WINSTON recién llegaba a la morada del Sisimite, ese encantador paisaje verde de silencios antiguos, donde la luz se vuelve oro viejo al cruzar las ramas y el viento canta con voz de hoja y sombra. -Si yo soy el que escribo lo que nosotros conversamos, no entiendo ese embeleso con ese un tal “gato-pardo”. Además, la interpretación de la obra suele detenerse en la frase de Tancredi: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Sin embargo, la lectura completa de la novela muestra que Lampedusa no termina dándole la razón al tal Tancredi. Más bien, el desenlace sugiere que ni siquiera esa estrategia logra conservar el viejo orden. Todo cambia, sí, pero el resultado no es la conservación, sino la decadencia definitiva. Los indicios de ese deterioro aparecen a lo largo de toda la obra. El autor demuestra que el maquillaje no preserva las instituciones ni las sociedades; apenas retrasa su deterioro. O sea, ¿cómo reconocer que el “gatopardismo” termina fracasando? Sisimite: -Y el propio príncipe Fabrizio lo comprende antes que nadie. No triunfa necesariamente una clase mejor preparada o más virtuosa, sino otra más hábil para aprovechar el nuevo tiempo.
Por eso deja una de las frases más demoledoras de toda la obra: “Nosotros fuimos los Gatopardos, los Leones; quienes nos sustituyan serán chacales y hienas; y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra”. Winston: -¡Qué retrato lapidario! No dice que vendrá algo mejor. Dice que quienes ocupen el lugar serán peores. Sisimite: -Ese es el verdadero diagnóstico de Lampedusa. El problema no era únicamente que cambiaría la aristocracia de los Borbones sicilianos; era que el relevo podía significar un empobrecimiento moral. El deterioro no consiste únicamente en la desaparición de la aristocracia, sino en la calidad de quienes ocupan su lugar. -“Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre… Y luego será distinto, pero peor”. El autor no celebra el cambio aparente; muestra que el oportunismo termina acelerando la decadencia. Winston: -Ahí está el detalle que se ignora. No dice solamente “será distinto”, dice: “pero peor”. Sisimite: -Porque cuando el cambio consiste únicamente en acomodar las formas para conservar intereses, tarde o temprano termina deteriorándose también aquello que se pretendía salvar. Winston: -Como remiendo a una tela mientras se sigue rasgando por dentro. Por eso el símbolo más profundo de la novela no es Tancredi. Winston: -Es un chucho, Bendicò, el gran danés, el compañero fiel del príncipe. Lampedusa llegó a decir que Bendicò era casi la clave de toda la novela. -¿Y por qué? -Porque representa la memoria, la fidelidad, la continuidad de la casa Salina, el mundo íntimo del príncipe, todo un universo que parecía sólido. Pero pasan los años; mueren sus dueños; la casa envejece; las glorias se convierten en recuerdos. El perro permanece embalsamado, carcomido por el tiempo y las polillas, hasta que un día lo arrojan por la ventana.
Como si expulsaran toda una época. -Y Lampedusa ofrece uno de los finales más hermosos y tristes de la literatura. Mientras cae, “la figura del perro pareció recomponerse por un instante… luego todo encontró reposo en un montón de polvo”. -No cae solamente un perro. Cae una manera de entender el honor, la memoria, la identidad, las instituciones, la confianza. Todo reducido a polvo: la memoria familiar; la ilusión de continuidad; el prestigio de los Salina; la Sicilia aristocrática; el propio “gatopardismo”. -El final contradice a quienes utilizan el “gatopardismo” como si fuera una fórmula de éxito. La apariencia puede prolongar una agonía, pero no evita el desenlace. Winston: -Eso es parecido a debates actuales. Hablan de reformar leyes, crear nuevas comisiones, nuevos procedimientos, nuevos nombres, nuevas narrativas, como si el problema estuviera en el texto, cuando otro es el problema. No es la falta de normas, es la falta de decencia para cumplirlas. Winston: -Lo vimos. Cuando la democracia estuvo bajo acecho, no la salvó una ley recién escrita. La salvaron mujeres íntegras –y referentes– que decidieron respetar la ley existente y no dejarse doblegar por la furiosa tempestad. Ninguna reforma sustituye la integridad, ni reemplaza la honradez, y ninguna reingeniería institucional puede compensar la ausencia de ética. O sea, el verdadero cambio comienza siempre por lo difícil: No en el papel, en la conducta. Adecentar la política. Respetar y cumplir la ley; sancionar al que la quebranta, porque cuando la integridad gobierna, la ley deja de ser un disfraz y vuelve a ser el fundamento de la libertad. Y solo así, escapamos la crisis que se vislumbra.


