NO hubo tal rapidez –como aquí, para burlarse, algunos corrieron a comparar– de los resultados oficiales en la primera vuelta de Colombia. Lo que hubo fue un “preconteo”, –como aquí el TREP– que dio la ventaja al candidato de la derecha dejando al oficialista en segundo lugar, sobre quien el gobierno izquierdista alimentaba la expectativa que quedaría de primero. Hasta ahora, varios días después, –y eso que esa solo fue una elección presidencial, no de los tres niveles, fórmula presidencial, diputaciones, alcaldías, como fue acá– el ente electoral, ofrece resultados oficiales. ¿Y adivinen qué? El escrutinio oficial termina confirmando sustancialmente las cifras del “preconteo”, lo que deja el berrinche de Petro, –otro que igual que acá, como los otros perdedores, cuestionó los resultados– totalmente exhibido. De hecho, la propia Registraduría informó que el escrutinio realizado por los jueces de la República alcanzó el 99.98% de avance –similar a lo sucedido aquí, que pudo ser del total, a no ser por el boicot montado por representantes de sectores de partidos políticos coaligados, impidiendo la revisión en el escrutinio especial y hasta el contubernio de dejar urnas en cero cuando el conteo favorecía al “enemigo”– certificando lo mismo que ya había dado el “preconteo”.
¿Qué mostraron los resultados oficiales? El escrutinio oficial de la primera vuelta concluyó y el Consejo Nacional Electoral (CNE) ya certificó los resultados, confirmando casi exactamente lo ya revelado en el TREP colombiano para el balotaje del 21 de junio. La coincidencia entre “preconteo” y escrutinio fue del 99.9%. Las diferencias fueron mínimas y no alteraron el orden de llegada de los candidatos. Los alegatos de Petro, –¿vaya coincidencia neneque del pataleo de allá con lo de acá– supuestas “inconsistencias en software, diferencias en el censo electoral, posibles anomalías estadísticas”, quedaron sepultadas. Pero también quedó desenmascarada la falacia de la sospecha sin prueba: el alegato de que habría inconsistencias en software, en censos o bases de datos, totalmente falso. Nunca presentó el quejoso presidente –aparte de sospechas que se viralizaron dañando la imagen de su país y de su sistema electoral– evidencia en concreto o pruebas públicas demostrando que esas supuestas inconsistencias alteraban los votos o cambiaban el resultado. Para sostener esa conclusión debió demostrar el vínculo causal entre ambas cosas, y nunca lo hizo. Falacia de la conclusión anticipada: Si primero se concluye que hubo irregularidades y después se buscan elementos para justificar esa conclusión, se invierte el orden lógico de la prueba. En un sistema democrático la secuencia correcta es: primero la evidencia; luego la conclusión. No al revés.
Sesgo de confirmación: Desde la psicología política, algunos observadores señalaron un posible sesgo de confirmación: buscar únicamente la información que confirma una sospecha previa e ignorar la que la contradice. Una vez que la verdad del escrutinio sepulta las sospechas alimentadas por los perdedores, lo que queda evidenciado es la explicación en el terreno político, respecto a la evaluación ciudadana del gobierno, desgaste del oficialismo, campaña opositora más eficaz, preocupaciones sobre seguridad, economía o gestión pública. (Bien decíamos tercia el Sisimite– que la mentira tiene patas largas, pero la verdad siempre la alcanza. -Así que, de momento –ironiza Winston– una vez que la verdad –tanto allá como acá– administra los ritos de exequias a la mentira, los ojos se vuelcan a lo que parecería ser una apretada contienda electoral en Perú).


