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sábado, agosto 15, 2026

¿A punto de ocurrir?

COMO si algo inusual estuviese a punto de ocurrir, “el viejo bosque respiraba con la pesadez de los siglos. Las copas de los pinos erguidas como altares de una nobleza petrificada, robaban la luz del sol y teñían el sotobosque de una penumbra densa y húmeda, donde las raíces –enredadas, anhelantes– se hundían en la tierra en busca de un jugo que ya no llegaba”. Winston llega y sin mayores preámbulos inquiere: – ¿Te noto algo inquieto, como si presintieras que algo está por suceder? ¿La revolución? A propósito de las novelas de Anatole France y de Alexandre Dumas sobre las que hemos conversado. Danos el contexto. -La influencia indiscutible de Jean-Jacques Rousseau de los eviternos ideales revolucionarios “Liberté, Égalité, Fraternité”. Si bien Voltaire y Montesquieu sentaron también bases importantes, fue Rousseau quien ofreció la base filosófica para estos conceptos: En su obra cumbre, El Contrato Social (1762), sostiene que “la autoridad política legítima no proviene de un monarca, sino de un acuerdo entre individuos libres. El concepto de que la soberanía reside en la voluntad colectiva del pueblo, un pilar de la democracia moderna. Su pensamiento sirvió como base directa para los ideales de libertad, igualdad y fraternidad y fueron el corazón teórico del grito revolucionario”.

Pues bien, interviene Winston: Rousseau y Voltaire son los dos colosos de la Ilustración, pero representan las dos caras opuestas de una misma tortilla. “Fueron contemporáneos, se conocían personalmente y se odiaban con pasión”. Mientras “Voltaire era el ingenio crítico y mundano, Rousseau era el profeta emocional y solitario”. “Voltaire defendía la razón lógica, la ciencia y el escepticismo como herramientas para mejorar el mundo, y Rousseau, por su lado, creía que la razón fría corrompe, y que el sentimiento, la intuición y la conciencia interna son la verdadera guía moral («El corazón tiene razones que la razón no entiende»)”. “Voltaire veía la civilización y el progreso como la cima de la humanidad (el arte, la ciencia y el comercio), y Rousseau sostenía lo opuesto, que el hombre nace bueno, y la civilización, con sus propiedades y artificios, es la que lo corrompe y esclaviza (el mito del «buen salvaje»)”. “Para Voltaire, la historia era un avance hacia la luz, en cambio para Rousseau, la historia era una larga decadencia desde la libertad original hacia la desigualdad (su Discurso sobre el origen de la desigualdad es una crítica feroz a toda la estructura social)”. “Voltaire era elitista y desconfiaba del pueblo, prefiriendo la figura de un monarca ilustrado que impusiera reformas desde arriba, mientras que Rousseau era el padre de la soberanía popular, teorizando que el poder solo es legítimo si emana de la voluntad general de todos los ciudadanos”. “Voltaire era un deísta fieramente anticlerical, que combatía a la Iglesia católica con sarcasmo («Aplastad al infame»), y Rousseau, a contrario sensu, defendía una religión natural y sentimental, basada en la fe interior y la admiración por el orden divino de la naturaleza, sin necesidad de dogmas”.

-Para que el colectivo se empape de la virtud de la dialéctica: “La enemistad personal fue legendaria. Voltaire llamaba a Rousseau “el loco” o “el hereje”; Rousseau acusaba a Voltaire de ser un corruptor de almas”. “Cuando Voltaire criticó su Discurso sobre la desigualdad, Rousseau rompió su amistad para siempre, persiguiéndolo con una paranoia hasta sus últimos años”. En esencia, “Voltaire fue el crítico que derribó el Antiguo Régimen con la luz de la razón; Rousseau fue el arquitecto que, sobre esas ruinas, soñó un nuevo contrato social basado en la pasión y la voluntad colectiva”. La Revolución Francesa bebió de las aguas de ambos ramales del mismo río. “Voltaire para destruir lo viejo, y de Rousseau para construir lo nuevo”. “En aquel bosque, el aire, antes cantarino, de pájaros cantores de día y de noche, se había vuelto un espeso silencio roto solo por el crujido de las ramas viejas que no podían soportar su propio peso”. Winston, no queriendo atestiguar lo que estaba por ocurrir, se despidió presuroso y agarró el enrevesado caminito rumbo a su casa: Continuamos otro día.

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