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Honduras
viernes, julio 24, 2026

El himno a Lempira

Por Otto Martín Wolf

Aquí me voy a echar a medio país encima. La otra mitad está haciendo fila desde hace tiempo.

Pero estoy acostumbrado. Hay personas que coleccionan estampillas; yo colecciono miradas y muchos correos de desaprobación.

No es que me guste llevar la contraria, pero reconozco que a veces lo disfruto.

Lo que ocurre es que, de vez en cuando, cometo la imprudencia de pensar en voz alta o publicarlo, que es una costumbre mucho más peligrosa que encender una barbacoa debajo de un tanque de gasolina.

Aquí voy: Desde niños nos enseñan a cantar el Himno a Lempira y a rendir homenaje al “patriota de heroico valor”.

Hasta ahí todo sonaba normal pero un buen día me hice una pregunta inconveniente, que son las peores: si la inmensa mayoría de los hondureños somos mestizos, descendientes de españoles mezclados con indígenas y luego con italianos, árabes, chinos, africanos y cuanto antepasado decidió dejar su huella genética por estas tierras, ¿por qué debemos identificarnos exclusivamente con quien luchó precisamente contra una buena parte de nuestros propios antepasados?

Es una situación curiosa. Es como si en una reunión familiar quisieran poner a todos del lado de un  abuelo que peleó con la abuela y prohibieran mencionarla (olvidando)  la otra mitad de la familia.

No niego el valor de Lempira. Al contrario. Para enfrentarse a un ejército mucho mejor armado había que tener un coraje del tamaño del Congolón.

Pero una cosa es admirar el valor de una persona y otra muy distinta convertirla en el símbolo exclusivo de una nación cuya sangre proviene, precisamente, de ambos bandos (en el buen sentido de la palabra, nada que ver con lo que algunos pueden haber pensado en cuanto leyeron eso de ambos bandos).

Porque, si lo analizamos fríamente, Honduras nació del encuentro —violento, injusto, caótico, inevitable o como quiera calificarse— entre dos mundos. Pretender que solo uno de ellos representa nuestra identidad es como afirmar que una tortilla está hecha únicamente de un lado.

Y aquí viene otra conclusión altamente suicida y explosiva.

Si a cualquiera le regalaran diez centímetros adicionales de estatura, muy pocos responderían: “No, gracias; prefiero seguir igual de chaparro”. Tampoco existen los anuncios que prometan: “¡Con estas plantillas usted parecerá más bajito!”. Curiosamente ocurre exactamente lo contrario. Hay zapatos con plataformas, tacones discretos y hasta milagros ortopédicos destinados a convencer al espejo de que uno juega baloncesto con gigantes.

A qué hombre le gustaría medir 1.60 y mujer 1.44, promedio de estatura entre los Lencas y otras etnias autóctonas.

No es racismo. Es simplemente observar que existen preferencias humanas bastante universales, la estatura es una de ellas, aunque la gente no se dedique al basketball.

Pero, el cabello:  Si algo nos heredaron los pueblos indígenas fue una cabellera tan abundante que provoca sentimientos encontrados entre los fabricantes de pelucas y los especialistas en trasplantes capilares, quienes probablemente consideran a los Lencas una amenaza para el empleo.

En cuanto al legado cultural, tampoco conviene exagerar ni en un sentido ni en el otro. Las grandes civilizaciones mesoamericanas realizaron aportes extraordinarios en astronomía, matemáticas y arquitectura. Eso merece reconocimiento. Pero también es cierto que, cuando llegaron los españoles, aquellas ciudades monumentales pertenecían a un pasado lejano y las sociedades existentes eran otras, su nivel cultural era diferente.

Después vino la colonización, con sus abusos, religión, idioma, instituciones y, finalmente, el mestizaje que dio origen a la inmensa mayoría de los hondureños actuales.

Entonces, ¿quiénes somos?

La respuesta más sensata quizá sea la más aburrida: somos hijos de todos. Del indígena que defendió su tierra y del español que cruzó el océano; del europeo, del africano, del chino, del árabe y de cuantos fueron mezclándose hasta formar el país de café, baleadas, discusiones políticas interminables y una capacidad casi sobrenatural para sobrevivir a todo lo terrible, inclusive a la afrenta de no clasificar para el mundial de fútbol desde hace varios campeonatos.

Por eso me pregunto si no sería más lógico enseñar nuestra historia completa, con héroes, villanos y seres humanos de ambos lados, en lugar de obligarnos a escoger un único personaje como si la identidad nacional fuera una final de fútbol.

Naturalmente, después de decir todo esto habrá quienes me acusen de hereje histórico, enemigo de la patria o, en el mejor de los casos, de necesitar un buen siquiatra.

Lo acepto con resignación histórica y aún más, propongo que el himno diga: “Entonemos un himno a nosotros, patriotas de heróico valor”.

Y me arriesgo, después de todo en Honduras expresar una opinión distinta sigue siendo una de las pocas actividades de alto riesgo que no exige licencia de conducir.

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