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miércoles, agosto 5, 2026

¿Polvo?

WINSTON llegó, ojeando La Tribuna, mientras olfateaba el embriagante aroma mañanero, un torrente de resina viva y tierra mojada; cada aliento, un suspiro profundo de la naturaleza. El Sisimite –¿No me digás que seguimos con “la maleta”? –Es que me sugirieron la serie en Netflix y me la volé el fin de semana. Otra muestra de la decadencia de la sociedad de ahora. No leen, y lo poco que aprenden es cuando libros, como ese de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, los llevan a la pantalla, con la historia trasmochada. La novela no termina con la muerte del príncipe Fabrizio. Ese acontecimiento ocurre aproximadamente a dos tercios del libro. El verdadero desenlace muestra qué ocurrió con el mundo que él dejó, y ahí está el mensaje de Lampedusa. –El Sisimite se ríe. –No solo lo leí, lo viví. Por allí anduve con Bendicò. “El Gatopardo muere en 1883. Su deceso es narrado con enorme serenidad y dignidad. El príncipe comprende que su tiempo ha concluido y acepta la muerte casi como un orden natural del universo. Más que un fracaso personal, percibe que desaparece toda una civilización”.

Deja a las hijas, especialmente a Concetta, encargada de velar por la heredad familiar. Lo que hace a medias: conserva la casa, muebles, cuadros, reliquias familiares, las tradiciones, convertidas en una especie de museo. “No hay continuidad, ni descendencia, ni vida nueva. Nunca se casa y permanece viviendo en el palacio junto a sus hermanas.” “Lo que ella preserva ya no constituye una casa noble viva, sino el cascarón vacío de un mundo extinguido. Otra de las ironías del autor: quien más quiso conservar el pasado termina rodeada únicamente de recuerdos. Muchos años después, siendo ya anciana, descubre que había vivido durante décadas aferrada a una ilusión sobre Tancredi.” –Este la cortejaba antes de casarse con la exuberante hija del alcalde, impactado por su belleza y su fortuna. Uno de la manada de chacales y hienas del nuevo orden de oportunistas, de la lapidaria reflexión de el Gatopardo: “los que vienen serán peores”. “Concetta comprende que desperdició su vida por orgullo y por un malentendido. En ese momento comienza a desprenderse de los objetos que habían mantenido vivo aquel pasado”. “Decide deshacerse también de Bendicò. (Ese episodio, siendo de la mayor relevancia no se muestra en la miniserie). No es un acto de crueldad, sino el reconocimiento de que el pasado ya no puede seguir gobernando el presente.” Bendicò es un personaje especial. –Ya ves, el chucho, ningún gato, es la figura importante de la obra. El gran danés lleno de energía, corre por los jardines, inseparable del príncipe, anda libremente por el palacio. “Mientras todos guardan ceremonias y protocolos, Bendicò representa la espontaneidad y la autenticidad.”

“El Gatopardo siente hacia él un afecto sencillamente desinteresado; entre ambos no existe política, ni intereses, solo fidelidad. Su presencia transmite tranquilidad; quizá el único que nunca pretende obtener nada del príncipe. No calcula, no conspira, no cambia de bando, solo permanece fiel”. “Bendicò simboliza aquello que todavía permanece sano dentro de una sociedad que comienza a descomponerse”. “Al morirse es embalsamado. –“Este es el simbolismo. Lo que había sido vida se convierte en nada. La fidelidad se transforma en recuerdo, la memoria comienza a deteriorarse; las polillas destruyen lentamente aquello que parecía preservado”. Una metáfora de las instituciones que conservan la apariencia mientras por dentro se corroen. “Concetta ordena arrojar el cuerpo embalsamado por la ventana y ocurre una escena extraordinaria. Durante un instante, mientras cae, parece recuperar la forma majestuosa del perro vivo. Solo por un instante y después desaparece convertido en polvo”. Se trata del último destello de grandeza de la casa Salina antes de extinguirse definitivamente”. Lampedusa confió que “Bendicò era casi la clave de la novela. Su destino resume el de todo el mundo que la novela describe. Una enseñanza entrelazada con el gatopardismo.” “Tancredi representa la ilusión de que bastan cambios oportunistas para conservar el poder; Bendicò demuestra exactamente lo contrario: Un cuerpo puede embalsamarse; una institución, o la realidad, reformando leyes una y otra vez–como en la “maleta”– puede maquillarse. Pero si la vida interior desaparece —la lealtad, la integridad, el adecentamiento en la política, el sentido del deber—, tarde o temprano todo acaba como Bendicò: “Primero una apariencia de permanencia, después el deterioro silencioso y, finalmente, un montón de polvo. De las metáforas literarias más poderosas sobre la diferencia entre conservar la forma y conservar la esencia.

 

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