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jueves, junio 11, 2026

¿Ejemplos?

ADEMÁS del español Felipe González hay otros líderes hispanoamericanos que encarnaron la “ética de la derrota” y, vaya vergüenza, malos perdedores que, efectivamente, se secaron por su actitud egoísta. Ejemplos de líderes de espíritu genuinamente democrático: Tabaré Vázquez (Uruguay, 1994). Perdió la elección presidencial por muy poco margen frente al propio Julio María Sanguinetti. Esa noche, reconoció la derrota de inmediato, felicitó al vencedor y llamó a sus seguidores a respetar el resultado. Fruto de esa actitud, se consolidó como líder de la izquierda, mantuvo la unidad del Frente Amplio y ganó la presidencia en dos ocasiones. Francisco Labastida (México, 2000), candidato del PRI, el partido –de la dictadura perfecta, antes que AMLO y la Sheinbaum la perfeccionaran– que llevaba 71 años en el poder. Cuando las encuestas de salida mostraron que Vicente Fox había ganado, Labastida salió en cadena nacional a reconocer la derrota antes incluso de que el Instituto Federal Electoral diera el cómputo oficial. Su acción de decencia permitió la primera alternancia pacífica en México y preservó la estabilidad del país. Su gesto se recuerda como un acto de estadista.

Mauricio Macri (Argentina, 2019) Apenas conocidos los resultados que daban ganador al izquierdista, lo felicitó personalmente y lo invitó a la Casa Rosada para iniciar una transición ordenada en medio de una crisis económica. Su decente digno proceder mantuvo su coalición unida, conservó un liderazgo opositor sólido y evitó que el país entrara en un vacío de poder. Su reconocimiento inmediato desactivó cualquier riesgo de crispación postelectoral.  Fernando Henrique Cardoso en Brasil. Tras dejar el poder y ver triunfar a adversarios políticos, mantuvo una actitud institucional que fortaleció su imagen internacional. Ricardo Lagos en Chile, tras abandonar la presidencia aceptó con normalidad la llegada de gobiernos de distinto signo político, reforzando la cultura democrática chilena. Ejemplos de malos perdedores que quedaron al borde de la irrelevancia por su actitud egoísta: El salvadoreño Roberto D’Aubuisson: Tras perder la elección presidencial de 1984 frente a José Napoleón Duarte, mantuvo un discurso de confrontación persistente. Conservó influencia dentro de ARENA, pero nunca logró construir una mayoría nacional. Con el tiempo, la imagen de hombre fuerte terminó limitando su proyección como estadista. El ecuatoriano Rafael Correa dejó el poder con una base importante de apoyo, pero su permanente confrontación con sucesores, antiguos aliados e instituciones, dificultó la reconstrucción de una mayoría nacional. Su padrinazgo ha sido fatal a aspirantes de su mismo club de camaradas que, por asociación, han perdido. Figura recalcitrante que sigue haciendo ruido.

Carlos Menem (Argentina, 2003). Tuvo el bastón presidencial en dos mandatos, pero se le antojó volver. Al pasar la primera vuelta todos los sondeos mostraban que en el balotaje sería derrotado masivamente por el candidato del mismo partido peronista. No aceptó la derrota, denunció falta de garantías, acusó de manipulación y se retiró del balotaje, dejando al país sin segunda vuelta. Su figura quedó asociada a la huida y al berrinche. Su partido se fracturó y jamás recuperó el poder real; pasó de expresidente todopoderoso a un actor residual. (El perdedor que se martiriza –tercia el Sisimite consultando textos especializados– evade la realidad e inventa excusas “exhibe rasgos nucleares de un trastorno narcisista de la personalidad (a menudo con componentes paranoides)”. “Su mecanismo central es la incapacidad de tolerar la herida en el ego que supone el fracaso”. “Para proteger un yoismo grandilocuente pero frágil, niega la realidad, proyecta la culpa en enemigos externos y construye un relato victimista (“a mí me robaron”) que le evita confrontar sus propios complejos y errores”. –Esa distorsión –ironiza Winston– no es un simple berrinche: es el intento desesperado de evitar la implosión de una arenosa identidad edificada sobre una falsedad quimérica).

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