WINSTON trepó apresurado la vereda boscosa mientras la luz temprana del sol doraba las cordilleras de los lejanos confines. Encontró al Sisimite recostado sobre unos leños hojeando un ejemplar de EL PAÍS. -¿Escuchaste, cuentan que en una comparecencia de la maleta dijeron que no habíamos hecho propuestas? -Qué raro, será que no leen o no entienden lo que leen? -Es que vos, con esas tus patitas cortas caminás muy ligero y a veces no se te escucha lo que vas murmurando. -La culpa es tuya, con esas zancadas que pegás con tus patotas largas; si no corro, no te alcanzo. Caminemos despacio entonces, y en cada pasito vamos deletreando, quizás así, lento, suave, y separando las letras de las silabas, algo les quede. A ver, el primer pasito: ¿Cuál es la complicación? -El mismo resabio de siempre: trastocar y manosear las leyes para aparentar que hay cambio. Cuando justamente ese es el problema. Hoy, por conveniencia de intereses, ponen una cosa; mañana la cambian por otra y pasado por algotra. Se acuestan con una versión de las cosas y amanecen con una distinta. ¿Cómo no van a confundir a la gente?
-Y el respeto a la ley no nace de estarla reinventando cada temporada. La estabilidad institucional se afianza precisamente de su permanencia. Lo que destruye la confianza no es la ley: es el irrespeto y el incumplimiento. Y si la gente ve que la tuercen y la retuercen a conveniencia, ¿para qué van a respetarla? -Peor aún. Cada cambio improvisado, lejos de resolver, ahonda el problema y exacerba su incumplimiento. Si las normas se convierten en plastilina, el mensaje termina siendo que la ley existe para acomodarla al poderoso de turno. -Levantá la patita y demos otro pasito para que la luz del sol vaya iluminándoles el entendimiento sobre la propuesta de solución: -¿Qué más evidencia quieren que la demostrada en el proceso pasado? Lo que salvó la democracia del acecho, del hostigamiento y de la arremetida del poder no fue ninguna reforma o manoseo político. Fue la integridad de las mujeres consejeras y de la magistrada, que decidieron cumplir la ley cuando querían doblegarlas. -¿O sea es la integridad, en cumplimiento de la ley lo que aborta la amenaza y nos salva del peligro? -Ahí está la diferencia. La ley es indispensable, pero necesita mujeres y hombres íntegros (no políticos veletas y acomodaticios) que la hagan valer. La integridad desarma lo que ninguna cosmética jurídica puede contener. -Otro pasito. ¿Hasta llegar a Pénjamo con la tal propuesta? -Pero si es lo más sencillo que hay: Adecentar la política. Porque el viejo resabio consiste en ofrecer cambios cosméticos –los atajos, las casetas de peaje– para evitar el cambio verdadero. Es la resistencia a hacer lo que más cuesta: limpiar la política que los propios políticos han ensuciado.
Otro pasito: – ¿Te acordás del príncipe Tancredi, en El Gatopardo? -“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. El gatopardismo: envolver lo mismo con papel nuevo y ponerle chongo para que nada cambie. O peor aún, para que termine deteriorándose más. -¿Otra crisis a la vista? -Mientras se siga creyendo que la solución consiste en retocar las reglas y no en corregir las conductas. -Otro pasito. -Si de verdad quieren componer, no es hablando, sino que actuando. Que los delitos contra la ley no queden impunes. Los que abusaron del poder respondan por sus actos. Porque la impunidad no solo absuelve el pasado: invita a repetirlo en el futuro. -La sanción justa también educa. Los precedentes fortalecen más a una democracia que cien reformas improvisadas, para que la conducta abusiva no se repita. Sisimite (deteniéndose): -Ya no la deletreemos. Pronunciá la palabra corrida: La propuesta no es el atajo de aparentar cambios para dejar todo igual. Es el paso difícil: el adecentamiento de la política. Respeto y cumplimiento de la ley. Instituciones estables, no parchar normas al garete, cada vez que estorban. Integridad no maquillaje. Ninguna democracia se fortalece remendando leyes que ellos mismos deshilachan. Se fortalece cuando la política recupera la decencia y la ley deja de ser un instrumento de conveniencia para volver a ser la regla común de todos. -Ah, y allí quieren verte en otra manada de reliquias. (Ni Dios lo quiera). Ya detengámonos; conste, a nadie de la maleta se ha tocado ni con el pétalo de una rosa, muchos son buenos amigos.


