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sábado, junio 6, 2026

¿Conspiranoico?

EL abogado, periodista, escritor, político e historiador uruguayo, además expresidente, Julio María Sanguinetti, en su libro “La Ética de la Derrota” (2016): El primer mandamiento de la ética de la derrota es “reconocer sin ambages la legitimidad del ganador y de las instituciones que administraron el proceso”. “El perdedor ético no solo admite el conteo de votos, sino que defiende públicamente la honorabilidad de los árbitros y del sistema electoral, incluso si detalles puntuales pudieran ser cuestionables”. “Esto implica separar la crítica técnica (que puede canalizarse por vías institucionales) de la descalificación global del sistema”. Frente a la tentación de buscar culpables externos, el autor propone la autopsia honrada: “Analizar las causas reales del alejamiento del electorado; preguntarse ¿por qué el mensaje no convenció, qué promesas sonaron vacías?, ¿dónde hubo soberbia o desconexión con la calle?; usar ese diagnóstico para renovar ideas, equipos y estilos, para volver a ser útil al país; la derrota se convierte así en un “taller de reparación” y no en un cementerio de ilusiones”.

El autor insiste en que “el adversario político es un adversario legítimo, no un enemigo ontológico”. “La ética de la derrota prohíbe el “cuanto peor, mejor”, porque el verdadero compromiso es con la nación, no con la propia tribu”. Por tanto, “el perdedor ético respeta al vencedor, le reconoce su derecho a gobernar y lo juzga por sus actos de gobierno, no por la supuesta ilegitimidad de su origen”. El valor de la paciencia histórica y la confianza en el péndulo: Como historiador, subraya que “la derrota es un accidente en un ciclo largo, no una condena eterna”. “La ética del perdedor exige esa visión de largo aliento”: “No quemar las naves ni romper los puentes con la sociedad; saber que la alternancia es saludable y que al pueblo le asiste el derecho a cambiar de opinión; asimilar la lección aprendida, no indisponerse para desquitarse”. Prohibición de la mentira y del relato conspiranoico, lo que llama “la impostura del fraude”: “Rechaza explícitamente la construcción de leyendas sobre “robo electoral” con pobre evidencia; señala que esa narrativa es una forma de engaño colectivo que intoxica a los seguidores, los mantiene artificialmente movilizados y les niega la posibilidad de un duelo sano; denuncia el “uso psicopático de la mentira política” porque corroe la confianza ciudadana en el sistema democrático”. La derrota aceptada otorga autoridad moral: “Uno de los criterios más originales del libro es que quien sabe perder engrandece su figura y se convierte en referente ético, incluso estando en la oposición”. Explica que “el perdedor que reconoce su derrota con grandeza: gana en credibilidad para futuras contiendas; se coloca por encima de las pasiones coyunturales; es percibido por la ciudadanía como un estadista y no como un caudillo resentido”. “En contraste, quien no acepta la derrota empequeñece su liderazgo y lo vuelve tóxico para la convivencia”.

La derrota también exige lealtad a los propios votantes: “El perdedor ético no tiene derecho a arrastrar a su electorado al desencanto perpetuo ni a la agitación estéril”. Al contrario, “debe ayudarlos a procesar la pérdida, a respetar la decisión de la mayoría y a canalizar la energía cívica en una oposición constructiva”. El autor habla de un “deber pedagógico” del líder derrotado con sus seguidores: “no manipular su frustración, sino educarlos en la cultura democrática”. Separación entre el plano personal y el institucional: El libro insiste en que “la derrota la sufre una candidatura o un partido, no la nación”. El perdedor ético nunca confunde su destino personal con el destino del país: No desea el fracaso del gobierno entrante para demostrar que “tenía razón”. “No instrumentaliza el dolor de los suyos para bloquear la gobernabilidad”. “Colabora en las grandes políticas de Estado cuando es convocado y no convierte cada debate en una revancha simbólica”. (La “ética de la derrota” –tercia el Sisimite– es un verdadero código de conducta democrática. -La democracia –ilustra Winston– no es el gobierno de los ganadores, sino el sistema que permite que los perdedores acepten el resultado sin miedo a perder la vida o la libertad, y cuidar que la competencia sea en igualdad de condiciones).

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