Por: Glenn Flores

Dicen que el primer libro vendido es el más importante. Que hay que enmarcarlo, guardarlo, contarlo en entrevistas literarias con voz pausada y mirada nostálgica. Nadie me dijo que el mío iba a ocurrir a 33 mil pies de altura, sobre el Golfo de México, el primero de mayo, camino a Nueva Orleans.
La compradora fue una paisana. Hondureña, como yo. La encontré en el vuelo con esa mezcla de alivio y desconfianza con que los compatriotas nos reconocemos en el extranjero. Conversamos. En algún momento, con la naturalidad de quien ofrece un chicle, saqué el libro. Ella lo miró. Lo hojeó. Y entonces ocurrió lo que ningún taller literario te enseña a manejar: me lo compró.
Doce dólares. En efectivo. A 33 mil pies. Sin librería, sin evento de presentación, sin mesa de firmas ni vino barato. Solo dos hondureños flotando sobre aguas internacionales haciendo una transacción que, estoy casi seguro, no tiene precedente en la historia de las letras centroamericanas.
Guardé los doce dólares con la solemnidad de quien recibe un premio. Ya en el aeropuerto de Florida, con el calor pegando desde el asfalto y las maletas pesando lo suyo, tomé una decisión editorial. Cambié los doce dólares por una cerveza bien fría y un sándwich.
Así que mi primer libro vendido me dejó exactamente lo siguiente: cero dólares, el estómago lleno, y la certeza absoluta de que la literatura hondureña ya tiene presencia en aguas internacionales.
García Márquez empezó con un secador de pelo. Yo empecé con un sándwich de pavo
Vamos bien.



