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lunes, junio 8, 2026

¿Ganar perdiendo?

EL concepto “la ética de la derrota” fue acuñado y difundido de forma muy prominente en su libro por el expresidente, escritor e historiador uruguayo Julio María Sanguinetti, y ha sido encarnado en la praxis política por el exjefe del gobierno español, Felipe González. En su libro el uruguayo desarrolla precisamente esa idea como una virtud democrática fundamental. “La verdadera estatura de un dirigente y de un sistema político se mide en la capacidad de perder aceptando el veredicto popular sin reservas, sin destruir las instituciones y sin deslegitimar al ganador”. En su obra el autor sostiene que: “Saber perder es tan importante como saber ganar, porque legitima la alternancia y fortalece el sistema”. “La derrota debe ser un momento de autocrítica, recogimiento y renovación, no de acusaciones externas”. “Negar el resultado con teorías conspirativas es un acto de inmadurez cívica que corroe la democracia”. Con su característico estilo de historiador, el uruguayo hace una defensa de la derrota como “experiencia humanizante y como prueba de carácter democrático”.

El expresidente español se convirtió en el paradigma de “la ética de la derrota” en su país y América Latina, especialmente desde aquella noche electoral de 1996 cuando, contra todo pronóstico, perdió frente al candidato conservador. Su frase al reconocer la derrota ha quedado como una lección de civismo: “Gracias a todos. Hemos perdido. La democracia ha hablado. Ahora, a defender los intereses de España desde la oposición”. Esa aceptación serena, sin cuestionar las instituciones, sin llamar al “fraude” ni incendiar la calle, fue “ética política”, ejemplo vivo de que perder bien es una forma de ganar autoridad moral. Fernando Savater (filósofo español), en su ensayo “Elogio de la derrota”, desarrolla la idea de que “saber perder es una de las destrezas más necesarias para la convivencia, pues quien no sabe perder difícilmente sabrá convivir”. “La derrota aceptada con dignidad nos humaniza, nos hace más lúcidos y nos vacuna contra los fanatismos”. El politólogo mexicano Jesús Silva Herzog Márquez: “La verdadera estatura moral de un político y de una ciudadanía se mide en la derrota: la capacidad de aceptar el veredicto sin pisotear las instituciones, de reconocer al adversario como legítimo y de convertir la pérdida en una oportunidad para la reflexión y la enmienda, no en un pretexto para incendiar lo común”. El filósofo español Gabriel Albiac, también ha reflexionado sobre la derrota como “categoría ética y estética, destacando que la dignidad del vencido reside en no recurrir a la mentira para protegerse”. La “ética de la derrota” es la antítesis exacta del mal perdedor: la convicción de que “la derrota duele, pero no deshonra, que es una maestra cruel pero indispensable, y que el primer deber del que pierde es proteger el terreno de juego que le ha vencido, porque es el mismo terreno en el que mañana otros liderazgos, quizá, podrán competir y ganar limpiamente”.

(¿Por qué –pregunta Winston– los malos perdedores la emprenden contra los que protegieron el proceso, salvaron la democracia y le hicieron bien al país? -Esa agresividad contraproducente –responde el Sisimite– obedece a una lógica psicológica muy poderosa: “Son la prueba viviente de que la derrota fue legítima: referentes y figuras emblemáticas, autoridades electorales, jueces, observadores internacionales, ciudadanos que defendieron el proceso limpio desmontan el mito del fraude”. Por eso se convierten en el blanco de la furia. “Se ataca a quien certifica la verdad que se quiere negar”. Desplazamiento de la culpa: “como la propia responsabilidad es intolerable, la culpa se deposita en quienes “permitieron” que el otro ganara”. Se transforma a los defensores de la democracia en “traidores”, “vendidos”, “cómplices del sistema”. Una conspiración difusa necesita rostros concretos. “Los que garantizaron la limpieza electoral se convierten en esos rostros, porque si ellos no hubieran “validado” la victoria ajena, la derrota no sería oficial”. Es un mecanismo similar al del enfermo que, al recibir un diagnóstico que no le gusta, insulta al médico en lugar de escuchar la verdad para curarse).

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