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jueves, mayo 30, 2024

El Gaticida (Del libro, pendiente de publicar, “Cuentos por contar”)

La última vez que nos vimos, en lugar de saludarme con un ¡hola! lacónico, con una mirada escrutadora que, penetraba hasta el alma, apenas maulló un ¡miau!.  Me sorprendí pues parlanchín y afectuoso que siempre fue en nuestros encuentros, no entendí del por qué su más reciente comportamiento parco y esotérico.

Nos despedimos sin decirnos nada, vernos nos dijo todo. Lo quise abrazar y me evitó, y fue mejor así, después de todo por darme un abrazo me habría dado un zarpazo y arañado mi epidermis.

Me alejé meditabundo, cavilaba mucho, especialmente del por qué en su casa, alguna vez convertida en madriguera de gatos, ya no había ni uno y tampoco su familia que también se fue a maullar a cualquier parte.

Enterarme después de cierta conducta suya respecto a los felinos me hizo comprender del porqué de su novel altivez gatuna.

Hechos pretéritos que desconocía y que supe posteriormente me dieron la comprensión de lo visto y no visto, y el entendimiento para conocer de nuevo a aquel sujeto convertido en criminal de gatos y víctima también de ellos, tragedia en la que inútilmente arrastró a su hijo ahora prófugo de nadie, pero que en su fuga buscaba huir de su conciencia, pero esta lo perseguía adonde fuera.

Recordé que cuando nació para mí fue una tragedia, para él también años después a causa del “gaticidio” del que fue protagonista. Para los demás en la familia, al contrario, hubo felicidad, pero ahora hay tristeza y miedo de que por esa circunstancia se convierta en el “gato triste y azul” de Roberto Carlos.

No fue bonito, como todos los recién nacidos era feo, parecido a un ratón grande, blanco y colocho. Tenía los ojos saltones, almendrados, como de gato, y la cara también.

Edgardo es su segundo nombre y como parte de la tradición campirana de la parentela, esa de poner diminutivos cariñosos y a veces pendejos, las hermanas lo apodaron “gato”.

Desde su adolescencia fue un precoz y alegre copulador, escasamente enamorado, de fina estampa, y aunque magro en los estudios de economía y finanzas pronto tuvo éxito en hacer cuentas y contar cuentos.

Además de raro y misterioso es casi exótico aquel espécimen de pelaje frondoso que, con frecuencia se rasca con uñas o garras y también con dientes, la urticaria que le genera tanto vello en la piel.

Cariñoso que ha sido con la fauna, menos con la flora, a excepción de “la Flora” la hermana de “la Tina zarca” -que sí le agradaba-, odiaba también a cualquier felino incluso si solo lo miraba en la televisión, pero especialmente rumiaban su cólera los gatos que lo martirizaban, especialmente dos redondos mininos a los que una pareja de enamorados alebrestados noche y día, desde el piso de arriba los tenían gordos con las sobras lanzadas en sus bacanales.

Pienso que quizás regodeándose del gusto esa pareja de gatos invitó a su nuevo hogar a toda su manada y de un día para otro aquella casa de dos niveles se llenó de ellos. Los había de todos los colores, tamaños y razas, desde barrileros hasta un presumido con aires de galán de Basora fugado de Irak y otro que hacía siglos no quiso ser faraón de su especie en Egipto. Eran muchos los de esa tropa animal que hasta los nombres no ajustaron para bautizarlos a todos.

Fue por aquella ganadería felina, que un compañero suyo, tarado o ignorante, como si los gatos votaran, lo animó a participar en política con el argumento que: “alguien con tantos animales merecía ser presidente”.

Y es que estaban por todos lados, en gradas, terrazas, sillones, mesas y camas, y en Navidad hacían un Nacimiento hasta con gatos vestidos de Reyes Magos, montados en tres pequineses.

A veces parecían maceteros, otras estatuas o cojines, y en una ocasión el dueño de aquel purgatorio gatuno se confundió al despertarse y adormilado en lugar de ponerse un zapato metió el pie en un gato.

Sí, era rara esa relación de amor-odio de aquel humano adverso a aquella manada holgazana, depredadora y desafiante que, invitados por los dos primeros gatos ahí asilados ya sumaban treintaitrés que, siempre silenciosos y pedantes, en fila india -casi con marcialidad prusiana como “Pedro por su casa”- llegaban de haraganear en casa ajena y entraban a seguir holgazaneando en su nuevo hogar, justo a “la hora de la oración”, las 5 pm.

También era inescrutable ese gerente de banco al que tampoco le gusta la música ni siquiera cuando la mamá lo puso en el coro de la iglesia, en donde con calentura prematura a los 10 años correteaba a las sopranos circunstanciales y a quiénes ocasionalmente hacía levitar. Quizás por eso, excepcionalmente, pero a cada media hora llamaba a la sultana de occidente fm y con sonido atv (a todo volumen) y pedía, casi con ruegos, que lo complacieran con  “el gato volador”.

La profusión de maullidos nocturnos y diseminación de vello animal en aquel hospicio gatesco, recién comprado por aquel individuo con primer nombre de mariscal alemán y ojos rapaces de felino cazando, pronto despertaron el enojo del dueño de casa que de manera sórdida seguramente planeó un complot o boicot contra los gatos que uno a uno se fueron yendo, desapareciendo o se los comieron los ratones que también abundaban  hasta el fastidio y que eran la razón principal de que tanto felino maullador pernotara ahí. Una hipótesis al respecto especulaba también sobre la posibilidad que, literalmente, como en una barbacoa caníbal, a los mininos se los comieron en shapsuey o los evaporaron como humo de sopa hirviendo… lo ocurrido después daría sentido a esa probabilidad.

En pocos días la soledad y el silencio anidaron en aquella residencia color limón, alusivo a las amarguras del  incipiente cazador de gatos, hasta una noche que una gata preñada se metió a la pila vacía a parir, y sus maullidos de parto despertaron al hijo y al padre  encabronados por tanto desparpajo que les impedía dormir y como parte de un plan preconcebido hirvieron agua y llenaron la pileta convirtiendo eso en un infierno olvidando que en ese nido de gatos alguna vez hizo el amor también.

En la consumación de ese crimen animal, la madre en defensa de sus crías luchó hasta morir guisada o cocida, pero antes, mientras las lágrimas le rodaban viendo expirar a sus cachorros, mordió y arañó a sus agresores, que al día siguiente de la masacre despertaron con uñas y bigotes de gato y cuando se dieron los buenos días apenas les salió un maullido.

Sabedor de algo que no es regla, pero parece una sentencia ancestral le comenté que los “gaticidas” tienen siete años de mala suerte…por cada gato victimado, y a esa aleccionadora advertencia respondió fanfarrón entre maullidos y tosidos: “¡y qué!, me vale, las mujeres por lo menos me han llevado una vida,  de todas maneras al igual que esos gatos hijos de puta ahora yo también tengo siete vidas y me quedan seis para pagar ese gaticidio.

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