exigir que el resultado aparezca cinco minutos después de cerrar las urnas. -¿Pero –preguntan allá en la ciudad– qué les pasa a los peruanos que no tienen todo listo? -Tal vez están haciendo lo que corresponde: revisar, escrutar, verificar y certificar. Winston frunció el hocico. -Pero es que la gente acá quiere saber ya. -¿Será que los sistemas de cómputo peruanos están oxidados? ¿Le faltará aceite al software? ¿Están contando con un ábaco? Guardaron silencio unos segundos. -Lo que sí espero –dijo Winston– es que no se les ocurra pedir consejo a los malos perdedores de aquí. Ahí sería la de nunca acabar. Van a recomendar que vuelvan a contar lo que ya contaron en las mesas de votación y que pidan “voto por voto”. Ah, y si no les gusta el resultado, que denuncien a los cuatro vientos que hubo fraude. El Sisimite soltó una carcajada tan fuerte que varias aves levantaron vuelo: -Entonces, nunca van a salir del maíz picado. -¿Y después? Prosiguió Winston, les van a sugerir que boicoteen los escrutinios especiales para que la autoridad electoral no pueda dar la declaratoria y que quede mandando el último que pusieron después que quitaron a los otros tres anteriores. -Como incendiar la cocina porque la comida tarda mucho –soltó su ironía el Sisimite–. -¿Y qué más? Winston rememorando: -Que le echen la fiscalía encima a los árbitros electorales y si los agarran descuidados y no se van a meter a una embajada que los capturen. Ah, y que aparezca algún general insubordinado que nunca leyó la Constitución, exigiendo que él mismo quiere ir a contar los votos. -Eso ya suena más creativo. -Esperate. ¿Todavía falta? -Claro. Que un grupo de diputados de un solo partido –¡Abracadabra!– saque un decreto para que les manden las urnas al hemiciclo y contar ellos los votos, urna por urna, “per sécula seculórum”. -¿Sabés qué creo yo? Que muchas veces la prisa por conocer un resultado no nace de la necesidad de saber quién ganó. Nace de la esperanza de que todavía no haya perdido quien uno quería que ganara.
Miraron la neblina que comenzaba a disiparse entre los árboles. -Entonces, ¿qué les pasa a los peruanos? -Nada distinto de lo que sucede en todos lados. Llevar las cosas bien –como acá que dieron elecciones impecables, paz y esperanza al país, y un montón de ingratos no agradecenes complicado, más si la competencia es cerrada. No es comida de trompudo. -Pero acá los curiosos que ni idea tienen de lo que cuesta manejar este tipo de elecciones complicadas, andan sulfurados que les digan ¿por qué se tardan tanto esos peruanos? ¿No será para mandar su X burlándose –les pica por afearle la imagen al país– de que allá fue rápido todo y aquí tan lento? -Porque están terminando un proceso. -¿Y si allá como acá afilan su lengua los malos perdedores? -Entonces pasará lo que suele pasar. Confundir la velocidad con la verdad y la impaciencia con la razón. Y hay quienes nunca van a aceptar un resultado adverso, por aquello que jamás la “ética de la derrota”, será virtud de aprendizaje ni de introspección para sanar heridas de un fracaso de toda una vida.


