Por Otto Martín Wolf

No se preocupe si no sabe o no recuerda qué es un Trinitron.
Tampoco se avergüence. no es una especie extinguida de monstruo oceánico, pariente del Megalodón.
Era un televisor.
Pero no cualquier televisor. Cuando la televisión a color tomó por asalto las salas de nuestras casas, Sony apareció con el Trinitron, y aquello – de repente- no era un aparato electrónico: era prácticamente una religión.
La gente no decía: “Voy a comprar un televisor”.
Decía:
—Voy a comprar un Trinitron.
Los competidores inventaron nombres parecidos, probablemente después de largas reuniones de mercadeo en las que alguien dijo: “¿Y si le ponemos algo que termine en trón?”.
Y los hubo (Acutrón, megatrón y hasta algo parecido a macarrón)
Pero funcionó poco.
Durante años, Sony fue el rey absoluto de los televisores de primera línea. Su imagen era extraordinaria, su sonido magnífico y su tecnología parecía haber sido traída del futuro por un japonés viajero del tiempo que se equivocó de siglo.
Hasta que ocurrió lo lógico: la competencia aprendió y mejoró.
Y cuando la tecnología dejó de ser exclusiva, comenzó la tragedia del Trinitrón.
Otros fabricantes alcanzaron a Sony. Algunos incluso la superaron. De pronto, un televisor mucho más barato hacía prácticamente lo mismo.
Y el Trinitron desapareció. No murió porque apareciera un nombre más bonito.
Murió porque dejó de ser necesario pagar una fortuna para obtener lo mismo.
¿Le suena conocido?
Debería.
Está sucediendo otra vez en una escala mayor; la automotriz.
Durante décadas, Mercedes, BMW y Audi parecían pertenecer a una especie zoológica superior. Tenían adelantos que convertían a un automóvil en una nave espacial: vidrios eléctricos, aire acondicionado, controles remotos, sensores y toda clase de artefactos que nos hacían sentir importantes.
Pero el tiempo es justiciero y vengador; hoy un automóvil chino puede tener pantalla, cámaras, radares, asistentes electrónicos y otras maravillas que antes parecían reservadas para los pocos elegidos por su bolsillo profundo.
Ya no queda mucho de diferencia ni por copiar, sólo subsiste de momento algo por lo cual la gente tira su dinero sin mayor remordimiento: la vanidad.
No es lo mismo llegar en un Mercedes que en un BYD. Aunque ambos lo llevan frente a los mismos semáforos y sobre los mismos baches.
Pero la tecnología está haciendo algo terrible para las marcas famosas: está democratizando la excelencia.
Y cuando la excelencia se democratiza, el prestigio comienza a cobrar por existir.
Algo parecido ocurrió con Kodak.
Kodak era la fotografía. Luego llegó la fotografía digital y Kodak descubrió una verdad empresarial bastante desagradable: inventar el futuro no sirve de mucho si uno no sabe reconocer que acaba de inventarlo.
Las primeras cámaras digitales eran de la marca Sony (Mavica se llamaba), pero ya no existen.
En computadoras IBM, el más grande gigante tecnológico de la antigüedad, que tampoco escapó.
Xerox también tuvo tecnología extraordinaria y un nombre que durante años fue casi sinónimo de fotocopia.
Hasta que también el mercado de las fotocopiadoras se fotocopió. Ahora la fotocopiadora contempla su antiguo imperio desde una esquina de la oficina, esperando que alguien vuelva a necesitarla para sacar una copia de la cédula.
Pero mi ejemplo favorito es el caballo.
Durante siglos, el caballo fue una tecnología de transporte absolutamente imprescindible.
Había establos, criaderos, herreros, fabricantes de monturas, vendedores de alimento, carruajes, látigos y especialistas en asuntos equinos que probablemente podían determinar el carácter de un caballo con sólo mirarle una oreja.
Después llegó el automóvil. Y el caballo pasó de ser una necesidad a convertirse en entretenimiento.
No desapareció.
Cambió de categoría. En un año, en las ciudades más importantes del mundo el caballo fue sustituido por el caballo de hierro.
Y eso es exactamente lo que les ocurre a las grandes tecnologías cuando aparece otra mejor.
Primero son indispensables. Después son comunes. Luego son antiguas.
Finalmente se convierten en objetos de nostalgia.
El Trinitrón y la Mavica están por ahí en algún lugar esperando a los automóviles que hoy consideramos intocables. Porque hay una ley que las empresas suelen aprender demasiado tarde: El consumidor tiene una gran memoria, pero un bolsillo mucho más pequeño y, cuando encuentra por menos dinero algo que hace lo mismo, el logotipo puede terminar como un recuerdo.
Nada es eterno.
Ni Sony.
Ni Mercedes.
Ni Kodak.
Ni IBM.
Ni el automóvil.
Ni siquiera nosotros, aunque algunos seguimos comportándonos como si hubiéramos firmado un contrato de duración eterna.
Lo único que permanece inmutable es algo que tiene la desagradable costumbre de no cambiar nunca y es, precisamente, el cambio.



