Por Otto Martín Wolf

Las frutas, cuando están demasiado maduras tienen la tendencia a podrirse, lo mismo ocurre con algunos gobernantes. En la cima del poder, rodeados de aduladores, sintiéndose amos del mundo, es muy difícil poner los pies sobre la tierra y aceptar la realidad de las cosas.
Es larga la lista de todos aquellos que, estando en esa posición, pierden la perspectiva de la realidad y después no la quieren dejar, lamentablemente ésta incluye a casi todos los que han tenido la oportunidad de gobernar.
Recordemos algunos de los más notables y su desgraciado final, sin ningún orden en particular, según me vienen a la memoria. Muamar Gadafi – de Libia- una vez líder adorado, confundió los intereses del pueblo con los suyos propios y terminó siendo linchado por ese mismo pueblo, cuando ya éste no lo aguantó.
Sus excentricidades le ganaron los apodos de “el dictador loco” y “perro desquiciado”. Algo similar le ocurrió a Benito Missolini, dictador italiano que llevó a su país a la Segunda Guerra Mundial. Al principio muy querido terminó colgado “patas arriba” junto a su compañera en la calle de un pueblo cualquiera perdido en los campos de Italia.
La definición de linchamiento es cruda: “Ejecución ilegal y violenta por parte de una multitud o grupo que toma la justicia por su propia mano. Los nuevos dictadores, habrán visto lo que ocurrió a otros que antes se encontraron en la nebulosa mental de la cima del poder? ¿Habrán visto las terribles fotos existentes del final de otros dictadores? Saddan Hussein, líder Irakí que una vez tuvo el país en sus manos, fue derrocado, permaneció escondido durante algún tiempo, luego capturado, juzgado y ejecutado en la horca por sus crímenes.
Otros han muerto en atentados personales, tiradores ocultos, bombas, envenenamientos, sabotajes, etc. Muy pocos han tenido la visión o el miedo a las represalias y dejado el poder antes de enfrentar un posible final trágico.
Un dictador cubano previo a Fidel, llamado Fulgencio Batista, prefirió el exilio en España donde disfrutó de su fortuna -y la vida- hasta fallecer por razones naturales. El propio Fidel, quien después de haber prometido elecciones y libertad se convirtió en un tirano vitalicio que -si bien es cierto jamás enfrentó a un tribunal por sus crímenes y desaciertos- “la historia no lo absolvió”, según fue el lema de su defensa cuando iniciaba los movimientos revolucionarios y estuvo unos meses en prisión.
Batista gobernó en total 11 años, Fidelito duró casi 50 y fue por problemas de salud que tuvo que dejarlo, pasándolo de dedo a su hermano Raúl, quien, a su vez, lo entregó también de dedo al actual presidente; en total su régimen lleva 67 años y creo que va más largo, especialmente -y para ser totalmente sincero- porque en Cuba no hay petróleo ni las llamadas “tierras raras” y actualmente no tiene mucho valor para los USA.
Lo único que abunda en Cuba es el hambre y la falta de esperanza. Y llegamos entonces a Manuel Noriega, dictador panameño que salía en discursos públicos de manera desafiante, blandiendo un machete como el más salvaje de los vikingos.
Se echó de enemigo a los USA y terminó en una prisión norteamericana con una imagen de rata capturada, nada parecido a la que alguna vez quiso representar, la de un “súper hombre intocable”.
Y ahora, en el presente, ante la cruda realidad de lo ocurrido en Venezuela uno tiene que preguntarse: ¿es que Maduro jamás vio las imágenes de Noriega? Como muchos antes que él, quizá consideró que estaba por encima de todos y que la justicia, sus enemigos o la historia no lo alcanzarían jamás.
Su vida de poder terminó para siempre, su vida física quizá concluya en una celda de 3 por 1.8 metros y la de su esposa en un lugar similar. Estoy seguro que otros dictadorzuelos ayer empezaron a revisar y reforzar sus propias normas de seguridad.
Maduro tenía una habitación especial de acero, que no llegó a alcanzar a tiempo. De todas maneras la Fuerza Delta norteamericana llevaba sopletes láser que en pocos minutos hubieran permitido su captura.
Enfrenta ahora el juicio en los USA, los resultados son previsibles. Pero, el juicio más terrible es el que tendrá todos los días por el resto de su vida, es el juicio personal donde él será su propio jurado.
Un juicio demoledor sobre sus errores, especialmente por no haber aprovechado la posición para hacer el bien a su país, en lugar de convertirse en un tirano y enviado al exilio y condenado a la miseria a millones de sus compatriotas, llenando las cárceles de todos aquellos que no estaban de acuerdo con él.
Su juicio personal, ese permanente “si hubiera ésto, si hubiera aquello, si hubiera lo otro”, le seguirá por siempre. ¿Cuántos otros levantarán machetes en el futuro? Cuántos otros gritarán envalentonados “vengan por mi, cobardes?”. La historia se repite, no todos aprenden su lección.



