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lunes, julio 20, 2026

Democracia, encuestas y decisión popular

Por Héctor A. Martínez

La lógica nos dice que un gobierno que ha dejado de lado los pilares fundamentales de la democracia como la salud, el empleo, la seguridad y la justicia, es casi imposible que los votantes lo reelijan.

Al contrario del pasado, cuando los partidos daban por descontada la lealtad de sus seguidores, hoy los votantes ya no responden automáticamente al llamado de la afiliación tradicional.

En la era de la multiinformación, la gente vota no por los colores o ideologías, sino aplicando lo que ha dado en llamarse el “voto de castigo” en contra del partido oficialista. Podría tratarse de una manifestación emocional, pero también es un reclamo inquisitivo que cuestiona la promesa incumplida de la democracia.

Así, partidos en el poder como el FMLN en El Salvador, el PN de Honduras, el MAS en Bolivia, el PLD en República Dominicana, el kirchnerismo en Argentina, solo por citar ejemplos cercanos, fueron derribados por la masa electoral, a pesar de que en las etapas previas a las elecciones, el oficialismo aseguraba –por pura propaganda, desde luego— que se impondría fácilmente, según las encuestas.

En Honduras, los resultados de diversos sondeos electorales muestran con claridad cómo la oposición se mantiene firme en los primeros dos lugares, lo que vendría a evidenciar el rechazo popular a la evidente corrupción, la insoportable criminalidad y el desempleo durante los cuatro años de gobierno del PLR. Y este, para no quedarse atrás, también ha publicado una encuesta que muestra que el 50 % del electorado se inclina hacia la izquierda.

¿Cómo puede haber dos realidades distintas en un mismo escenario político? Desde luego que alguien miente. Eso hizo que me recordara del célebre sociólogo Pierre Bordieu, quien sostenía que la opinión pública en realidad no existe, argumentando que las encuestas están inevitablemente marcadas por las distorsiones a causa de las preguntas condicionadas y los contextos donde se aplican.

Si revisamos exhaustivamente las obras de cuatro destacados politólogos –Juan Linz, Joaquín Abellán, Emilio Gentile y Alain Touraine—, veremos que en todos los casos existe un claro consenso de que la democracia se deteriora cuando los ciudadanos sienten que el Estado los ha abandonado.

Así, la inminencia del voto de castigo debería reflejarse en las encuestas previas, como un testimonio incontrovertible de la mentira del pueblo soberano y la participación ciudadana. A falta de democracia, los gobiernos acuden a las redes clientelares y la compra de voluntades para rellenar los vacíos dejados por las políticas públicas.

De esta manera, lo revelado en las encuestas “ganadoras” no es más que pura propaganda de un proyecto de inevitabilidad que utiliza este mecanismo como una forma de legitimidad frente a la insolvencia de las instituciones estatales.

Como sucede con todo partido en el poder, es casi imposible que el PLR se lleve las justas electorales, no tanto por lo que digan las encuestas, sino por la precariedad social y económica que hemos experimentado los hondureños en los últimos años.

Es lo que el padre y filósofo Ignacio Ellacuría llamaba “experimentar la historia” o, lo que es lo mismo, sufrir la exclusión social desde el sistema político. Pese a las predicciones de uno y otro lado, ese pueblo sufriente decidió encontrar una salida moral para reivindicar la democracia y recuperar la soberanía negada. La decisión ya está tomada.

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